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Crítica: Antonio Pappano, Lisa Batiashvili y la  Orchestra Nazionale di Santa Cecilia en Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
16 de noviembre de 2022

Crítica de Raúl Chamorro Mena de los conciertos ofrecidos por Antonio Pappano, Lisa Batiashvili y la OrchestraNazionale di Santa Cecilia en el ciclo Ibermúsica

Antonio Pappano, Lisa Batiashvili y la Orquesta de Santa Cecilia en Ibermúsica

Concepto operístico y una excelsa violinista

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 13 y 14-XI-2022, Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia-Roma. Director: Antonio Pappano.13-XI-2022: Sinfonía nº 8, D. 759 “Inacabada” (Franz Schubert). Sinfonía nº 9, WAB 109 (Anton Bruckner). 14-XI-2022: Concierto para violín, op. 61 (Ludwig van Beethoven), Lisa Batiashvili, violín. Sinfonía, núm. 2, op. 61 (Robert Schumann).

   El debut de la orquesta de la Academia de Santa Cecilia en el ciclo Ibermúsica se ha concentrado en dos conciertos consecutivos, uno aplazado de la pasada temporada y otro de la presente. La orquesta romana, fundada en 1908 como orquesta Sinfónica del Augusteo, atesora una acrisolada trayectoria y, después de diversas localizaciones, encontró en 2003 su sede actual en el magnífico auditorio «Parco della musica» de la ciudad eterna, donde tuve oportunidad de escucharla hace años en un programa Rachmaninoff con el gran André Previn en el podio. Maestros de la talla de Igor Markevitch, Thomas Schippers o Giuseppe Sinopoli han sido titulares de la formación. 

  Su actual director titular, Antonio Pappano, cuenta con una merecida reputación como magnífico director de ópera, labrada principalmente, como director musical, desde hace más de dos décadas, de la Royal Opera House Covent Garden, cargo que abandonará al final de la temporada 2023-24. Desde 2005, Pappano asumió, asimismo, la titularidad de la Orquesta de la Academia Santa Cecilia de Roma, con la que ha profundizado en el repertorio sinfónico. El que firma estas líneas ha apreciado in situ las calidades como director de ópera de Pappano en algunas funciones en el Covent Garden –Otello y Don Carlo de Verdi; Les Troyens de Berlioz-, además del memorable Peter Grimes de Britten que ofreció –en este caso al frente de las huestes del Teatro Real de la Moneda de Bruselas- en la temporada de la reinauguración del Teatro Real de Madrid. 

   El primer concierto que aquí se reseña, correspondiente al domingo 13 de noviembre, contaba en su programa con dos sinfonías incompletas a cargo de un compositor, Franz Schubert, que ejerció gran influencia en el otro protagonista del evento, Anton Bruckner. Ambos partícipes de la llamada «maldición de la novena sinfonía». Se han escrito ríos de tinta acerca de las razones por las que Schubert no terminó su Octava sinfonía, pero lo cierto es que dejó dos maravillosos movimientos que abren las puertas al romanticismo. 

Antonio Pappano, Lisa Batiashvili y la Orquesta de Santa Cecilia en Ibermúsica

   En la obra de Schubert, desde el misterio de los acordes iniciales de la cuerda grave, el subsiguiente tapiz de la aguda, expuestos en ambos casos en primoroso pianissimo, sobre el que clarinete y oboe delinean la espléndida melodía, Pappano demostró claridad expositiva y desgranó seductores pianissimi, basado todo ello en una planificación de ligeras texturas y refinados acabados. Los violonchelos y los violines cantaron, las maderas sonaron efusivas y las frases surgieron fluidas y plenas de lirismo. Las trompas introdujeron apropiadamente el segundo movimiento, delineado con intenso lirismo, pero en el que no terminaron de emerger esos malos presagios, ese toque dramático que anida latente en la partitura. 

   En la segunda parte pudo escucharse un Bruckner lejos de las densidades y vigores orquestales más genuinamente germánicos, con un planteamiento ligero, fluido, especialmente cantabile, para lo cual, resulta ideal una orquesta italiana y de buen nivel, como la de la Academia Santa Cecilia, en la que destacaron las maderas, especialmente flauta y clarinete y una cuerda tersa, sin la redondez y anchura de otras orquestas que se asocian más al repertorio bruckneriano, pero empastada y luminosa. Eso sí, el sonido orquestal fue avaro en colores y a orquesta y batuta les faltó ese plus para traducir toda la grandiosidad y elemento estremecedor que fundamenta esta colosal creación musical. 

