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Crítica: Concierto de Asier Polo y Daniel del Pino en Ferrol

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Autor: Pablo Sánchez Quinteiro
24 de septiembre de 2021

«Asier Polo y el pianista Daniel del Pino  abordaron un exigente programa constituido por dos caballos de batalla del repertorio para chelo y piano del siglo XX: las Sonatas de Prokofiev y Rachmaninov. Dos sonatas que en modo alguno fueron concebidas como piezas para chelo con acompañamiento de piano, sino que en ambas los dos instrumentos se embarcan en un sofisticado diálogo de igual a igual, detrás del cual subyace una genuina concepción sinfónica».

Asier Polo y Daniel del Pino

De celebración

Por Pablo Sánchez Quinteiro | @psanquin
Ferrol, 16-IX-2021. I Festival Internacional de Música Clásica «Ferrol en el Camino». Asier Polo, violonchelo. Daniel del Pino, piano. Obtas de Rajmáninov y Prokofiev.

   Si hace escasos meses celebrábamos en CODALARIO la recuperación del Concurso Internacional de Piano de Ferrol, el ayuntamiento de la ciudad gallega vuelve a sorprendernos gratamente con una iniciativa cultural que gira en torno a la música de cámara y que coloca a la ciudad ártabra al frente de la actividad musical gallega en estos difíciles tiempos post-pandemia. Tal como en su día informó CODALARIO, el I Festival Internacional de Música Clásica "Ferrol no Camiño" ha sido organizado por el ayuntamiento de Ferrol, la Xunta de Galicia y la Asociación de Música Clásica de Galicia regida por el pianista ferrolano Pablo Galdo

   Entre la selección de conciertos que reseñaremos, ocupa un lugar muy especial la participación del violonchelista Asier Polo y el pianista Daniel del Pino. Ambos abordaron un exigente programa constituido por dos caballos de batalla del repertorio para chelo y piano del siglo XX: las Sonatas de Prokofiev y Rachmaninov. Dos sonatas que en modo alguno fueron concebidas como piezas para chelo con acompañamiento de piano, sino que en ambas los dos instrumentos se embarcan en un sofisticado diálogo de igual a igual, detrás del cual subyace una genuina concepción sinfónica. Esto es especialmente claro en el caso de Prokofiev, pues existe una fuerte conexión temática entre la Sonata para violoncello y piano en do mayor, op. 119 y su posterior y referencial Sinfonía concertante para chelo y orquesta op.125. Ambos músicos se mostraron conscientes de este hecho, dando vida a interpretaciones cohesionadas, rebosantes de matices y colores. Sin embargo, y este es el único pero que se podría poner a un concierto apasionante de principio a fin, la presencia en el escenario de Asier Polo irradia tanta fuerza y musicalidad que, de forma intencionada o no, su instrumento ocupó un papel protagonista a lo largo de toda la noche. No olvidemos que ambas sonatas fueron escritas por dos grandes virtuosos del piano y esto se refleja en su escritura pianística, exuberante y abigarrada. David del Pino es un pianista de reconocida técnica y experiencia y desde luego más que solvente en este repertorio, y así se mostró a lo largo de toda la noche, mostrando una segura digitación y un sonido muy bien graduado en sus dinámicas. Sin embargo, la sensación que llegaba desde el escenario fue que Del Pino estuvo -o prefirió estar- en un discreto segundo plano. Esto hizo que en determinados pasajes se echase en falta un sonido más brillante desde el piano, como por ejemplo en los grandiosos acordes del final del primer movimiento de la Sonata de Prokofiev que parecían supeditados a los ataques del violoncello en el registro agudo. Asimismo, en otros momentos hubiera sido deseable un fraseo más cristalino y una menor intervención del pedal izquierdo.

