Crítica de Alba María Yago Mora del concierto de la Orquesta de Valencia con el Dúo Silver-Garburg bajo la dirección de Alexander Liebreich
Y entonces, Strauss
Por Alba María Yago Mora
Valencia, 10-IV-2026. Palau de la Música (Sala Iturbi). Orquesta de Valencia. Alexander Liebreich, director. Sivan Silver y Gil Garburg, dúo de piano. Vicente Martín y Soler: Obertura de L’arbore di Diana. Maurice Ravel: Daphnis et Chloé, Suite n.º 2. Johannes Brahms / Richard Dünser: Concierto para piano a cuatro manos y orquesta (a partir del Cuarteto op. 60). Richard Strauss: Also sprach Zarathustra, op. 30.
Hay programas que se escuchan; otros, en cambio, se atraviesan como una experiencia de resistencia. El propuesto por la Orquesta de Valencia bajo la dirección de Alexander Liebreich perteneció, en parte, a esta segunda categoría: ambicioso, bien trazado en su arco estético —del clasicismo al posromanticismo—, pero excesivo en duración, hasta rozar las tres horas y poner a prueba la atención de un público que, ya avanzada la velada, comenzaba a acusar el peso del tiempo.
Liebreich ofreció una dirección sólida, consciente del terreno que pisa. Se percibe en él una relación asentada con la orquesta: gesto claro, control de planos y una lectura que prioriza la cohesión antes que el riesgo. No hubo grandes alardes interpretativos, pero sí una eficacia constante, un saber hacer que sostuvo el conjunto con solvencia. La orquesta respondió en esa misma línea: sonido compacto, especialmente en la cuerda, y una implicación general notable tanto en la primera como en la segunda parte. Solo algunos desajustes en los vientos agudos —particularmente en los oboes, con ciertas inestabilidades de afinación— empañaron levemente un resultado globalmente convincente.
La obertura de L’arbore di Diana de Martín y Soler funcionó como una apertura ligera y elegante, de trazo clásico, bien articulada y sin excesos retóricos. Liebreich apostó por una lectura ágil, casi transparente, que permitió apreciar la gracia melódica sin caer en lo superficial.
El salto a Daphnis et Chloé, Suite n.º 2 de Ravel, introdujo un cambio de atmósfera más ambicioso. Aquí la orquesta mostró una paleta tímbrica rica, especialmente en las cuerdas y las maderas graves, con un Lever du jour bien construido desde la penumbra hasta la expansión luminosa. Sin embargo, el resultado fue de menos a más: en los compases iniciales se echó en falta una mayor definición de esos matices tan propios del impresionismo —esa disolución de contornos, esa primacía del color y la luz sobre la línea—, que no terminaron de aflorar con claridad. Fue conforme avanzaba la obra cuando la interpretación ganó en profundidad y refinamiento, encontrando un mayor equilibrio entre textura y atmósfera. Aun así, es precisamente en este punto donde la extensión del programa comenzaba a jugar en contra: la obra, correctamente resuelta, se percibía más como un añadido que como una necesidad dentro del discurso global.
El núcleo central de la velada, el Concierto para piano a cuatro manos y orquesta a partir del Cuarteto op. 60 de Brahms en arreglo de Richard Dünser, dejó sensaciones encontradas. El dúo Silver-Garburg evidenció una técnica sólida, un entendimiento interno impecable y una ejecución limpia. Sin embargo, su lectura resultó sorprendentemente neutra: faltó intención discursiva, ese aliento brahmsiano que convierte la materia sonora en conflicto y relato. El piano, además, quedó en ocasiones desdibujado dentro del tejido orquestal, con problemas de proyección que dificultaron su presencia real en la sala. La orquesta, por su parte, acompañó con corrección, sin invadir, pero tampoco logrando generar un verdadero diálogo. El resultado fue una interpretación correcta, pero emocionalmente distante, que no terminó de dejar huella.
La segunda parte encontró su verdadero sentido con Also sprach Zarathustra de Richard Strauss, donde tanto dirección como orquesta alcanzaron un nivel superior. Desde el célebre arranque —ese do mayor que emerge desde el abismo—, la tensión estuvo bien calibrada, con unos metales firmes y bien empastados, especialmente en trompetas y trombones, que ofrecieron un sonido poderoso sin caer en la estridencia. La cuerda respondió con densidad y flexibilidad, sosteniendo los grandes arcos sin perder definición interna, mientras que la madera aportó matices expresivos de gran interés en los pasajes más introspectivos.
Liebreich optó por una lectura estructural, más centrada en la claridad del discurso que en el desbordamiento expresivo. Funcionó especialmente bien en la articulación de las distintas secciones: Von den Hinterweltlern, Das Tanzlied o el enigmático cierre encontraron un equilibrio entre control y expansión. Destacó también el tratamiento de los contrastes dinámicos, bien graduados, y una percusión precisa que contribuyó a la arquitectura global sin imponerse. El resultado fue un Zaratustra convincente, de sólida construcción, que logró cerrar la velada con la grandeza que el resto del programa, por momentos, parecía diluir.
Quizá ahí reside la paradoja del concierto: una orquesta en buen estado de forma, un director conocedor de sus medios y un cierre de altura, pero envueltos en un programa que, por su extensión, terminó jugando en contra de sí mismo. En música, como en la propia filosofía de Nietzsche que inspira a Strauss, no siempre más es más. A veces, basta con saber cuándo detenerse.
Fotos: Foto Live Music Valencia
Compartir
