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Crítica: Wang y Kavakos en el ciclo de Ibermúsica

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5 de febrero de 2017

FUERA DE PROGRAMA

   Por Álvaro Menéndez Granda
Madrid. 2-II-2017. Auditorio Nacional de Música. Ciclo Ibermúsica. Yuja Wang, piano. Leonidas Kavakos, violín.

   La oportunidad de escuchar a dos talentos musicales tan arrolladores como los de la pianista Yuja Wang y el violinista Leonidas Kavakos no debe desaprovecharse. Si usted, respetado lector, no pudo asistir a la cita del pasado día 2 de febrero en el Auditorio Nacional, lamento decirle que se perdió algo grande. El sobrecogedor pianismo de Wang, a la que no parece haber reto musical que le venga grande, y la expresividad sin límites de un Kavakos que se encuentra en un inmejorable momento de su carrera, fueron el tándem perfecto para redondear una velada que ya desde antes de comenzar se anunciaba interesante: fuertes medidas de seguridad rodeaban el Auditorio debido a la presencia entre el público de Su Majestad la Reina Sofía.

   El actor Miguel Rellán fue el encargado de recordar a los asistentes que apagasen sus teléfonos móviles y que desenvolviesen los caramelos antes de que comenzase la música, en una interesante y divertida iniciativa –aunque tristemente infructuosa, a juzgar por los resultados– de Ibermúsica para concienciar al público de la importancia del silencio durante la interpretación musical. Acto seguido, Rellán se unió al público y al escenario salieron los dos intérpretes, que abrieron la noche con la Sonata para violín y piano del compositor checo Leos Janácek. Se trata de una obra que combina por momentos una sonoridad acuosa –mediante una escritura pianística cuyos trémolos medidos recuerdan a los de Liszt– con una atmósfera tétrica, ciertamente inquietante, que sigue la línea de su Sonata para piano 1.X.1905, también conocida como «Fromthestreet». De sonoridades mucho más duras, la sonata para violín no alcanza la altura lírica y expresiva de su homónima para piano. No obstante no puede negarse que se trata de una gran obra con momentos de gran belleza y que son muchas sus dificultades –y de muy variada índole–.

   Fue después el turno de Schubert y su Fantasía D934. La música del vienés tiene siempre un aura trágica incluso en los más bellos y apacibles pasajes y, en esta larga obra dividida en seis secciones claramente diferenciadas, da tiempo tanto a intuir esa tragedia como a percibirla con total nitidez. Aquí la actuación de Wang y Kavakos destacó por su excepcional sentido de la forma y por la delicadeza del toque de la pianista, que consiguió hacer que el Steinway cantara de una forma que nunca había escuchado antes. Por su parte, el violinista proyectó un sonido cálido y pleno que parecía llenar la sala por completo.

   Después del descanso los intérpretes abordaron dos obras de gran dificultad: la Sonata para violín y piano de Claude Debussy y la Sonata para violín y piano de Béla Bartók. La sonata del francés fue interpretada con gusto exquisito. De nuevo, el espectacular talento de Kavakos llenó todo el aire de un sonido delicadamente proyectado, impecable en su afinación y en su articulación, y acompañado por la sonoridad siempre un poco vaporosa del piano de Debussy. Bartók, sin embargo, fue la nota discordante aunque no por problemas o defectos en la interpretación, sino por su combinación con las otras tres obras. No hay duda de la extrema dificultad que esta intensa pieza presenta a los intérpretes, si bien tal dificultad se acaba extendiendo a un público que tras escuchar con agrado e interés a Janácek, emocionarse con Schubert y disfrutar con Debussy, debió hacer grandes esfuerzos para mantener la concentración ante la dura música del húngaro. Por decirlo de otra forma, el programa estaba levemente descompensado a causa de la sonata de Bartók, y quizá sustituyéndola por una obra algo más corta y menos exigente para el oído del público habría sido posible finalizar el concierto con la sonata de Debussy evitando esa sensación de cansancio que provocan este tipo de programas tan intensos. La concentración del oyente es limitada y lo que era una velada fascinante acabó tornando en un ejercicio de concentración que no todos superamos. Pese a estas objeciones, que por supuesto son personales, ambos intérpretes dibujaron una sonata multicolor en la que destacó especialmente el último movimiento, plagado de giros folclóricos y ritmos tradicionales.

   Así pues, la cálida ovación del público vino finalmente a confirmar que el concierto fue un éxito y que todos disfrutamos con la maravillosa actuación de dos maestros en un momento muy interesante de sus carreras. Esperamos volver a escucharlos pronto, pues sin duda será una nueva oportunidad de deleitarse con el trabajo de dos referentes en sus respectivos instrumentos.

Autor:Álvaro Menéndez Granda
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