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Crítica: La West-Eastern Divan Orchestra y Zubin Mehta en Ibermúsica

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Autor: Óscar del Saz
16 de febrero de 2026

Crítica del concierto de la West-Eastern Divan Orchestra en Ibermúsica, bajo la direccion de Zubin Mehta

la West-Eastern Divan Orchestra y Zubin Mehta en Ibermúsica

Sabiduría nonagenaria

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 15-II-2026. Auditorio Nacional de Música. Ibermúsica. Homenaje a Zubin Mehta en su noventa aniversario. Serie Arriaga. Obras de Ludwig van Beethoven (1770-1827) y Franz Schubert (1797-1828). West-Eastern Divan Orchestra. Zubin Mehta, director.

   Zubin Mehta (29 de abril de 1936), oficio y lealtad por y para la música, ha entrado en la nonagenaria década, todavía en activo, con los laureles acumulados por su gran autoridad musical -de las pocas que ya quedan-, sin perder apenas el reconocimiento y la empatía con un público con el que siempre ha conectado y que ha reconocido sus cualidades musicales, más la parte humanista de sus quehaceres. 

   Su onomástica se está celebrando con homenajes internacionales, y gracias a la amistad con el maestro del inabarcable -en capacidad de trabajo- Alfonso Aijón -al que vemos siempre departiendo amablemente con el público en los pasillos durante los descansos-, y su Ibermúsica, se ha conseguido que Madrid se sume justamente a estos fastos. 

   Nunca son las mermas sólo físicas -salida en silla de ruedas y dos ayudantes para subir y bajar del podio más tener que dirigir sentado- las que debieran limitar la vida de un artista como Mehta para seguir compareciendo, pues la mente directora, el gesto -aunque limitado en brío, y un braceo solamente en pequeño formato- y la mirada concentrada, dirigiendo de memoria, además de -entendemos- los tiempos de ensayo, son ingredientes suficientes para poder dirigir y transmitir la concepción y el conocimiento que de cualquier obra tiene todavía el maestro Mehta.

la West-Eastern Divan Orchestra y Zubin Mehta en Ibermúsica

   El encuadre del homenaje se realizó con la West Eastern Divan Orchestra, fundada en 1999 por Daniel Barenboim, ideada como un punto de encuentro entre jóvenes músicos de Israel y los países árabes (Medio Oriente), y cuyo objetivo -conseguido parcialmente- fue ser referente en la defensa de la paz y la tolerancia ejercitadas en la común unión que facilita la música, con un programa atractivo y exigente donde se incluyó la obertura de Leonora III, la Octava de Beethoven y la Novena, «La Grande», de Schubert.

   Verdad es que la obertura de «Leonora III», inicialmente prevista por Beethoven para «Fidelio», se ejecutó a un ‘tempo’ excesivamente lento, pero si se decide hacer así, hay que conseguir sostener ese arco narrativo único -y vaya si se consiguió-, por ejemplo, evitando descubrir el clímax de forma prematura y ejecutando un ‘allegro’ orgánico, nacido desde dentro, con un solo de trompeta salvadora perfectamente desubicado, casi irreal, así como que el maestro preparara de forma muy paulatina la coda triunfal, bien trabajada con la contribución de los trombones.

   La compacta -corta, 27 minutos- Sinfonía n.º 8 en Fa mayor, op. 93 (1812), se estrenó en Viena, y fue llamada por Beethoven, con cariño, «mi pequeña sinfonía en Fa», aunque en realidad alberga momentos lúdicos y un inconfundible aroma de la sorna del compositor, seguramente muy en sintonía con la del maestro indio, un convencido de que en el Clasicismo, a la hora de la ejecución, las cuerdas y las maderas deben prevalecer sobre trompas, trombones y trompetas.

   Mehta primó la fluidez y no un mecanicismo intrínseco, con ‘piano-fortes’ repentinos, pero matizados, en el primer movimiento. En el segundo, ‘Allegretto scherzando’ lució de nuevo la lentitud por mor de mostrar el ‘legato’ estricto de las cuerdas. El tercero, ‘Menuetto’, se resolvió con la elegancia bailable típica y el empastadísimo trío de trompetas más trompa. 

   En el cuarto, ‘Allegro vivace’, las agilidades en las cuerdas lucieron en transparencia ante metales y maderas. Ambas obras encandilaron al ya convencido -desde casa- público que casi llenaba todo el Auditorio Nacional (incluidos los asientos del coro), brindando la primera salva de aplausos de la matiné, con muchas personas puestas en pie.

   Ya en la segunda parte, el compromiso más largo, la Novena de Schubert, que rondó los 60 minutos -tocando todas las repeticiones-, obra que el compositor nunca escuchó en vida, fue creada ex proceso como una vía alternativa a la beethoveniana y constituye, por tanto, un anunciado proto-romanticismo. Aquí, Mehta decidió adelantar la sección de madera y viento-metal exactamente delante de su podio, a escasos 4 metros, relegando al concertino y al resto de la orquesta a la segunda fila por detrás de ellos.

la West-Eastern Divan Orchestra y Zubin Mehta en Ibermúsica

   Mehta marcó tempos más vivos -y usuales-, de forma elástica, visualizando el ‘Andante con moto’, donde se subrayó, más que nada, la transparencia. El ‘Scherzo’ reflejó claramente su carácter jocoso, y el ‘Finale’, jubiloso, nació un tanto más lento, controlado, para que no se precipitara, con buena contribución grave y sonora de los trombones, pero sin metálicas laceraciones. En lo relativo a la orquesta, que no nos maravilló, resaltamos la habilidad de las cuerdas -su limpieza en las semicorcheas- y la de las maderas -siempre dispuestas a lo ‘cantabile’-, así como un buen temple en los metales. 

   El homenaje madrileño al maestro indio fue muy entrañable por parte del público y de la organización, y con un resultado musical muy valorable, teniendo en cuenta la edad del maestro y que la West-Eastern Divan Orchestra -no siendo una orquesta excelsa- sí necesitó las indicaciones del maestro -más lo pactado en los ensayos-, en un programa para nada cicatero en dificultad. Lo esencial estuvo, donde no importó el tiempo ni la edad: mente gobernante, memoria concentrada y mirada cómplice, con una orquesta que estuvo a la altura.

   Como Zubin Mehta, «Maestro del Tiempo», también Herbert Blomstedt o Leopold Stokowski prolongaron su arte hasta edades venerables, demostrando que la verdadera autoridad musical, aun con mermas físicas, no se desgasta, sino que se quintaesencia en el «menos es más». En Mehta, especialmente, brilla esa fidelidad inquebrantable al oficio y al estudio -sin prevalencia de uno o el otro-, con una vida entera entregada a la música, sostenida por la dignidad, la experiencia y la serenidad de quienes han hecho del podio una forma de sabiduría.

Fotos: Manuel Vaca

 

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