Crítica de Raúl Chamorro Mena de la Tercera sinfonía de Mahler ofrecida por la Filarmónica de Berlín, bajo la dirección de Yannick Nézet- Séguin
Catarsis Mahleriana
Por Raúl Chamorro Mena
Berlín, 23-V-2026, Philarmonie. Sinfonía núm. 3, para gran orquesta, contralto, coro femenino y coro de niños (Gustav Mahler) Joyce di Donato, mezzosoprano. Sección femenina del coro de la Radio de Berlín. Coro infantil estatal y de la Catedral de Berlín. Orquesta Filarmónica de Berlín. Director: Yannick Nézet- Séguin.
Un caluroso Berlín y unos sorprendentes, por estos lares, 28 grados de máxima parecieron anunciar la alta temperatura que iba alcanzar por la tarde la sala principal de la Philarmonie. La colosal Tercera sinfonía, la más larga de su producción, consagra adecuadamente el anhelo expresado por Gustav Mahler. Una sinfonía debe ser como el Mundo y contener de todo. En este caso, dos movimientos amplios que enmarcan los otros cuatro, dos para ser cantados por contralto, coro femenino e infantil y dos con ritmos danzables. Realmente memorable resultó la versión oficiada por Yannick Nézet-Séguin al frente de una fascinante Filarmónica de Berlín en estado de gracia. Fue tal la exaltación emocional, que se trata de una de esas ocasiones que uno sale de la sala de conciertos como aturdido, en shock. La propuesta del director canadiense sólo puede llegar a feliz puerto con una agrupación como la berlinesa, que volvió a demostrar ser la mejor orquesta del Mundo.
Desde la primera llamada de la trompa y la posterior - e incandescente- entrada de la cuerda quedó muy claro que no iba a haber un segundo de respiro y que la intensidad musical y emotiva solo podía ir a más. Gloriosos los metales, de un brillo cegador, en una atmósfera solemne, grandiosa, visceral e indómita. La batuta resaltó los acusados contrastes Mahlerianos, abundantes en esta primera parte de la sinfonía, como esa marcha militar posterior, para terminar con una coda flamígera.
La orquesta, de sonido esplendoroso, siempre transparente, hermoso y madreperláceo, se tornó ligera, evocadora y serena en el minueto, segundo capítulo de esta colosal partitura.
Apabullante resultó la actuación de Guillaume Jehl, solista de la corneta de posta en su fabulosa intervención en interno del tercer movimiento, culminada con unos trinos que nos dejaron boquiabiertos. Y qué decir del pianisimo ultraterreno del acompañamiento orquestal que creó un pasaje mágico.
La parte vocal llega a continuación con el lied sobre letra de Friedrich Nietzsche a cargo de la contralto. Joyce di Donato está lejos de serlo, pues es una mezzo aguda, pero delineó impecablemente la parte mediante un fraseo señorial y sin forzar nunca. Sin solución de continuidad se incorporaron los muchachos del coro infantil para evocar las campanas de la mañana como introducción del lied "Es sungen drei Engel" de Des Knaben Wunderhorn. Magnífico el coro de niños, que ya me impactó con la Sinfonía de los mil el pasado mes de enero, al que se sumó al coro femenino, también sobresaliente y a Joyce di Donato en un magnífico quinto movimiento perfectamente concertado por Nézet-Seguin.
El sublime y largo adagio con el que concluye la Sinfonía fue un modelo de intensidad progresiva, creación de clímax y exaltación emocional con una batuta que pedía más y más a la orquesta y está más le daba en un despliegue de ilimitada gama dinámica. Deslumbrante la cuerda comandada por el concertino Daishin Kashimoto -esplendido toda la noche en sus intervenciones solistas- y la manera en que la orquesta respondió a una batuta que la llevó al límite. De la misma forma nos llevó al límite a los espectadores con una tensión creciente, casi insoportable, pues parecía no llegar nunca la catarsis de ese final jubiloso, ese triunfo trascendente del amor eterno.
Las atronadoras ovaciones obraron como liberación de tanta tensión emotiva por parte de un público que vitoreó a la orquesta y a cada sección. Nézet-Séguin felicitó a cada uno de los músicos, ovacionados por un público que sacó a saludar en solitario al músico canadiense, una vez la orquesta había abandonado ya el escenario.
Es justo destacar también la sobresaliente actuación del solista de trompa Stephan Dohr, con constantes y comprometidas intervenciones, que resolvió de forma excelsa, marcando con ello el excepcional nivel de toda la sección de metales.
Fotos: Monika Rittershaus
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