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EN LA MUERTE DE CLAUDIO ABBADO: ADIÓS A UNA SONRISA. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
20 de enero de 2014
Foto: Claudio Abbado
ADIÓS A UNA SONRISA  

   Un silencio inabarcable. Un nudo en la garganta. Y entretanto la sensación, casi incomunicable, de haber sentido, por espacio de hora y media, qué es la música y hasta qué punto marca nuestra condición humana. Así me sentí aquella noche de mediadios de octubre de 2010, en el Auditorio Nacional de Madrid, cuando el gran Claudio Abbado interpretó la Novena sinfonía de Mahler a las órdenes de su Orquesta del Festival de Lucerna. Una más de las tantísimas orquestas que había hecho crecer hasta la excelencia. Desde que falleciera Nicolai Ghiaurov no recuerdo otra pérdida que me haya entristecido tanto y tan pesadamente. Claudio Abbado es parte de mi historia personal como amante de la música sinfónica y de la ópera. Y lo es también de la historia personal de tantos otros. Pocos hombres concitan una admiración unánime, tanto por cuanto hace a su labor artística como por cuanto se refiere a su condición personal. Abbado es uno de esos casos singulares y nos acaba de dejar a los ochenta años, sin alborotos, guardando ese mismo silencio sepulcral y místico que consiguió extender por espacio de más de un mínuto al cierre de esa citada Novena de Mahler.

   Abbado fue el maestro que me descubrió el Verdi que todavía hoy me desvela cada vez que lo escucho. Pienso en sus grabaciones de Simon Boccanegra y Macbeth para Deutsche Grammophon. Seguramente los discos más gastados de mi colección. Qué fascinación fue descubrir esas partituras de su mano. En su última visita a España, entre otros lugares, recaló también el Auditorio de Zaragoza. Para la ocasión, premeditadamente, adquirí una localidad de coro, con el único objetivo de ver dirigir al maestro cara a cara, a poco más de quince metros, atento a su gesto, amalgama sublime de austeridad, elegancia y transparencia. Pocos han comunicado con esa claridad infalible. No puedo trasladar aquí con precisión lo que sentí observando fijamente a Abbado durante todo el concierto. No sabría decir si mis pulsaciones se aceleraron o se espaciaron cada vez más, ensimismado con su gesto.
   Abbado ha sido uno de los pilares fundamentales de la música de los últimos sesenta años. Pertenecía a esa generación dorada de los Mehta, Maazel y cia. que sucedieron a Karajan en su personalísimo reinado. Durante todas esas décadas la nómina de artistas y amigos de Abbado con los que hiciera música sublime no tiene fin: desde Argerich a Pollini pasando por Pires, Berganza, Freni o Pavarotti. Todos los que le conocieron testimonian un aura singular, de amor auténtico y dedicación pura por la música. Lo cierto es que durante su dilatada trayectoria Abbado lo dirigió todo: desde Mozart a Mahler pasando por Beethoven, Brahms, Verdi, Rossini, Schubert, Wagner, Tchaikovsky, Dvorak, Chopin, Bruckner, Ravel, Strauss, Mussorgsky, Schumann, Debussy, Schoenberg, Berg o Prokofiev... y sin olvidarse de Nono, Boulez, Penderecki, Dallapicola, Ligeti, Henze, Stockhausen o Rihm.

   Dejo para el final la glosa de sus méritos a lo largo de una trayectoria donde lo logró llegar a lo más alto: director musical titular de la Scala de Milán, director musical titular de la Staatsoper de Viena, director principal de la Sinfónica de Londres, titular de la Filarmónica de Berlín sucediendo a Karajan. Y por supuesto, director invitado en las mayores formaciones orquestales, desde la Filarmónica de Viena a la Sinfónica d Chicago. En dos ocasiones (1988 y 1991) fue el invitado responsable de dirigir el Concierto de Año Nuevo. Fue nombrado responsable de la Joven Orquesta de la Unión Europea, después bautizada como la Orquesta de Cámara de Europa, y fundó asimismo la Gustav Mahler Youth Orchestra, la Orquesta del Festival de Lucerna y la Orquesta Mozart. Colaboró también con la Orquesta Sinfónica Simón Bolivar, dentro del Sistema impulsado en Venezuela por Abreu. Fue nombrado finalmente senador vitalicio en Italia. Su salud empeoró drásticamente en el año 2000, cuando le fue diagnosticado un cáncer de estómago, del que no se recuperó parcialmente hasta 2003. Desde entonces nunca se había repuesto plenamente, cancelando esporádicamente sus compromisos según su salud se lo dictara.

   El legado de Abbado no es otro que el de una dedicación amorosa y artesana a la música. Una dedicación pura, total y auténtica. Con él se va mucho más de lo que ahora mismo somos capaces de nombrar. Recordar su sonrisa, inmortalizada en tantas fotos, es la mejor forma de enjuagar las lágrimas que irremediablemente nos ha producido su pérdida.

   Gracias Maestro, una y mil veces gracias, por un legado que rebasa lo comunicable en estas líneas.
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