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Crítica: 'Werther' en el Teatro del Liceo de Barcelona (dos repartos)

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Autor: Raúl Chamorro Mena
1 de febrero de 2017

"WERTHER" REGRESA AL LICEU

   Por Raúl Chamorro Mena
Barcelona, 28 y 29-1-2017, Gran Teatre del Liceu. Werther (Jules Massenet). Piotr Beczala / José Bros (Werther), Anna Caterina Antonacci / Nora Gubisch (Charlotte), Joan Martín-Royo / Carlos Daza (Albert), Elena Sancho Pereg / Sonia de Munck (Sophie), Stefano Palatchi (Le Bailli). Director: Alain Altinoglu. Director de escena: Willy Decker. Reposición: Stefan Heinrichs.

   25 años hacía que el héroe romántico creado literariamente por Goethe e inmortalizado en la ópera lyrique por Jules Massenet, -uno de esos compositores denostados por ciertos sectores de la irredenta “estulticia filosnobista”-, no se representaba en el gran recinto de La Rambla. Su último intérprete fue el inolvidable maestro Alfredo Kraus en uno de esos casos de identificación de un artista con un determinado papel y que llegó a encarnar a Werther en Barcelona hasta en tres ediciones.

   Para la ocasión se contaba para encarnar el atribulado personaje con un divo de la ópera actual, Piotr Beczala y con José Bros, tenor nacido en la ciudad, de ejemplar trayectoria y que, precisamente, realizaba su debut en el teatro el mismo año (1992) del último Werther representado en el Liceo.

   El tenor polaco comenzó algo frío la función del día 28 con una invocación a la Naturaleza en la que el timbre no terminaba de liberarse. Más afianzado en el duo con Charlotte del primer acto, Beczala mostró su linea de canto irreprochable, fraseo bien cuidado y sólida musicalidad, que ya no le abandonaron durante toda la representación. Ese fraseo siempre compuesto y aquilatado, adolece de cierta monotonía, de falta de variedad y de contrastes, que junto a una falta de incisividad en los acentos y el escaso carisma del cantante, tuvieron como consecuencia un retrato un tanto plano expresivamente de este prototipo del héroe romántico devorado por un amor imposible y autodestructivo. En el aspecto técnico, el registro agudo no termina de estar resuelto y el sonido se aprieta ayuno de expansión y punta. Aunque, bien es verdad, que el tenor, muy inteligentemente, nunca fuerza ni resulta crispado en dicha franja. Incluso emitió el si natural optativo de “Appelle-moi!” al final del segundo acto y supo crear un clímax de la representación con una interpretación de la fabulosa y tan merecidamamente popular aria de la lectura de los versos de Ossian “Porquoi me revéiller”, que echó el teatro abajo. A pesar de padecer aún las secuelas de un fuerte proceso gripal, José Bros con la profesionalidad que siempre le ha caracterizado, afrontó la representación del Domingo 29, solicitándose por megafonía la comprensión del público. A pesar de la merma vocal, perceptible sobretodo al comienzo, su peculiar timbre y  un registro agudo imposible, el fraseo del tenor barcelonés resultó más variado y sus acentos más incisivos. De este modo, en “Un autre est son époux” del acto segundo reflejó la agitación del personaje en ese momento y en “Lorsque l’enfant”, expuso el contraste entre la melancolía del cantabile y la excitación del final de la pieza con la invocación al padre, si bien, lógicamente no ascendió al si natural optativo de “Appelle-moi!”. Un Werther impecablemente cantado, fraseado y acentuado con intención y variedad, pero lastrado por un registro agudo muy deteriorado.

   Anna Caterina Antonacci interpretó como propina en su último recital en el cilo de Lied del Teatro de La Zarzuela de Madrid una fabulosa “Va! Laisse couler mes larmes”, aria de Charlotte del acto tercero, que dejó a todo el público estremecido. Sin embargo, en esta ocasión, el escenario del Liceo encontró a la gran cantante italiana en un claro declive vocal. Grave sordo, agudo romo, centro desgastado, notas oscilantes, proyección mermada… Sus grandes dotes de artista e intensidad dramática tomaron las tiendas en dos últimos actos, pero quedando lejos de esa magia y conmoción de la interpretación citada más arriba. Aún así, su Charlotte fue netamente superior a la de Nora Gubisch, esposa de Alain Altinoglu, de emisión gutural, timbre opaco y plebeyo al servicio de una caracterización muy vulgar tanto en lo vocal como en lo interpretativo.

   Elena Sancho Pereg fue la apotéosis del canto infantil en su Sophie. Con un timbre blanquecino y justísima presencia sonora, reforzó  y multiplicó toda la ñoñería del personaje. Cierto es que la dirección escénica potencia ese aspecto infantil y cursilón de Sophie en lugar de profundizar en su sugerida inclinación amorosa hacia Werther. Sin embargo, Sonia de Munck, además de emitir sonidos más timbrados, penetrantes y con mordiente con un timbre menos aniñado que su colega, caracterizó una Sophie que ya había hecho la primera comunión hace tiempo.

   El ingrato papel de Albert, el marido “obligado” por un juramento por parte de Charlotte a la madre fallecida y, por tanto, no amado por su esposa y consciente de la pasión –correspondida- de Werther por ésta, corrió a cargo de dos barítonos barceloneses, correctos ambos. Frente al timbre blanco y decolorido de Joan Martín Royo, cantante elegante y de buena línea de canto, Carlos Daza presentó un sonido más oscuro y genuinamente baritonal.

   Su dominio de las tablas acudió al auxilio del un tanto desgastado Stefano Palatchi -emisión dura, pesante y cavernosa, timbre leñosísimo- en el papel del Alcalde de Wetzlar.

   Notable y de impecable factura la labor de Alain Altinoglu al frente de una orquesta del Liceo en franca progresión después de la tirunfal Elektra del pasado mes de diciembre. Aún así, la cuerda sigue acusando debilidad y los metales algún puntual exceso y descontrol. La dirección del músico parisino, bien construida, puso de relieve todo el colorido de la depurada orquestación massenetiana, todo su refinamiento, sentido del detalle, delicadeza y perfume francés. Estupenda la introducción y acompañamiento del “O Nature” con el que se presenta el protagonista, así como el interludio del claro de Luna, previo al duo de los protagonistas en el primer acto. Sin embargo, a tan pulcra labor le faltó garra, intensidad y voltaje teatral, sin aparecer con toda su fuerza esa pasión romántica propia del “Sturm und Drang” movimiento al que pertenece el Werther de Goethe. Bien está no pasarse de la raya ni caer en excesos en ese ámbito, porque, además, la ópera francesa se caracteriza por su mesura, pero sí que deben concurrir, lógicamente, las adecuadas dosis de emoción y clímax teatral.

   Lo primero que transmite la producción de Willy Decker, ya vista en el Teatro Real de Madrid en 2011, es que el citado regista no cree en la obra ni la valora excesivamente. La escenografía más bien desnuda, se limita a dos planos separados por un panel corredizo que se abre y cierra y que parece delimitar los interiores con la presencia de un puñado de sillas y el exterior. Además, el contraste de colores, azul, naranja, culminando con ese invierno nevado en el desenlace de la tragedia,  la presencia constante del retrato de la madre extinta como recuerdo del juramento matrimonial dado y que simboliza el orden moral burgués que obliga a su cumplimiento inexcusable. Todo ello con una atmósfera más bien conceptual y una eficaz dirección escénica, que sellan un montaje poco estimulante,  pero que sirve para seguir la obra de manera apropiada.

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