Segundo artículo de Nuria Blanco Álvarez sobre «La zarzuela y los viajes en el tiempo»
El anacronópete (1887) de Enrique Gaspar y Rimbau
La zarzuela y los viajes en el tiempo [II]
Por Nuria Blanco Álvarez | @miladomusica
Continuando con nuestro artículo sobre la zarzuela y los viajes en el tiempo, cuya primera parte ya publicamos en Codalario, comentábamos que parte del libreto de la zarzuela El siglo que viene -obra en tres actos de Miguel Ramos Carrión y Carlos Coello con música de Manuel Fernández Caballero estrenada en 1876 en el teatro Príncipe Alfonso-, se basó en el libro Le monde tel qu’il será de Émile Souvestre, publicado por fascículos en París en 1845 con una reedición del libro en 1871. En la obra, la joven pareja formada por Mauricio y Marta desean visitar el tiempo futuro para lo que van a contar con la ayuda de Mesieur John Progrès que, montado en una locomotora inglesa, se ofrece para enseñarles el futuro, haciéndoles caer en un sueño cataléptico, del que sólo se despiertan en el año 3000, donde verán todos los avances tecnológicos que se han producido pero que no hacen más felices a los hombres, siendo precursora del género distópico.
«En la zarzuela Madrid en el año 2000 esperan la visita del primer “tren Rayo-Chispa” en el que viene a la Tierra una comisión de lunáticos»
Otra zarzuela que también se basó en la misma obra de Souvestre, en este caso con música de Manuel Nieto y Ángel Rubio y libreto de Guillermo Perrín y Miguel Palacios, se estrenó en el teatro de Variedades más de una década después, en 1887. Se trata de Madrid en el año 2000, una zarzuela ambientada en la capital española y en los albores del siglo XXI a la que sus autores subtitularon en el libreto “panorama-lírico-fantástico-inverosímil de gran espectáculo”. Consta de dos actos y diez cuadros, entre los que llaman la atención los tres primeros al referirse a innovaciones tecnológicas y al próximo siglo, titulados respectivamente: “Servicio telefónico”, “El telescopio” y “El siglo XX”. El caso es que ese día esperan en Madrid la visita del primer “tren Rayo-Chispa” en el que viene a la Tierra una comisión de lunáticos -compuesta por personajes alegóricos, propios de las revistas, como la luna creciente, luna menguante y un cometa-, a los que muestran los adelantos de la nueva era en la que personajes como Ilustración y Eléctrica lanzan vítores al progreso y a la ciencia.
En su recorrido ven una corrida de toros nocturna -porque se dispone de luz eléctrica- donde el astado lleva imantado el morro y la cabeza para que se quede adherido el rejón cuando se acerque el picador que, por cierto, va montado en un velocípedo y no en un caballo. Para hincar las banderillas se pone antes cloroformo a la fiera y, en lugar del estoque, el matador utiliza un torpedo para la faena final.
También aparecen tintes sicalípticos con los relojes ambulantes que inundan Madrid y que no son otra cosa que señoritas de buen ver que van dando la hora a quien lo requiera; también aparecen en ese siglo las agencias matrimoniales, “porque casarse es negocio”, donde las mujeres pagan la inscripción para que los hombres las elijan en una especie de muestrario y las telefonistas se describen como un grupo de muchachas muy pícaras que hablan con doble sentido en el número musical con el que se inicia la zarzuela.
No falta la crítica política al indicar que los cargos públicos se sortean en una lotería cuyo boleto para participar sólo se puede adquirir si se tienen influencias. Se mencionan a los obreros de las fábricas como signo de progreso recordando la revolución industrial y descubrimientos científicos como la fosforescencia del agua “que hace la luz más brillante, más bonita y más barata”, dicen en el libreto.
Aparece el Doctor Fósiles, un “arqueólogo sapientísimo” que está a cargo del Museo Arqueológico donde se guardan los tesoros del siglo XIX, como el “Salón de Maniquíes” donde gracias a un procedimiento foto-lito-inquebrantable-electro-galvano-plástico inventado por él, pueden verse a los toreros y políticos de aquella época, no así a los hombres de letras, ciencias y artes que no ha conservado, dice, porque nadie les hacía caso. Otro científico que participa en la obra es El Sabio H, un frenólogo que asegura que vaticina el futuro de la gente tocándoles la cabeza.
«La primera vez que se usa en la literatura una máquina del tiempo fue en El anacronópete, novela del español Enrique Gaspar y Rimbau de 1887»
Hasta ahora hemos visto cómo el viaje en el tiempo se producía en ese mundo imaginario casi por arte de magia, gracias a la excusa de una ensoñación del protagonista, encantamiento, hibernación o a algún elixir, pero la primera vez que se usa en la literatura una máquina del tiempo, es decir, un ingenio diseñado por el hombre para este fin en concreto, fue en El anacronópete, novela del español Enrique Gaspar y Rimbau de 1887, publicada ocho años antes que The Time Machine de Wells, considerada convencionalmente la primera de este tipo hasta los estudios al respecto de Maximiliano Brina. Eso sí, en la obra española se viaja al pasado y no al futuro; parece que la ciencia empieza a desplazar a la fantasía, sin embargo, la justificación final de la historia de Gaspar se resuelve dando un paso atrás, y es que el protagonista se había quedado dormido durante la representación de una obra de Julio Verne y todo había sido un sueño.
La obra de Gaspar y Rimbau fue concebida originalmente como zarzuela de gran espectáculo en 1884 aunque nunca llegó a ponerse en escena. El protagonista es el zaragozano Don Sindulfo García, doctor en ciencias exactas, físicas y naturales, que va a presentar en la Exposición Universal de París su revolucionario invento, una enorme caja de hierro fundido que navega gracias a la electricidad y que le permite ir a diferentes lugares y momentos del pasado en un viaje, por tanto, no solo temporal sino también espacial donde puede ver la Batalla de Tetuán, la Conquista de Granada, la erupción del Vesubio o el Diluvio Universal. Cuenta además con otra máquina en su interior que produce el “fluido García” y que hace que los pasajeros no rejuvenezcan mientras viajan al pasado. En su periplo, acompañan al inventor su ayudante Benjamín, su sobrina Clarita y su amado el capitán Luis, una sirvienta, unos militares y algunas mujeres francesas de vida alegre.
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