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Crítica: «Aida» en el Teatro del Liceu

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Autor: Raúl Chamorro Mena
6 de octubre de 2026

Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Aida, de Verdi, en el Teatro del Liceo de Barcelona

«Aida» en el Teatro del Liceu

Brillo musical entre pausas de desesperación

Por Raúl Chamorro Mena
Barcelona, 2 y 4-X-2026, Gran Teatre del Liceu. Aida (Giuseppe Verdi). Anna Pirozzi/Anna Netrebko (Aida), Piotr Beczala/Ivan Gyngazov (Radames), Ksenia Dudnikova/Ekaterina Semenchuk (Amneris), Ludovic Tézier/Artur Rucinski (Amonasro), Giorgi Manoshvili/Alexander Köpeczi (Ramfis), George Andguladze (El Rey), Carmen Buendía (Sacerdotisa), Moisés Marín (Mensajero). Orquesta y Coro del Gran Teatro del Liceo. Dirección musical: Antonello Manacorda. Dirección de escena: Shirin Neshat

   Aida (El Cairo, 1871) es la ópera más representada de la historia del Liceo de Barcelona con 468 representaciones, a las que se añadirán las 18 programadas como apertura de la temporada lírica 2026-2027. Sobre un libreto de Antonio Ghislanzoni y como encargo extraordinariamente remunerado del Khedive de Egipto, Aida se erige como una obra maestra, que supone la culminación de la simpar evolución y trayectoria de un Giuseppe Verdi en plena madurez artística. A partir de ese momento, un silencio de 16 años sólo interrumpido por el grandioso Réquiem (1874) y que finalizó con las dos gloriosas obras maestras finales, Otello (1887) y Falstaff (1893). En esta crítica se reseñan las funciones de los días 2 y 4 de octubre de 2026 con dos de los repartos previstos para esta larga serie de representaciones.

   Anna Pirozzi se encardina en la tradición de las sopranos lírico-spinto italianas merced a su voz homogénea, esmaltada, bien emitida, aunque de timbre no especialmente bello, pero sí amplia y potente. No falta el legato genuino, la morbidez, el canto de escuela y fraseo cuidado y musical, si bien carente de fantasía y variedad. El talón de Aquiles de la organización vocal de la soprano napolitana se encuentra en un agudo extremo abierto y destemplado, de lo que fue buen ejemplo el llamado "Do del Nilo"en el tercer acto, que resultó muy comprometido. Cómo intérprete, la Pirozzi ofrece una entrega genérica, pero carece de carisma y temperamento. No le ayudó nada el desinterés por la caracterización de los personajes de la puesta en escena.

«Notable la dirección musical de Antonello Manacorda. Pocas veces ha sonado la orquesta del Liceo con esa claridad, limpieza de texturas y pulimento sonoro, y con esa presencia y empaste en la cuerda»

   Por su parte, Anna Netrebko el domingo día 4 superó tal circunstancia componiendo "su Aida" con su habitual dominio del escenario y sus indudables carisma y personalidad, cualidades que se atesoran o no. No hay vuelta de hoja. Desde luego, me interesaron mucho más las cuitas y desventuras de Aida expresadas por la Netrebko que por la Pirozzi. En lo vocal, la rusa, menos idiomática lógicamente, desplegó su timbre bello, singular, suntuoso, sombreado, potente y caudaloso, de gran impacto tímbrico. Su técnica y control le permitieron hermosos contrastes dinámicos, bellas y bien acentuadas frases -"Ritorna vincitor", Dúo con Amneris - y dominar el gran concertante del segundo acto. Como colofón, el alarde, que ya pudimos disfrutar los melómanos madrileños en su Aida del Teatro Real de 2022 al final de "Oh patria mia" en el tercer acto. La rusa ataca la frase y sin respirar resuelve el "Do del Nilo" en un espléndido, monumental, filado. Pura magia al igual que la resolución del aria. Si eso no es magisterio en el control del aire, en definitiva, demostración de técnica, los arenques vuelan. Por cierto, que no faltó a la entrada el habitual grupo de ucranianos que acompaña a Netrebko en sus actuaciones con las correspondientes protestas.

   Piotr Beczala fue ya desde la inicial y muy expuesta "Celeste Aida" - discutible el falsete conclusivo, que no es el pianissimo morendo que indica la partitura- , adalid de la emisión franca, ortodoxa y homogénea, la rotunda seguridad -cómo resuelve la ensalada de agudos de "Sacerdote, io resto a te"-, la impecable colocación y el fraseo cincelado con el buril de la clase. Justamente cualidades que brillan por su ausencia en el panorama tenoril actual. Bien es verdad, que me faltó algo de robustez para Radames y acentos más guerreros en algunos pasajes -"Del fiero anelito-, pero el tenor polaco se lleva el papel a su terreno y borda especialmente toda la parte lírica de joven enamorado de la esclava etíope. 

