Crítica de Raúl Chamorro Mena de Andrómeda y Perseo de Juan Hidalgo y Calderón de la Barca en la Fundación Juan March
Valiosa recuperación
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 7-X-2026. Fundación Juan March. Ciclo Teatro musical de cámara. Andrómeda y Perseo (Texto de Pedro Calderón de la Barca y música atribuida a Juan Hidalgo). Estreno en tiempos modernos. Cantantes: Pilar Alva-Martín, soprano. Maëlys Robinne, soprano. Rita Filipe, mezzosoprano. Andrea Rey, mezzosoprano. Gabriel Díaz, contratenor. Javier Blanco, bajo-barítono. Actores de la 7ª joven Compañía Nacional de Teatro Clásico: Sam Arribas, Andrea Santos, Zoe da Fonte, Belén Landaluce, Luis Espacio, Diego Garisa, Anna Nácher, Andrea Real, Gabriel de Mulder, Julio Montañana Hidalgo, Laura Ferrer y Jordan Blasco. María Saturno, viola da gamba. Tamar Lalo y Rita Rógar, flautas de pico. Nacho Laguna, tiorba y guitarra barroca. Aarón Zapico, clave y dirección musical. Dirección de escena: Nuria Castejón. Versión: Álvaro Tato.
El admirable ciclo Teatro musical de cámara de la Fundación Juan March suele ofrecer buenos espectáculos con pocos medios, dando la oportunidad de presenciar obras poco habituales. Esta vez, se trataba de un estreno en tiempos modernos de una pieza fundamental en el origen fundacional del teatro lírico español. La fábula mitológica Andrómeda y Perseo se estrenó el 18 de mayo de 1653 en el Coliseo del Buen Retiro de Madrid para celebrar la recuperación de una convaleciente Mariana de Austria, segunda esposa del Rey Felipe IV. La importancia y solemnidad del evento, su profundo carácter ceremonial y fondo político son indudables y por ello se encargó el texto, nada menos que a Don Pedro Calderón de la Barca, figura esencial del siglo del oro español y de la literatura universal. El famoso escenógrafo italiano Baccio del Bianco fue el encargado de la puesta en escena y, como en el siglo de oro la música era inseparable de la escena, la partitura, se encomendó a Juan Hidalgo que posteriormente, como gran compositor teatral de la corte, continuaría su colaboración con Calderón de la Barca en obras, entre otras, tan célebres, como El laurel de Apolo, La purpura de la rosa y Celos aún del aire matan. A nadie se le puede escapar el elemento político de autoafirmación del poder y dimensión de la monarquía hispánica y la expresión, en una Europa en crisis económica y sacudida por los enfrentamientos, de la unión entre las dos ramas de los Habsburgo, la española y la austríaca.
La obra llevaba sin representarse desde la época de su estreno, por lo que estamos ante una muy apreciable recuperación con la que el ciclo Teatro musical de cámara de la Fundación Juan March se adentra por primera vez en el teatro musical del siglo XVII. En el mes de diciembre de este mismo año se representará en el Teatro de la Comedia.
Como era habitual en el teatro musical barroco, en la acción los Dioses se entremezclan con los humanos. Aquéllos se expresan mediante el canto y éstos con el declamado del verso. Hay recortes y añadidos en el texto, aunque se mantiene el fundamental de Calderón, por lo que es justo valorar positivamente la labor de condensación de Álvaro Tato y su cohesión dramática. En cuanto a la música, se introduce una sinfonía inicial de Biagio Marini (1594-1663) y la música instrumental que acompaña a algunos pasajes de declamado pertenece a otras creaciones de Juan Hidalgo o a bajos de moda en la época como romanescas, chaconas y folías, como se expresa en el completo y detallado programa -como siempre- editado por la Juan March.
Corresponde valorar positivamente el espectáculo dados los limitados medios, que desde luego no pudieron evocar los que serían, sin duda, suntuosos decorados de Baccio del Bianco y con ello poder plasmar la “poetica della meraviglia”, que era el fundamento del teatro musical barroco en palabras del gran musicólogo y crítico musical italiano Rodolfo Celletti. Sin embargo, la acción teatral discurrió ágil y dinámica, con un movimiento escénico bien trabajado y una saludable factura de funcionalidad, elegancia y buen gusto, tanto en el vestuario, como en la sucinta escenografía.
Los actores de la 7ª joven Compañía Nacional de Teatro Clásico impusieron la vitalidad y el entusiasmo por encima de todo. Ya habrá tiempo para adquirir matices, porte y sentido analítico, para dar el empaque y la profundidad que merece al verso Calderoniano.
Entre los cantantes el más conocido es el contratenor Gabriel Díaz, que saltó a la fama por sustituir a Franco Fagioli en el Teatro Real en la recuperación de Achile in Sciro de Corselli. Cantante de modestos medios, pero correcto canto y que demostró su mayor bagaje mediante cierto sentido de la intención y el matiz. Pilar Alva-Martín, Maëlys Robinne, Rita Filipe, Andrea Rey y Javier Blanco, resultaron musicales, con voces sanas pero muy justas de presencia y con camino por recorrer en cuanto a fraseo y acentos.
En el apartado musical también resultó escaso el orgánico orquestal formado por dos flautas de pico, tiorba, Viola da gamba – impecables Tamar Lalo y Rita Rógar, Nacho Laguna y María Saturno- y clave a cargo de Aarón Zapico, que aseguró la factura musical del evento y logró un momento de gran efecto teatral con la sucesiva gradación de silencios, quizás exagerada, pero efectiva, en la escena de la cueva de la medusa.
Fotos: Fundación Juan March
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