Artículo de opinión de Aurelio M. Seco sobre el concepto de «Lo abrumador» en música
Abrumador
Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
El concepto de «Lo abrumador» en música tiene mucho que ver con la intensidad evocadora de ciertos momentos de arrobamiento sublime, con cierta sensación de plenitud, incluso de éxtasis, en la que las sensaciones musicales se mezclan con uno hasta tal punto que podriamos incluso asegurar que vivir es, de alguna forma, pasar de uno de estos momentos a otros. Y es la música, pero no todas las músicas, desde luego, sino fundamentalmente la llamada «música occidental» (o más bien, alguna de ella), la que nos parece que, relativismos vacuos aparte, tiene el mayor potencial abrumador. Hay que decir que, lo abrumador, no pocas veces tiene relación con el concepto físico de «intensidad». No decimos que no pueda ser abrumadora una sonata de Mozart tocada por Vladimir Horowitz. Un músico nos confesó un día que vio a Horowitz ensayar un fragmentito de una sonata, de manera tan hermosa que se le saltaron las lágrimas. Ahí está también la trascendental interpretación de Träumerei de Schumann, que Horowitz dejó para la historia en un conocido documento audiovisual en el que el público se muestra realmente abrumado, creemos que porque refleja de manera irresistible la idea de «nostalgia por la juventud». Pero en ocasiones, lo que aparenta ser abrumador no es más que pose o exageración melodramática. Lo abrumador llega de manera natural e inesperada, cuando las reacciones corporales resultan ellas mismas abrumadoras porque no se pueden calcular. Por ejemplo, en uno de los miembros del público del Palacio de la Ópera de La Coruña tras los acordes finales de La fanciulla del West que dirigió Lorin Maazel al frente de la Sinfónica de Galicia.
Cuendo éramos jóvenes, este sonido abrumador nos llegaba con las «canciones de prao», ofrecidas a todo meter en medio de momentos etológicos de adolescente impresionable, de joven sensible romántico. Eran momentos aquellos de lo más abrumadores que no deben en modo alguno desmerecerse. Queremos decir que, lo abrumador, con los años y a fuerza de cultura subjetual, va despareciendo un poco como la esperanza en ciertas cosas. En la juventud, divino tesoro, lo abrumador nos llegó con Arthur Rubinstein y su manera de hacer la Marcha fúnebre de la conocida Sonata de Chopin, que oíamos una y otra vez, para recocijo nuestro y cansancio del encargado de poner el disco de vinilo en aquella ensoñadora fonoteca de Santiago de Compostela. Decíamos que lo que es abrumador para unos es menos abrumador para otros. Recuerdo un Rigoletto abrumador con el gran barítono español Carlos Álvarez que, tras la conocida frase final de la ópera, me dejó profundamente emocionado. Pero fue salir de la función y un famoso director decirme que para él no había sido tan emocionante como cuando él se lo había oído a Cornell MacNeil en directo... Es posible que MacNeil sea el más importante Rigoletto de la historia, pero Álvarez siempre nos pareció un genio, un gigante de la interpretación.
Como hemos dicho, muchas veces lo abrumador tiene que ver con determinada intensidad sonora y, desde luego, a nuestro juicio, con diferentes escalas de divinidad artística. Así, hace años nos parecía insuperable la manera en que Celibidache hacía las codas de Bruckner, por ejemplo la de la Octava sinfonía, pero fue oír recientemente a Zubin Mehta hacer el final de la Cuarta para que el rumano nos fuese pareciendo, en esta partitura, algo menos abrumador. ¿Qué decir de la Segunda sinfonía de Mahler dirigida por Leonard Bernstein? Que es uno de los momentos más abrumadores e importantes de toda la historia de la música pero que Bradley Cooper, en su Maestro, no entendió.
¿Y qué nos sigue abrumando? Nada del concepto de «música clásica», que es un mito perjudicial que hay que destruir; algunas «canciones rítmicas» abrumadoras, juveniles, románticas y reconfortantes. ¿De la ópera y la música sinfónica...? Entre otros, Daniel Barenboim y Wilhelm Furtwängler. De este último, por ejemplo, su Lohengrin y La Pasión según San Mateo. De George Szell, su versión de la Sinfonía nº 1 de Schumann con la Orquesta de Cleveland: su manera de poner sonido al segundo movimiento nos parece inigualable, sublime y de una potencia alegórica profundamente abrumadora.
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