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Crítica: «Andrea Chenier» en la Ópera de Bilbao

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Autor: Jon González Villanueva
2 de mayo de 2026

Crítica de Jon González de Andrea Chenier de Giordano en la Ópera de Bilbao

Saioa Hernández y Michael Fabiano en el «Andrea Chenier» de Bilbao

Cantar o morir

Por Jon González
Bilbao. 29-V-2026. Palacio Euskalduna. Andrea Chénier, de Umberto Giordano. Michael Fabiano (Andrea Chénier), Saioa Hernández (Maddalena de Coigny), Juan Jesús Rodríguez (Carlo Gerard), Nancy Fabiola Herrera (Condesa de Coigny/Madelon), Gabriel Alonso (Roucher), Jorge Rodríguez-Norton (L’Abate/Un incredibile), Veta Pilipenko (La mulata Bersi), Fernando Latorre (Il sansculotto Mathieu), José Manuel Díaz (Flévile/Fouquier Tinville) Gexan Etxabe (Schmidt/Dumas/Maestro di casa), Bilbao Orkestra Sinfonikoa y Coro de Ópera de Bilbao. Dirección de escena: Alfonso Romero Mora. Dirección Musical: Guillermo García Calvo. 

   Para ser el acontecimiento histórico sobre el que se asienta la Europa contemporánea, no existe mucha literatura operística relacionada con la Revolución Francesa. Así a bote pronto, además del título que nos ocupa, encontramos, Therese de Massenet, La muerte de Danton de von Einem o Dialogues des Carmélites de Poulenc. 

   Pero realmente ninguna de ellas ha contado con el favor del público como lo ha hecho Andrea Chénier, que triunfó en 1896, en la noche de su estreno en la Scala de Milán, con varios bises y más de 20 salidas a saludar tras la representación, y que se ha mantenido como una habitual de los cartelones de los teatros de ópera de todo el mundo por su doble condición de vehículo de lucimiento para divos como por ser un vivísimo fresco histórico de las distintas etapas de la Revolución Francesa.

   Andrea Chénier se ha incluido genéricamente en la corriente verista, pero esto tiene más que ver con la adscripción inicial a este movimiento por parte de su compositor, Umberto Giordano, que con la temática y extensión o estructura musical de la obra en particular. Giordano plantea una ópera de gran envergadura, de una orquestación vivísima, colorida y moderna, con referencias incluso al leitmotiv wagneriano, y sostenida a dos bandas entre el triángulo amoroso típico de la ópera romántica o postromántica, tenor-soprano-barítono, contando todos ellos con números cerrados, y un riquísimo plantel de personajes secundarios.

«Andrea Chenier» de Bilbao

   En el desarrollo de la trama podemos ver la lucha de clases y los estertores del Antiguo Régimen, reflejado en el baile de aristócratas interrumpido por los trabajadores y campesinos hambrientos del primer acto, para luego pasar al clima de peligro, delaciones y venganza de los oprimidos hacia los aristócratas, incluyendo referencias corales u orquestales a la música popular de la época (la Carmagnole, el famoso Ah ça ira  o la inclusión de la Marsellesa), y acabar con la muestra de la espiral de locura asesina a la que había llegado la Revolución con el juicio sumarísimo, en el tercer acto, y la ejecución de Andrea Chenier y Maddalena de Coigny en la guillotina en plena etapa del Terror, en 1794, en el cuarto.

   Para estas funciones bilbaínas se contó con un trío de importantes voces: Michael Fabiano, viejo conocido de las temporadas bilbaínas, Saioa Hernández, debutante en Bilbao, y Juan Jesús Rodríguez, que volvía en esta temporada tras su participación en La Forza del Destino del pasado octubre.

   Han pasado ya 15 años desde que Michael Fabiano debutara en Bilbao con una Lucia di Lammermoor de muy grato recuerdo. Desde entonces el tenor, siempre en parábola ascendente, ha ido progresivamente incorporando a su repertorio papeles cada vez más pesados, el más reciente su Otello hace unas pocas semanas en Las Palmas. Su Chénier, un papel también de reciente adquisición, es más soldado que poeta, comunicativo y efusivo, sí, pero algo parco en dinámicas y nuances. En la zona media, la voz de tenor lírico, con alguna resonancia al timbre de José Carreras, suena bella, amplia, resonante y caudalosa, nunca forzada, y se impone sin problema a cualquier muro orquestal. Sin embargo, Fabiano encuentra su talón de Aquiles en toda la zona aguda. Esto pudo observarse en su escena de entrada, el inclemente Improvviso, que obliga al tenor a encaramarse a varios síes agudos casi sin calentar y en el que lo encontramos muy bravo en el centro, pero algo caído de afinación en los agudos. Mantuvo bien la espinosa tesitura de su escena solista del segundo acto, el Credo a una possanza arcana, que incide en la zona medio-aguda, e igualmente estuvo bien en el subsiguiente dúo con Maddalena. Su imprecación al tribunal del tercer acto, Si fui soldato, fue ardorosa pero algo lineal, y volvieron los problemas en los agudos. Delineó bien su aria del cuarto acto y también el dúo final.

