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Crítica: Alexandre Bloch y Javier Perianes con la Orquesta Sinfónica de RTVE

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Autor: Óscar del Saz
23 de octubre de 2026

Crítica de Óscar del Saz del concierto de Alexandre Bloch y Javier Perianes con la Orquesta Sinfónica de RTVE

Alexandre Bloch

La nostalgia también puede bailar

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 22-X-2026. Teatro Monumental. OSRTVE. Concierto A3. Obras de Robert Schumann (1810-1856), Johannes Brahms (1833-1897) y Richard Strauss (1864-1949). Javier Perianes (piano). Orquesta Sinfónica de RTVE. Alexandre Bloch, director.

   El programa que hoy nos ocupa -dos siglos lo contemplan-, el diseñado por Alexandre Bloch, con el afamado pianista onubense Javier Perianes (1978) como solista, constituye tres maneras muy distintas de evidenciar la crisis del ideal romántico germánico que, en su génesis, se basaba en la idea de poder narrar historias, situaciones o emociones sin necesitar la palabra o la dramatización teatral, dando a la orquesta un protagonismo absoluto. 

   En Schumann, y su «Concierto para piano, en La menor», la emoción se refugia en la intimidad del diálogo cómplice en el amor, y en cuanto a Brahms, esa emoción contenida -carente de catarsis- se convierte en conflicto en su «Obertura trágica». En Richard Strauss y su suite de «El caballero de la rosa», la emoción -o lo que queda de ella- acaba transfigurada en nostalgia, contemplando con ternura cómo la felicidad y la pérdida forman parte de una misma experiencia humana.

   El «Concierto para piano, en La menor» constituye una de las grandes anomalías del romanticismo porque no necesita del virtuosismo para epatar, utilizando por el contrario su vena melódica y continua interacción-conversación con la orquesta para resaltar la parte heroica y la emocional. 

   La versión de Javier Perianes -28 años después de su debut con esta Orquesta y esta misma obra- fue eminentemente colorista, cargando las tintas en los momentos más dramáticos y también en los más apasionados, manteniendo una muy apropiada línea poética sin caer en el sentimentalismo, con una actitud-aptitud de desenvolvimiento natural ante el teclado y dando clara preeminencia a la estructura global frente a la pérdida de esfuerzos en los «simples detalles».

   En Schumann todo ello resulta esencial: sobre todo, la capacidad de fragmentar los discursos pianísticos en un único discurso emocional. Haciendo gala de esto último, Perianes -en el primer movimiento-, equilibró impulsividad y arquitectura, enriqueciendo las rápidas digitaciones arpegiadas. 

   En el ‘Intermezzo’, su respiración se alejó de lo prosaico, por lo que nuestra apreciación es que fue eminentemente «terrenal». En el ‘Finale’, añadió una energía luminosa que nunca fue sólo superficial manteniendo adecuadamente, junto con la orquesta y Bloch -especialista en aclarar las texturas-, la tensión interna y un ‘rubato’ flexible, pero nunca arbitrario, con belleza sonora de orfebre. Obtuvo finalmente un grande y merecido éxito.

   Después del descanso, la «Obertura trágica» constituyó uno de los ejemplos más concentrados del Brahms maduro que sabe plantear las tensiones estructurales del discurso sonoro, utilizando variabilidad en el ritmo y la ejercitación de distintos bloques temáticos para conseguir comunicar intensidad emocional. 

   Bloch -sin partitura y sin batuta- practicó una ejecución de impulso «motu propio», sin casi cesiones a la solemnidad, guardando un adecuado compromiso entre lo liviano y la sobrecarga emocional, cosa ésta última que haría que la obra se convirtiera en «plomiza». Los metales resultaron disciplinados en el dramatismo y la cuerda siempre sonó densa y muy empastada, logrando ambas secciones la progresiva acumulación de la necesaria energía.

   Sin duda, el plato fuerte en todos los sentidos fue la suite de «El caballero de la rosa», en la que Strauss -y su gran instinto teatral- nos transporta a una Viena imaginaria, reconstruida nostálgicamente en las vísperas del derrumbe de la Europa imperial, mediante una brillante sucesión de valses y pasajes orquestales de gran opulencia sonora. Pocas partituras, a orquesta completa, exigen semejante grado de virtuosismo colectivo -incluso se exige para secciones completas-, multiplicando planos sonoros, superponiendo melodías y reflejando -cuando procede- el caos sonoro… 

   En las prestaciones de Bloch y la OSRTVE -con batuta y de memoria- los famosísimos valses sonaron elegantes, sofisticados y levemente ambiguos, descolocados y «retorcidos», mientras Bloch «danzaba» sobre el podio manteniendo la fluidez teatral -hacemos notar que, aún en modalidad de suite, la obra no debe olvidar su carácter eminentemente operístico-, casi como si formara parte del «elenco», como uno de los «personajes». Señalamos también como primorosos los dúos de la concertino (Yulia Iglinova) con el primer oboe (Salvador Antonio Barberà).

   Las maderas fueron decisivas, aportando ese brillo barnizado, casi irónico, tan característico de Strauss. Los metales combinaron potencia y refinamiento, mientras la cuerda produjo una sonoridad sedosa y muy lírica. Todos esos elementos y los ‘tutti’, levitantes y energizantes, convergieron felizmente en un resultado de gran resplandor y esplendor, que la magia, las facultades y la generosa entrega técnica y plástica de Bloch, junto con su Orquesta, propiciaron para recrear ese universo paralelo que celebra su belleza mientras intuye su final.

   De nuevo, Alexandre Bloch consiguió encandilar al público que llenaba al completo el Teatro Monumental, donde se sucedieron aplausos para todas las secciones y para el propio director. En él hubo mucho más que exhibición, mucho más que oficio. Bloch le tiene tomada la medida a este tipo de repertorios y, en concreto, a «Rosenkavalier», y eso se notó de forma apabullante cuando vimos una orquesta rindiendo a una muy alta calidad, disfrutando junta y consiguiendo hacer que el público entendiera -también nosotros- que «la nostalgia también puede bailar». 

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