Crítica del concierto de Adam Fischer y la Orquesta Sinfónica de Düsseldorf interpretando la Tercera sinfonía de Mahler en el Palau de la Música de Valencia
Entre la potencia y el detalle
Por Alba María Yago Mora
Valencia, 20-X-2026. Palau de la Música (Sala Iturbi). Orquesta Sinfónica de Düsseldorf. Adam Fischer, director. Catriona Morison, mezzosoprano. Orfeón Universitario de Valencia y Coral Juan Bautiza Comes. Gustav Mahler: Sinfonía núm. 3.
La Tercera sinfonía de Gustav Mahler constituye uno de los proyectos sinfónicos más ambiciosos de su autor. Concebida como un vasto recorrido desde la naturaleza hasta el amor, la obra exige no solo una plantilla instrumental de grandes dimensiones, sino también una extraordinaria capacidad para articular sus múltiples planos sonoros, establecer jerarquías y construir una tensión que se transforma constantemente. No basta con desplegar la potencia de la orquesta: es necesario dar sentido a cada detalle, encontrar el equilibrio entre las distintas cuerdas y mantener la dirección del discurso incluso -y sobretodo- en los pasajes de mayor delicadeza. Es precisamente en este terreno donde se situaron algunas de las principales dificultades de la interpretación ofrecida por la Orquesta Sinfónica de Düsseldorf bajo la dirección de Ádám Fischer.
El comienzo dejó una impresión poco convincente: desajustes en entradas y finales, dificultades de cohesión y una definición insuficiente de los planos sonoros impidieron que la música adquiriese la solidez necesaria. En la complejidad de esta partitura, la precisión no constituye una cuestión meramente técnica: es una condición indispensable para que todo encuentre su lugar dentro de una arquitectura común. Esa falta de ajuste, unida a una gestión poco matizada de las dinámicas, restó claridad al discurso y dificultó la construcción de una tensión verdaderamente orgánica.
El primer movimiento, Kräftig. Entschieden, es una de las grandes pruebas de resistencia y concepción formal de toda la sinfonía. Su extensión, sus contrastes y su carácter monumental requieren una planificación rigurosa. La orquesta pareció desenvolverse con mayor comodidad en los momentos de mayor intensidad sonora, pero mostró menos recursos cuando la escritura demandaba transparencia, control y detalle. El resultado fue una lectura de contrastes insuficientemente perfilados, en la que la potencia no siempre encontró el contrapunto necesario en la sutileza. No hubo una adecuada graduación de las dinámicas. Como consecuencia de ello, las tensiones armónicas perdieron parte de su capacidad expresiva y los grandes bloques sonoros se impusieron por acumulación, en lugar de surgir como consecuencia de un proceso musical construido.
Fue a partir del segundo movimiento, Tempo di minuetto, cuando la interpretación comenzó a ganar consistencia. Mahler exige aquí una atención particular a la articulación, al fraseo y a los matices que distinguen una elegancia superficial de una verdadera elaboración del carácter musical. La evolución de la interpretación permitió afrontar el resto de la obra desde una impresión más asentada, si bien el refinamiento en el tratamiento de los detalles continuó siendo uno de los aspectos susceptibles de mejora...
El tercer movimiento, Comodo. Scherzando, planteaba otro desafío: la variedad de la orquestación requiere que cada intervención encuentre su lugar sin desdibujar las líneas que la rodean. La claridad de los planos resulta decisiva, pues de ella depende la riqueza tímbrica de Mahler. Aquí se pudo percibir una escucha colectiva que integró cada intervención en una estructura cambiante. En el cuarto movimiento, Sehr langsam. Misterioso, la aparición de la voz humana introdujo un cambio radical de perspectiva. El texto de Friedrich Nietzsche, tomado de Así habló Zaratustra, conduce la sinfonía hacia un espacio introspectivo en el que la expresión debe alejarse de cualquier exceso. La mezzosoprano Catriona Morison fue uno de los grandes aciertos de la velada. Su intervención destacó por su calidad expresiva y aportó a la interpretación una dimensión especialmente valiosa. Sin duda, fue uno de los momentos más satisfactorios de la noche.
Lustig im Tempo und keck im Ausdruck. En este quinto movimiento, en el que el centro expresivo se desplaza hacia un universo de mayor luminosidad, la Coral Juan Bautista Comes y el Orfeó Universitari de València contribuyeron a dotar de relieve a esta sección de la sinfonía. Su participación fue otro de los aspectos positivos de la noche y permitió apreciar la importancia de ese componente vocal en la construcción del recorrido mahleriano. Este es, sin duda, uno de los grandes aciertos conceptuales de la obra.
El Langsam. Ruhevoll. Empfunden, ofreció finalmente un espacio para la emoción. El impacto del Adagio no depende exclusivamente de la intensidad sonora: exige que cada crecimiento dinámico se encuentre preparado y que el conjunto mantenga una dirección expresiva reconocible. La interpretación de la agrupación alemana consiguió transmitir parte de la hondura de esta página y dejó espacio para la emoción, aunque sin alcanzar una intensidad plenamente arrolladora. La intervención de los timbales en la culminación final tampoco adquirió el relieve esperado, de modo que el desenlace, aún satisfactorio en su capacidad de conmover, no terminó de resultar tan contundente como podría haber sido.
Merece una mención positiva la sección de contrabajos, cuyo entusiasmo y compromiso aportaron energía al conjunto. En una obra en la que el sostén de la cuerda grave resulta fundamental para la profundidad del discurso, su implicación constituyó un detalle digno de reconocimiento. Se echó en falta una mayor presencia de la tuba y de los flautines en aquellos pasajes en los que su timbre debía contribuir a definir el relieve del discurso. Al frente de la formación, Ádám Fischer mostró la experiencia de un director ampliamente familiarizado con el repertorio sinfónico y con las exigencias de una partitura de estas dimensiones. Su dirección no llegó a traducirse en una lectura especialmente reveladora. Su trayectoria y oficio constituyen un aval indudable, aunque en esta ocasión no bastaron para imprimir al conjunto una interpretación capaz de trascender las diferentes dificultades que marcaron algunos tramos de la velada.
La interpretación fue, en definitiva, de menos a más, con una evolución favorable a partir del segundo movimiento y con aportaciones vocales de notable interés. Sin embargo, las dificultades de ajuste, el insuficiente tratamiento de las dinámicas y la falta de definición de algunos planos sonoros limitaron la capacidad de la orquesta para desarrollar toda la riqueza de la partitura. Una lectura que encontró sus mejores apoyos en las voces y en determinados momentos de mayor intensidad, pero a la que faltó, en conjunto, una elaboración más refinada. Quizá ahí resida la grandeza de Mahler: en recordarnos que la belleza no siempre se manifiesta como una experiencia perfecta, sino como una búsqueda incesante de sentido.
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