   Este planteamiento de Pappano no dejó de lado, ni mucho menos, los impactante crescendi, como el del primer movimiento, la creación de clímax, a lo que hay que añadir, que pocas veces se ha escuchado a la cuerda cantar con mayor lirismo la amplia melodía del referido capítulo. La energía rítmica y martilleo cuasidiabólico del scherzo contrastaron bien con la suavidad del trío, pero no terminó de plasmarse en su totalidad la excitación y tono febril del pasaje. El sublime adagio del tercer y último movimiento, pues Bruckner no pudo terminar el cuarto y ofrecer con ello, como humilde siervo a Dios, él ferviente creyente, una postrera sinfonía totalmente completa, participó intensamente de la propuesta lírica y plena de cantabilità de Pappano, pero se le cayó un tanto de tensión y no logró transmitir esa suprema conmoción y sobrecogimiento que uno debe experimentar con esta música. 

Antonio Pappano, Lisa Batiashvili y la Orquesta de Santa Cecilia en Ibermúsica

   El concierto del día 14 se engalanó en su primera parte con la participación de una de las más grandes violinistas de los últimos años, la georgiana Lisa Batiashvili. Un instrumento, el violín, que vive desde hace unos años una especie de edad de oro, al contrario de lo que ocurre con el canto. El concierto para violín de Beethoven, una de las grandes obras concertantes para dicho instrumento y que ejerce de ilustre modelo de los que vinieron después, fue apropiada piedra de toque para apreciar las inmensas calidades de la virtuosa georgiana. Estamos ante una artista que lo tiene todo, sonido de calidad, cantabilità, fraseo y brillante virtuosismo. Todo ello escanciado con ese «sabor de lo caro» que irradian los grandes. A continuación de la larga introducción orquestal, que parece el comienzo de toda una sinfonía, el Guarnieri de la Batiashvili colocó el sonido, bellísimo, calibrado, amplio de registro y sonoridad, en el centro de la sala.

   El fraseo cincelado, aderezado con primorosos glissandi, refinados detalles, legato delicadísimo y expresión concentrada, condujo a una cadenza en el que se combinó un deslumbrante virtuosismo plasmado en un absoluto dominio del arco y la más depurada técnica violinista, pero sin un átomo de exceso o vano exhibicionismo, siempre desde la suprema elegancia y áurea factura musical. La Batiashvili dotó de amplio vuelo, refinamiento sonoro y efusivo lirismo, a la melodía del segundo movimiento, logrando efectos de suspensión temporal sin perder un ápice de equilibrio y con un control absoluto sobre su instrumento y el discurso musical. Finalmente, en el tercero, además de dialogar primorosamente con el fagot, el violín de la Batiashvili desgranó con toda la vivacidad y chispa vertiginosa el rondò y todo ello con un arrojo que nunca traiciona su proverbial empaque, logrando, por un lado, exponer todo el centelleante júbilo del pasaje y por otro, asegurar la unidad y concepto global de la obra. Por descontado que la cadenza del último movimiento resultó una fascinante exhibición de técnica y virtuosismo. Ante las ovaciones y vítores del público, la Batiashvili ofreció como propina Doluri del compositor de su tierra, Alexi Machavariani. El acompañamiento de Pappano al frente de la orquesta de la Academia Santa Cecilia, si bien un tanto falto de tensión en un Beethoven más bien ayuno de carácter, resultó mórbido, refinado, flexible, con una orquesta que tocó constantemente en piano, por lo que favoreció que la solista exhibiera todo su arte. 

Lisa Batiashvili en Ibermúsica

   En la segunda parte se interpretó la segunda Sinfonía de Robert Schumann, obra muy complicada de hacer justicia, pues debe combinarse sentido de construcción, contrastes entre pasajes tristes y sombríos y los jubilosos, además de poner de relieve ese latido romántico y sustrato dramático que caracterizan al músico nacido en Zwickau. Pappano y la orquesta delinearon con gusto y musicalidad la partitura, con delicadeza en el fraseo y gama dinámica, pero, aunque la orquesta cantó el fundamental tercer movimiento, resultó un punto caído de tensión sin la atmósfera pesimista, ni la fuerza expresiva requerida. Tampoco se acentuó suficientemente el contraste con el brillante allegro molto vivace del capítulo final, en el que se impone el entusiasmo del autor por haber superado su depresión. 

   Dos propinas ofrecieron Pappano y la orquesta, en primer lugar, un Respighi más bien soso y, para terminar, una animada obertura de Las bodas de Figaro de Wolfgang Amadeus Mozart. 

Fotos: Rafa Martín / Ibermúsica

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