   Por su parte, en la función del día 4 de octubre, el muy joven tenor Ivan Gyngazov demostró estar muy verde. La voz - centro sin armar-  está por hacer y no digamos el fraseo. Quedó el entusiasmo juvenil. El viernes día 2, Ksenia Dudnikova dotó de sensualidad a su Amneris, pero también de desigualdad vocal con graves forzados y agudos sin punta ni expansión. Ekaterina Semenchuk, cantante a la que he visto en vivo desde un papel tan grave como Marfa de Khovanchina hasta un papel de soprano tan particular y oneroso como Turandot, mostró el día 4 un centro muy desgastado, más bien sordo y deshilachado. La rusa negoció los graves sin huir de la exageración y cierta vulgaridad, por lo que le quedó la zona aguda, aún potable, y su oficio y desenvoltura escénica para sacar adelante a la princesa egipcia. 

   Ludovic Tézier confirió relieve a su Amonasro por presencia vocal y acentos teatrales e intencionados. En la funcion del día 4 el indomable Rey etíope fue encarnado por Artur Rucinski, que lució su fraseo y legato de alta factura apoyado en un aliento inextinguible en frases como "Ma tu Re, tu signore possente" y "Rivedrai le foreste imbalsamate". Sin embargo, los medios del barítono polaco resultan demasiado modestos, limitados de volumen y pobres tímbricamente para este papel. Amonasro no es Germont.

«Desmesuradas pausas entre cuadros en el que el montaje prevé diversas acciones sobre el escenario, a cual más ridícula, absurda, larga y perturbadora de la deseable fluidez musical y dramática»

   El sumo sacerdote Ramfis simboliza el implacable y fanático poder religioso. Para ello es necesario un bajo rotundo. No lo son ni el georgiano Giorgi Manoshvili, de buenos modos canoros, ni Alexander Köpeczi, más rudo y limitado arriba, intérpretes de Ramfis el día 2 y el 4, respectivamente. Muy flojo el Rey de George Andguladze de voz corta y gris, modestísima tímbricamente. Moisés Marín fue un ajustado y solvente mensajero. Carmen Buendía mostró cuidadoso y aplicado canto como Sacerdotisa. 

   Me pareció notable la dirección musical de Antonello Manacorda. Pocas veces ha sonado la orquesta del Liceo con esa claridad, limpieza de texturas y pulimento sonoro, y con esa presencia y empaste en la cuerda. Delicados fueron los acompañamientos. Muy hermoso el preludio y la bella introducción del tercer acto con los arpegios de la cuerda y esa flauta que revolotea misteriosa, tanto, como la noche africana a orillas del Nilo. No se olvidó el director turinés del pulso, la tensión teatral y progresión narrativa, nada fácil de mantener dadas las tan inexplicables como desesperantes pausas de la producción escénica. Empastado, dúctil, bien calibrado, sin excesos, el coro. 

   La producción de Shirin Neshat basada en la originaria del Festival de Salzburgo es un perfecto ejemplo de puesta en escena de ópera en la actualidad. Un producto en el que la música es un elemento más, considerado como algo secundario, cuando no molesto, en una especie de demostración integral en la que resulta fundamental el planteamiento, más bien "mensaje" o "doctrina" del que firma el producto y a lo que debe supeditarse todo, sin importar si se adecúa o no. De tal forma, Aida pertenece a una etnia de inmigrantes que han llegado en patera a una sociedad machista -imprescindible para el mensaje del montaje- oprimida por unos poderes religioso y militar, absolutamente implacables. Ni rastro de Egipto y, por supuesto, los ballets no se danzan, no hay coreografías. Ausencia total de caracterización de personajes - a la responsable de la regia no le interesan ; le gustarían unos suyos-  ni de movimiento escénico digno de tal nombre. Desde luego,  se huye de cualquier noción de espectacularidad y belleza. Y como también es habitual, proyecciones e imágenes por doquier. Dicho esto, estamos ante una puesta en escena típica de la lírica contemporánea, que puede presumir, ufana, de vanguardista e iconoclasta. Nada especialmente molesto, si no fuera por las desmesuradas pausas entre cuadros en el que el montaje prevé diversas acciones sobre el escenario, a cual más ridícula, absurda, larga y perturbadora de la deseable fluidez musical y dramática. En la función del viernes día 2, la última de estas pausas situada entre los actos tercero y cuarto desencadenó una lluvia de protestas, gritos y abucheos de un público cansado de sandeces y deseoso de escuchar la música de Giuseppe Verdi y su dramaturgia infalible. En el mismo punto, el día 4 se escucharon algunos aplausos al final del "desfile de zombis" como lo calificó un espectador en la función del día 2, que provocaron la inmediata reacción del resto del público en forma de aluvión de abucheos. 

Foto: Sergi Panizo

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