«Andrea Chenier» de Bilbao

   La actuación de Saioa Hernández como Maddalena fue muy aplaudida. Encontramos en la Maddalena dos vertientes: una lirica, efusiva y expansiva que se desarrolla en sus dúos del segundo y cuarto acto y en su aria del tercero, y la otra, más «conversacional» o naturalista. La Hernández se encuentra mucho más cómoda en la vertiente lírica, que se adapta mejor a sus virtudes canoras y a su temperamento. 

   Así, mientras las frases de presentación del personaje o del coqueteo con Chénier del primer acto o las del enfrentamiento con Gerard en el tercero pasan sin mucho, una vez la partitura le permite cierta expansión, la cantante se explaya a placer, con un centro corposo y nutrido y subidas al agudo sin problema de ningún tipo. La Hernández simplemente canta y la música suena, se hace.  Perfecto ejemplo de esto fue su racconto Eravate possente, en el que se meció a placer muy bien sostenida por la orquesta, al igual que en las frases del dúo final, cantando enseñoreada y con gusto. Fue muy aplaudida en su La mamma morta, sabiamente delineada y encaminada hacia el clímax del aria, alargando la nota final creando un gran efecto dramático.

   El tercero en discordia, Juan Jesús Rodríguez, triunfó como Carlo Gerard. Es este un papel aristado y profundo, de gran complejidad dramática. La voz es la que ya conocemos: recia, pastosa, de una sonoridad imponente, de centro nutridísimo y seguro en los agudos. Pero, además, Rodríguez, firmó un conseguido retrato del sirviente devenido revolucionario. Clamó con rabia contra los aristócratas en su escena de apertura, y encontró su mejor momento en su monólogo del tercer acto que despachó de forma abundante y generosa en lo vocal y diciendo las frases con la dosis justa entre la decepción personal ante los desmanes de una Revolución que ya no siente propia y la creencia en la fraternidad.

   Muy destacables igualmente los secundarios, tan vitales en esta ópera. Nancy Fabiola Herrera, poseedora de un sonido grande y compacto dijo muy bien y fue una altiva Condesa de Coigny y una estremecedora Madelon en su escena del tercer acto; Gabriel Alonso mostró una bella voz de barítono lírico, dotando de una inusitada humanidad al Roucher; y Jorge Rodríguez-Norton fue un insidioso Incredibile jugando muy bien sobre el acento. Fernando Latorre y José Manuel Díaz, dos veteranos de la casa, y Gexan Etxabe, siempre son un valor seguro. Vita Pilipenko cerraba el cast en una muy menor Bersi.

Juan Jesús Rodríguez

   Guillermo García Calvo, habitual en los teatros centroeuropeos, debutaba en Bilbao y no pudo hacerlo de manera más feliz. Comandando a una Bilbao Orkestra Sinfonikoa en plenísima forma, de sonido en punta, colorido y teatralísimo, García Calvo presentó una narración de contrastes; elegíaca en los momentos en los que tocaba y tensa desde los primeros compases, acompañó a los cantantes con esmero y creó estupendas atmósferas en las escenas de masas del segundo acto en el Cours-la-Reine o en el final del segundo acto y especialmente en la tétrica escena del juicio del tercero. El Coro de Ópera de Bilbao, muy bien cuadrado y preparado por Esteban Urzelai, estuvo muy implicado en escena jugando como un elemento escénico más.

   La producción de Alfonso Romero Mora ya se había visto en Bilbao en el último Andrea Chénier programado en 2015. Producción clásica y con vocación historicista, montada sobre un escenario único con base en el salón del palacio de la Condesa de Coigny del acto primero al que van añadiendo o quitando artefactos escénicos que permite el canto con placidez en todo momento y que, si bien no innova, tampoco molesta. Al decir de Baltasar Gracián: más valen quintaesencias que fárragos.

Fotos: @morenoesquibel 

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