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Crítica: Alexander Liebreich y la Orquesta de Valencia estrenan «Medea» de Sánchez Verdú

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Autor: Alba María Yago Mora
18 de mayo de 2026

Crítica de Alba María Yago Mora de Medea de Sánchez Verdú en el Palau de la Música de Valencia

Alexander Liebreich y la Orquesta de Valencia estrenan «Medea» de Sánchez Verdú

Arquitectura sin respiración

Por Alba María Yago Mora
Valencia, 15-V-2026. Palau de la Música (Sala Iturbi). Orquesta de Valencia. Alexander Liebreich, director. Ángeles Blancas, soprano. Abraham Cupeiro, carnyx. Ludwig van Beethoven: Sinfonía n.º 1 en Do mayor, op. 21. José María Sánchez-Verdú: Medea para soprano dramática y orquesta sinfónica sobre textos de Chantal Maillard (estreno absoluto). 

   La Orquesta de Valencia afrontaba el pasado viernes uno de esos programas concebidos desde una evidente voluntad discursiva. La combinación entre la Primera sinfonía de Beethoven y el estreno absoluto de Medea, de José María Sánchez-Verdú, parecía responder a una idea de continuidad histórica y simbólica cuidadosamente construida: la huella de la Grecia clásica, la tragedia, la ruptura de los lenguajes y la transformación del concepto mismo de drama musical. El propio programa de mano insistía extensamente en ese vínculo intelectual, trazando un arco que unía el clasicismo beethoveniano con el universo sonoro, ritual y profundamente sensorial del compositor andaluz.

   Sobre el papel, la propuesta resultaba ambiciosa y sugerente. Sin embargo, ya desde los primeros compases comenzó a surgir la sensación de que aquella arquitectura conceptual encontraba dificultades para traducirse en una verdadera experiencia de concierto coherente y orgánica.

   Alexander Liebreich dirigió una Primera de Beethoven correcta en lo técnico y razonablemente equilibrada en lo sonoro, pero insuficientemente viva. La agrupación valenciana respondió con profesionalidad y limpieza. Las diferentes secciones se presentaron sólidas y bien ensambladas, pero la lectura terminó moviéndose en un terreno excesivamente neutro, sin la electricidad, el nervio ni la capacidad de sorpresa que esta partitura necesita para desplegar su vitalidad. La Primera de Beethoven encierra precisamente una de las paradojas más complejas del repertorio clásico: su aparente transparencia puede convertirla fácilmente en una obra plana si no existe una verdadera tensión interna. Y aquí, pese a la corrección formal, apenas apareció esa sensación de riesgo o impulso dramático que transforma el discurso clásico en algo verdaderamente palpitante.

   El Adagio molto inicial careció de misterio y dirección, mientras que el posterior Allegro con brio avanzó con cierta rigidez, sin terminar de encontrar el humor, la incisividad ni el juego de contrastes que hacen de esta música algo mucho más moderno de lo que a menudo se recuerda. Tampoco el Andante cantabile con moto logró desprenderse de cierta frialdad discursiva, ni el Menuetto alcanzó esa energía casi scherzante que anticipa ya al Beethoven más revolucionario. Todo sonó ordenado, pero también sorprendentemente anodino. Y quizá aquí comenzó a resquebrajarse el equilibrio del programa. Porque una interpretación más incisiva, más luminosa o incluso más visceral de Beethoven podría haber actuado como verdadero contrapunto dramático frente al universo sonoro de Medea. Sin embargo, la sensación que terminó imponiéndose fue la de asistir a dos bloques difícilmente reconciliables entre sí.

   El estreno absoluto de la obra de Sánchez-Verdú ocupaba el núcleo conceptual de la velada. Basada en los poemas de Chantal Maillard y concebida como una suerte de monodrama dividido en tres libros, Medea se presenta como una experiencia sonora total en la que intervienen espacialización instrumental, técnicas extendidas, susurros corales, respiraciones y la presencia del carnyx, instrumento ancestral asociado aquí a la animalidad y al espanto. Todo ello responde, evidentemente, a una intención estética perfectamente consciente. Sánchez-Verdú no busca la belleza tradicional ni la complacencia auditiva, sino una inmersión casi ritual en un paisaje de descomposición, memoria, violencia y extrañamiento. La música parece construirse desde la tensión constante, desde la rugosidad tímbrica y desde una sensación permanente de inestabilidad emocional.

   Sin embargo, una cosa es comprender intelectualmente las intenciones de una obra y otra muy distinta experimentar su resultado como una vivencia musical verdaderamente significativa. Y ahí es donde Medea terminó generando una profunda distancia. Más que un discurso musical articulado, la obra pareció desarrollarse como una sucesión ininterrumpida de estímulos sonoros orientados a provocar incomodidad física y psicológica. La constante acumulación de tensión, la ausencia casi total de espacios de respiración, los susurros, los estallidos metálicos, las masas tímbricas ásperas y el carácter obsesivamente ritual de muchos pasajes acabaron construyendo un paisaje sonoro casi demencial, difícil de sostener durante sus más de cuarenta minutos de duración. Por momentos, la escucha dejaba de percibirse como una experiencia estética para transformarse en algo cercano a la ansiedad. No tanto por violencia sonora —la obra no busca el efectismo fácil— como por la persistente sensación de malestar que emanaba del escenario. El propio programa de mano hablaba de “espacio del horror”, “desgarro”, “animalidad” o “vibraciones fúnebres”. Y ciertamente todo ello estaba presente en la sala, quizá con demasiada insistencia.

   Ángeles Blancas asumió la parte vocal con enorme entrega física y teatral, desplegando una amplísima gama de recursos expresivos y sosteniendo con admirable resistencia un papel concebido prácticamente como una prolongación corporal de la propia tragedia. También Abraham Cupeiro aportó una presencia magnética con el carnyx, cuyo sonido áspero y ancestral terminó convirtiéndose en uno de los elementos más perturbadores de toda la obra. Pero ni siquiera este compromiso interpretativo logró disipar la sensación de encontrarse ante una propuesta que parecía exigir al oyente una resistencia emocional continua, sin apenas ofrecer momentos de compensación, transformación o verdadera trascendencia expresiva. Todo permanecía instalado en una tensión perpetua que acababa volviéndose monocroma en lo emocional.

   Quizá ahí residió finalmente el principal problema de la noche: la distancia entre la teoría del planteamiento y su traducción real. El programa seguro que estaba cuidadosamente pensado desde el concepto, desde las referencias culturales y desde la construcción intelectual, pero la música, al menos en esta ocasión, pareció incapaz de generar un verdadero recorrido emocional compartido. Y cuando eso ocurre, incluso las ideas más sofisticadas terminan perdiendo respiración.

Foto: Live Music Valencia

 

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