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CRÍTICA: RICCARDO CHAILLY OFRECE UNA MAGISTRAL VERSIÓN DE 'LA BOHÈME' EN EL PALAU DE LES ARTS DE VALENCIA, por Raúl Chamorro Mena

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9 de diciembre de 2012
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MAGISTRAL BOHÈME DE CHAILLY EN VALENCIA

Valencia, Palau de Les Arts. 8-12-2012. La Bohéme (Giacomo Puccini). Gal James (Mimì), Aquiles Machado (Rodolfo), Massimo Cavalletti (Marcello), Carmen Romeu (Musetta), Gianluca Buratto (Colline), Mattia Olivieri (Schaunard), Matteo Peirone (Benoit). Dirección Musical: Riccardo Chailly. Dirección de escena, escenografía e iluminación: Davide Livermore.

      El maestro milanés Riccardo Chailly llevaba unos años sin dirigir ópera y tras algunas cancelaciones en la misma ciudad, eligió Valencia y Puccini para volverse a bajar al foso de un teatro lírico.  Magnífica su interpretación. Ya desde los primeros acordes y sin asomo de concesión alguna a la ñoñería, el edulcoramiento o la melindre, nos zambulló en el drama mediante la creación de fascinantes atmosferas, de contrastes, de una intensísima emoción y tensión teatral que invadió la sala y no la abandonó hasta la última nota de la genial partitura.
      La juventud, así como la felicidad, se viven con una inolvidable intensidad, pero son siempre fugaces y, la muerte, inexorable. Esa emoción y voltaje dramático no impidió que el maestro italiano pusiera de relieve, asimismo, las muchas bellezas, los muchos detalles y todo el colorido que encierra la magnífica orquestación pucciniana. Por ejemplo, resultaron inolvidables y embriagadoras las sedosas cuerdas en pianísimo y crescendo en la entrada de Mimì del acto primero, el magnífico sostén de las arias "Che gelida manina", "Sì, mi chiamano Mimì" y "Donde liesta uscí". Resultó mágica toda la introducción y la entrada de la protagonista en el tercero y un sinfín de matices de grande de la batuta, que junto a las diáfanas texturas y la magnífica prestación de la orquesta de Les Arts, totalmente a la altura, completaron seguramente la mejor interpretación orquestal de La Bohème que  se pueda escuchar hoy día en un teatro.
      El reparto, en su mediocridad, sólo pudo ser una discreta pieza más en este fabuloso discurso orquestal, pero ninguno de sus miembros hizo tambalear el edificio, si bien acusaron en algún momento el importante aparato sonoro. No se puede negar a la soprano israelí Gal James su sensibilidad y templanza canora, así como su digna creación de la infortunada grisetta, pero la cantante carece de carisma y personalidad, el timbre es anónimo, así como el fraseo, plano, genérico y carente de variedad. La voz, desguarnecida en el grave, modesta en el centro y justita en el agudo. Imposible así dejar impronta en un papel tan legendario. Obtuvo aplausos de cortesía en sus dos arias, pero muy lejos de ser clamorosos.
      Aquiles Machado logró el gran espaldarazo de su carrera con su interpretación televisada de Rodolfo en el Teatro Real de Madrid hace 14 años. Muy lejos queda su interpretación de la ofrecida en aquellas funciones. El declive vocal es acusado, de modo que el timbre, aún innegablemente sonoro y de tenor protagónico, resulta otro y prácticamente irreconocible. La interpretación de papeles de tenor spinto le han llevado ha inflar el centro, que ha perdido frescura, belleza y tersura, sonando leñoso y falseado. A la emisión le falta firmeza y los ataques al agudo resultan esforzadísimos, abiertos y sin la debida resolución del pasaje. El buen gusto del cantante sigue presente, pero el fiato aparece alicorto, lo que impide que muchas frases tengan la debida resolución. El tenor se prodiga en abundantes sonidos bailones, así como falsetes pálidos, blancuchos y sin timbre alguno.
      El pintor Marcello tuvo como intérprete al barítono italiano, natural de Lucca como Puccini,  Massimo Cavalletti que mostró una voz bella, noble y robusta, pero de emisión retrasada y escasa ductilidad.  De medios mucho más líricos y de menor calidad pero con gran desenvoltura escénica, Mattia Olivieri, dotó de cierto relieve a su Schaunard. Estuvo cumplidor un demasiado nasal Gianluca Buratto (Colline), que ofreció una sentida interpretación de "Vecchia zimarra". Carmen Romeu, cantante de atractiva presencia escénica y timbre lozano, configuró una Musetta plausible, aunque quizás le faltara algo de picardía y salero en su interpretación de los actos segundo y tercero, así como un punto de emoción en el cuarto. Emitió un radiante si agudo al que se llega en escala, al final del famoso vals, pero sin llegar a apianarlo como está mandado.

      La producción de Davide Livermore, clásica y sin inventarse dramaturgia alternativa alguna, logra contar estupendamente la historia con pocos medios, una  iluminación adecuada y mucha habilidad y elegancia. Como es habitual en muchas de las propuestas escénicas actuales, se apoya en proyecciones que van respaldando y ambientando la acción, pero las mismas son de indudable belleza (la mayoría son cuadros de pintores como Monet, Renoir o Van Gogh) y están utilizadas con gran inteligencia y oportunidad. 
      Respetando todas las opiniones, para el que escribe estas líneas sigue resultando un placer comprobar en un teatro, como al morir Mimì el silencio sepulcral sólo se rompe por los sollozos de parte del público, como lo es seguir conmoviéndose con la inmortal obra maestra de Giacomo Puccini, al que sólo cabe dar las gracias eternas por haber legado esta joya a la humanidad.  Aunque el público prorrumpió en precipitados aplausos y estropeó parte de la magia del final del acto I, arfortunadamente al final se contuvo, lo que nos permitió escuchar emocionados los inmortales últimos acordes de la obra, en una interpretación que, con unos cantantes de mayor nivel, podría haber sido histórica.
      Importante éxito, centralizado especialmente en Chailly que fue muy ovacionado y recibió contundentes bravos, así como la orquesta y el coro, que tuvo un rendimiento magnífico.

Autor:Raúl Chamorro Mena
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