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Crítica: Alexandre Kantorow, Cristian Macelaru y la Nacional de Francia en La Filarmónica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
26 de mayo de 2024

Crítica de Raúl Chamorro Mena del concierto ofrecido por el pianista Alexandre Kantorow, el director Cristian Macelaru y la Orquesta Nacional de Francia en en el ciclo de La Filarmónica

Alexandre Kantorow en La Filarmónica


Un espléndido Kantorow cierra la temporada de La Filarmónica

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 23-V-2024, Auditorio Nacional. Ciclo La Filarmónica. Pavana. op. 50 (Gabriel Fauré). Concierto para piano y orquesta núm. 2, op. 21, (Fryderyk Chopin), Alexandre Kantorow, piano. Romeo y Julieta, Op. 64 (Serguei Prokófiev). Orquesta Nacional de Francia. Director: Cristian Macelaru.

   Muy interesante el concierto programado para poner broche a la presente temporada por el cada vez más asentado ciclo La Filarmónica, con la presencia del prestigioso pianista francés Alexandre Kantorow y una orquesta del nivel de la Nacional francesa con su actual titular, el rumano Cristian Macelaru, al frente.  

   Esta agrupación data de 1934 y pertenece a Radio France, igual que la Orquesta Filarmónica de Radio Francia, que junto a la Orquesta de París y la de la Opera Nacional, forman el cuarteto de notables orquestas radicadas en la capital francesa. 

   De estirpe de músicos -su padre es el violinista y director de orquesta Jean Jacques Kantorow- Alexandre está afianzando en los últimos años su reconocimiento internacional y, desde luego, demostró en este concierto ser un magnífico pianista, con una obra tan fabulosa como el segundo concierto para piano, aunque primero en componerse, de Chopin. Al publicarse posteriormente, porta el número 2.

Cristian Macelaru y la Orquesta Nacional de Francia en La Filarmónica

   Después de la larga introducción orquestal, el piano de Kantorow se adueñó de la situación con un sonido de generosa presencia, bello y diamantino. La digitación limpia, segura, nítida, se combinó con un fraseo refinado y bien torneado, en el que los pasajes ornamentados, los arpegios y trinos, surgieron con transparencia y brillantez, pero sin obviar el carácter y fondo efusivo y apasionado que encierra este primer capítulo. Kantorow expuso de forma genuina esa declaración de amor por parte de Chopin a la cantante Konstancya Gladkowska, que constituye el hermosísimo segundo movimiento, pleno de lirismo. El pianista francés escanció con primor la inspiradísima y celestial melodía, y la canalizó hacia el espíritu de la soprano destinataria, pues la elevó con todo su sentido cantabile. El sonido madreperláceo, la vertiginosa digitación, la seguridad técnica y energía expositiva sellaron un magnífico tercer movimiento, en el que las cascadas de notas surgieron limpias, transparentes, como cuentas perfectamente engarzadas en un precioso rosario. Las ovaciones del público recibieron como premio por parte de Kantorow, una espléndida interpretación, a modo de propina, del segundo movimiento -lento- de la Sonata para piano nº 1, op. 28, de Serguei Rachmaninoff.

   Después de la larga introducción, la orquesta pasa a segundo plano, pero Macelaru y la orquesta se acoplaron bien con el solista. Sin embargo, el acompañamiento, de indudable oficio, resultó más bien anónimo y de escasa brillantez. La impresión fue parecida en la Pavana de Fauré que abrió el concierto. No faltó refinamiento a la ejecución, pero brillaron más los solistas, especialmente flauta y clarinete, que el discurso orquestal, solvente pero un tanto plano. 

   La orquesta, bajo la dirección de Macelaru, demostró todas sus calidades, refinamiento y esplendor tímbrico en la suite del ballet Romeo y Julieta de Sergei Prokofiev, que reunió once números de las tres suites creadas por el compositor.

   Colorido, luminosidad y suntuosidad orquestal, así como algún detalle dinámico interesante, dominaron una interpretación en la que faltó una mayor diferenciación entre los pasajes de vigor rítmico y los de misterio y lirismo. La danza de los caballeros atesoró exuberante brillantez con la orquesta, metales y cuerda, a gran nivel. El concertino solista se lució en la danza de los jóvenes, así como el de viola y clarinete en otros pasajes, pero, insisto, no aprecié una adecuada plasmación de los pasajes más dramáticos y los debidos contrastes que atesora la obra. 

   Como generosa propina, Macelaru y la Orquesta Nacional de Francia ofrecieron una radiante interpretación del célebre Bolero de Maurice Ravel, que fue adecuado cauce para que los solistas de la orquesta demostraran sus altas calidades, si bien concurrió algún pequeño lunar sin mayor importancia, como un desliz del trombón en su entrada.

   Gran éxito, que puso broche a la temporada 2023-24 del ciclo La Filarmónica, en el que nos esperan interesantes citas en la próxima. 

Fotos: Rafa Martín / La Filarmónica

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