Artículo de opinión de Aurelio M. Seco sobre la gran soprano española Ainhoa Arteta y su versión de La rondine de Puccini
Ainhoa Arteta, la rondine
Por Aurelio M. Seco
De entre todas las óperas que existen, una de las más injustamente tratadas es La rondine, de Puccini. Es La golondrina una partitura genial del gran maestro de Torre del Lago, una música cálida y festiva, atractiva y de impacto, como el lago que orilla la casa-tumba del maestro, que allí sigue enterrado en un pequeño lugar de aquel precioso chalé donde el genio de Lucca encontró su refugio.
Hoy queremos centrar la atención en una de las más importantes cantantes operísticas españolas de la historia, la soprano Ainhoa Arteta, gran artista del canto lírico que ha dejado, a nuestro juicio, una de las más hermosas recreaciones vocales de la famosa aria «Chi il bel sogno di Doretta», que Magda, la protagonista de la ópera, vive como un sueño de amor anhelante, íntimo, sutil y tan magistral que le deja a uno sin aliento. Hace años que apreciamos lo delicado y hermoso de la interpretación realizada en su día por Arteta, una versión que une a las difíciles técnicas del filado y fiato, una naturalidad interpretativa asombrosa, sobrehumana, en un aria que suele convertir incluso a las mejores sopranos en domaroras de la expresión y expertas en la respiración y el agudo, pero no en la propia Magda, que es delicada, apasionada, elegante y humilde a la vez. Qué difícil es poder trascender la técnica para mezclarse genuinamente con la obra rebasando lo frío de lo aprendido hasta alcanzar lo cálido y misterioso de un momento dramático que parezca verdadero e infinito.
Magda busca el amor, no con la artificiosidad de una mujer burguesa en una fiesta de postín, sino apartándose del mundanal ruido para mostrarse como una mujer vulnerable y sigilosamente arrebatada. Arteta grabó el fragmento para la Ópera Nacional de Washington, en una producción de Marta Domingo en la que la soprano española se muestra sublime, apoyándose de alguna forma en la manera de cantar este aria de Montserrat Caballé, soprano que consideramos insuperable en este fragmento, por las consecuencias y potencialidad de su versión que, simplemente, contiene y desborda a las demás. Caballé, cuyos fiatos y filados eran divinos, hace en este aria una exquisitez con la partitura de tal calibre que merece por sí mismo, no un artículo, sino una tesis doctoral. Pero no es casualidad que la gran Montserrat Caballé hablase bien de Ainhoa Arteta que, plena de voz y cualidades, realizó con el fragmento un alarde artístico prodigioso en el que la soprano consigue ir más allá de su enorme capacidad técnica hasta lograr materializarse con el personaje de Magda y su idiosincrasia elegante y cálida.
Un poco como la golondrina que viene en primavera y se va en invierno, Ainhoa Arteta se ha convertido, desde hace muchos años, en la rondine perenne de nuestras vidas, una artista famosa más allá de la música, que nos hace la visita familiar en las televisiones de vez cuando. Pero no hay olvidar nunca lo extraordinario de la soprano, lo sublime de un arte que, en este aria, roza el cielo. Así, como si estuvierámos en el precioso y sustantivo cuadro de Liszt pintado en su día por Josef Dannhauser, cuando Arteta canta «Folle amore, folle ebbrezza» sin romper la frase, nos transforma el amor fou en una caricia sutil y sublime que corta la respiración, en un fragmento y en el siguiente de una delicadeza tan asombrosa como el nervioso y a la vez suave, sereno y dulce vuelo de una bella golondrina en primavera.
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