   Pero al margen de este mínimo reparo, la interpretación de ambas obras fue extraordinaria. En la Sonata de Prokofiev, ya desde la entrada de Polo en el registro más grave del instrumento en el inicio del Andante grave hasta la conclusión del movimiento, la interpretación fue un auténtico deleite, cobrando vida los dos temas fundamentales del movimiento -el más evocador y denso, por un lado; el infantil y naïve por otro- de forma orgánica, sinfónica, tal como la partitura requiere. El Moderato, a pesar de su tiempo contenido, no es el previsible movimiento lento. En él se establece una nueva dialéctica entre dos temas, el primero más infantil e ingenuo y el segundo cálido y hermoso. En este último disfrutamos de una sublime exhibición de fraseo y musicalidad por parte de Polo. La orgía temática del Allegro final cobró vida de forma exuberante, pletórica. En él, el sonido de ambos instrumentistas llenó la sala del Teatro Jofre con una recreación llena de un carácter que reflejó a la perfección los convulsos tiempos y circunstancias que rodearon a la composición de la obra. La abrumadora coda arrancó una primera salva de aplausos del público asistente.

   Tras el necesario descanso, disfrutamos de otro caballo de batalla del repertorio: la Sonata para violoncello y piano op. 19 de Rachmaninov, en las que las consideraciones generales antes comentadas siguieron siendo válidas. En el Lento - Allegro moderato, tras la melancólica introducción, el tiempo fue muy enérgico y decidido tal como el compositor pide con su indicación con moto. El segundo tema, muy lírico lo expone el piano, extrayendo Del Pino en él un hermoso sonido que se fundía con unas entradas de Polo milagrosas en su sensibilidad y lirismo. En el apasionando desarrollo del movimiento ambos artistas estaban como peces en el agua. Las múltiples modulaciones y cambios de ritmo fueron sorteadas de forma convincente para conducir a una conclusión de hermosa sonoridad.

   El Allegro scherzando, estructuralmente más sencillo, gira en torno a una célula rítmica en el piano, típica de Rachmaninov, que fue interpretada a un tiempo muy vivo, que le hizo perder parte de su fuerza expresiva. Un momento auténticamente pianístico al que el cello se une para aportar la calidez de su sonido. La segunda sección también concede gran protagonismo al piano con una serie de arpegios y una melodía del cello mucho más sostenida y expansiva, impactante en las manos de Polo, como también lo fue la coda con sus incisivos arpegios graves del cello sobre unos acordes monolíticos del piano. 

   La expansiva melodía inicial del Andante interpretada literalmente por los dos instrumentos permitió su lucimiento individual. Tras una climática sección en la que ambos captaron la esencia sinfónica de la obra y que de hecho rememoró al clímax del Andante de la Segunda sinfonía del compositor, reaparecía el tema inicial, aunque con un rango tímbrico más amplio. Fue en este tipo de secciones en las que Del Pino y Polo mostraron la mayor cohesión y lucidez. El protagonismo retornó al piano en la hermosa canción de cuna final que se construye sobre el registro agudo del instrumento, una maravilla e manos de Del Pino. El Allegro mosso resultó subyugante desde el exultante tema inicial, en el que Polo volvió a asombrar por la densidad, flexibilidad y musicalidad de su fraseo, dándolo todo en una interpretación que le llevó al límite de sus capacidades físicas. El incisivo desarrollo, con sus continuos clímax y anticlímax, fue una autentica delicia, con más momentos mágicos como el poco a poco acelerando e crescendo al tempo I que conduce a la recapitulación. La Coda está dominada por el piano, iniciándose con un cambio dramático muy bien recreado, al cual se unieron los dobles pianissimo del chelo para dar paso a un Vivace final nuevamente recibido con entusiastas ovaciones.

   Por si el programa no hubiese sido lo suficientemente exigente y agotador, ambos músicos, todavía recuperándose del esfuerzo, respondieron generosamente y con humor a dos magníficas propinas: Requiebros de Cassadó, compositor especialidad de Polo, y El canto del Ministrel de Glazunow. Ambas bien distintas, ni que decir tiene que hicieron las delicias de los asistentes.

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