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Crítica: Marc Soustrot y Xavier Phillips con la Sinfónica de Sevilla

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Autor: Álvaro Cabezas
1 de febrero de 2022

El violonchelista Xavier Phillips interpreta el Concierto para chelo y orquesta de Dvorak en Sevilla bajo la dirección Marc Soustrot

Marc Soustrot

Emoción escalofrío y elegancia

Por Álvaro Cabezas | @AlvaroCabezasG
Sevilla, 27-1-2022. Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla; Xavier Phillips, violonchelo; Marc Soustrot, director. Programa: Concierto para violonchelo y orquesta, en Si menor, Op. 104 de Antonin Dvořák; Preludio a la siesta de un fauno de Debussy; y Suite nº 2 de Dafnis y Cloe de Maurice Ravel.

   Como se demostró en los conciertos de este 6º programa del abono sinfónico de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, la elección, hace ahora un año, de Marc Soustrot como director titular y artístico fue plenamente acertada. También que, en las pocas presentaciones que ha realizado en lo que llevamos de la presente temporada, ha facilitado el olvido de determinadas veleidades e inconsistencias musicales de años anteriores, huérfanas de guías claras. Cumpliendo, por añadidura, una reclamación de la orquesta, el director francés ha vuelto a las grandes obras del sinfonismo, esas que funcionan a la perfección en una formación como esta y que, además, hacen las delicias de un público que, aunque las conozca y haya escuchado muchas veces con anterioridad, está encantado de descubrir matices o parcelas nuevas en las mismas. 

   Eso ocurrió con las obras de la segunda parte: Preludio a la siesta de un fauno de Debussy y Suite nº 2 de Dafnis y Cloe de Maurice Ravel, que Soustrot, como gran conocedor del repertorio galo, acometió con naturalidad y experiencia suprema. No se mostró en ningún momento moroso, ni se recreó con el embriagante eco de la orquesta, cuyo sonido azulado brilla especialmente con estas composiciones del primer tercio del siglo XX al igual que lo hace con las sinfonías de Mahler o con los poemas sinfónicos de Strauss. Impertérrito, pero satisfecho, dio impulso a una pieza que, después de las geniales parsimonias de Celibidache, suele interpretarse con mayor lentitud de la que es aconsejable si se pretende una escucha comprensiva por parte del público. Seguramente inspirado por esa energía, resultó pulcra y sugerente la intervención del solista de flauta Vicent Morelló, que creó una atmósfera ensoñadora en el Teatro que casi nos permitía viajar por mundos perdidos e inaccesibles. La sincronía de todos los instrumentos, el sosiego del director y lo ampuloso del sonido resultó sensacional. Como apuntó un reconocido historiador del arte jerezano al día siguiente, semejante actuación solo ha sido superada por algunas grabaciones de referencia como la que ejecutó el recientemente fallecido Haitink con su orquesta del Concertgebouw en 1977. De auténtica barbaridad también puede calificarse el Ravel de Soustrot (recordamos su Bolero impactante dirigido en Sevilla en 2011), que sirvió para cerrar la actuación con ese dechado de virtudes instrumentales que es el ballet Dafnis y Cloe que esperamos poder escuchar algún día completo con nuestra orquesta. Aunque aquí se cometieron un par de inexactitudes por parte de la misma, la templanza del maestro la llevó, sin altibajos hasta el apoteósico final de la danza general, donde todos los instrumentos permanecieron unidos para ofrecer un clímax pleno de emoción, dinamismo y grandiosidad. Tener la suerte de poder disfrutar de esta obra en directo, sin escatimar esfuerzos ni energía por parte de unos intérpretes que la brindan abnegados y convencidos de su excelencia, no tiene precio para el melómano.

Marc Soustrot y Xavier Phillips

   La velada había comenzado con el concierto para violonchelo y orquesta de Dvorak, la más bella y sentimental de todas las composiciones dedicadas a este instrumento con la orquesta. La vibración se percibió desde los primeros compases de un movimiento inicial bastante aséptico y un tanto frío por parte del solista, que ofrecía un sonido más delgado que el que proporcionaba el conjunto. Las delicadezas y lirismos vinieron en el segundo y, sobre todo, tercer movimiento, cuando casi llegando al final (a semejanza de lo que ocurre con la Octava sinfonía del compositor checo), la fuerza expresiva de los compases conclusivos se fueron conteniendo y espaciando para crear unos silencios entre el violonchelo y el conjunto por los que parecían pasar, muy rápidas, ráfagas de aire de sacralidad y de pura esperanza. Definitivamente, es todo un lujo para Sevilla y para la Sinfónica contar con este maestro con el que hacer música cuando vive, pleno de apogeos y sabiduría, su época otoñal: la fase en la que, sin anhelos perentorios ni presiones comerciales, puede desplegar con solvencia y un instrumento envidiable todo lo aprendido durante una larga trayectoria internacional. La historia demuestra que estas etapas en algunos directores han resultado especialmente fructíferas al crear escuela y al dejar una honda huella en el imaginario musical colectivo. Ojalá esta sea una de esas ocasiones.

Fotos: Guillermo Mendo

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