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CRÍTICA: LA ORQUESTA SINFÓNICA DE RTVE INTERPRETA OBRAS DE WALTON, BRITTEN Y TCHAIKOVSKY DE LA MANO DE CARLOS KALMAR. Por Germán García Tomás

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Autor: Germán García Tomás
19 de marzo de 2013
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RIGOR Y BUEN GUSTO EN UN PROGRAMA ATÍPICO

15/03/2013. Teatro Monumental, Madrid. Orquesta Sinfónica de RTVE. Alban Gerhardt, violonchelo. Carlos Kalmar, director. W. Walton: Obertura Porstmouth Point; B. Britten: Sinfonía para violonchelo y orquesta Op. 68; P.I. Tchaikovsky: Suite nº 3 en Sol mayor Op.55.

      Concierto A15 en el Teatro Monumental perteneciente a la temporada de abono de la OCRTVE bajo la dirección de su titular Carlos Kalmar. El director uruguayo comenzó presentando al público el singular programa de este concierto, detallando que las tres obras que lo conformaban (ninguna de repertorio habitual) no se interpretaban demasiado "en este lado del mundo", explicando a su vez las circunstancias en que fueron compuestas cada una de ellas. Comenzó la primera parte con dos muestras del siglo XX inglés de estéticas radicalmente opuestas y que por primera vez interpretaba la Orquesta de RTVE: una obertura de William Walton y una obra de carácter concertante de Benjamin Britten (del cual se cumple este año el centenario de su nacimiento).
      Porstmouth Point es una breve obertura de Walton fechada en el año 1925, y está basada en la pintura homónima de Thomas Rowlandson que muestra la agitada vida marina en un puerto de la Inglaterra del siglo XVIII. La pieza se define por sus constantes cambios de ritmo y dinámica, con una orquestación realmente brillante que pone en juego la capacidad de coordinación de toda la plantilla orquestal, con abundante presencia de viento metal y percusión y ágiles arpegios de las maderas. De reminiscencias jazzísticas, la obra recuerda vivamente a Stravinsky, como el ballet Petrushka o el Scherzo a la rusa, y anticipa los grandes ballets americanos de Aaron Copland.

 

      Tras el animado comienzo con la obra de Walton, los efectivos de la Orquesta fueron reducidos para interpretar una obra de Britten de escucha compleja y escritura musical muy oscura: su Sinfonía para violonchelo y orquesta Op. 68, con el chelista alemán Alban Gerhardt como solista, que toca por cuarta vez con la orquesta de RTVE. La obra, que data de 1963 y fue dedicada a Mstislav Rostropovich tras haberle visto Britten tocar el concierto de violonchelo de Shostakovich, no se puede considerar en su conjunto como una obra de fácil seguimiento para un oyente medio.
      El compositor británico somete al instrumento de cuerda a un tratamiento alejado de todo convencionalismo: no se trata de un solista al uso ni la obra es una página concertante tradicional, en ella existe un mayor equilibrio entre instrumentista y orquesta, aunque el chelo lleve desde el primer momento la voz principal, con unos desgarrados y secos acordes que destilan lamentación y dolor, como especificó Kalmar en su presentación. No existen temas en sí mismos, y el chelo se ve complementado por un acompañamiento instrumental reducido en su mayoría a pequeños acordes que confieren aún más el carácter lúgubre y opresivo a la obra, la cual adquiere un cariz cuasi demoníaco en el segundo tiempo: Presto inquieto. Sólo a partir del tercer movimiento, Adagio, que insufla una leve brizna de lirismo y heroicidad, la obra avanza hacia la luz, concluyendo con una Passacaglia.
      A pesar de no ser una página esencialmente virtuosística, la escritura para el violonchelo exige muchos cambios en la digitación, y Gerhardt demostró en todo momento suma concentración atacando acordes, ora desatados, ora reposados, hasta su momento de mayor lucimiento: la extensa cadencia del tercer movimiento con alternancia de cuerda frotada y pizzicatos. El chelista alemán concluyó su actuación obsequiando al respetable con el preludio de la Suite en Re mayor para violonchelo solo de Bach.
      La segunda parte del concierto estuvo protagonizada íntegramente por la Suite nº 3 en sol mayor Op.55 para orquesta de Tchaikovsky, muy infrecuente en las salas de concierto (al igual que ocurre con sus dos suites precedentes). Esta memorable obra de 1885 se halla a medio camino entre sus sinfonías y las suites de sus tres grandes ballets, aunque su estructuración en cuatro movimientos la acercan más a las primeras. El propio Tchaikovsky manifestó que aunque su pretensión inicial fuera la de escribir una sinfonía, el título de la obra era lo que menos importaba. Kalmar informó que esta Suite era de más fácil escucha que las sinfonías del ruso, pero no por ello es de menor exigencia, ya que toda ella en su conjunto pone a prueba el buen oficio de una orquesta sinfónica, y la valía de la de RTVE a las órdenes de Kalmar se puso de manifiesto de forma palmaria en cada uno de los cuatro movimientos de la obra.

 

      Los dos primeros, de carácter lírico y apasionado: la pastoril Elegía y el salonístico Vals melancólico. En el tercero (Scherzo. Presto) como en otros de sus scherzos, el compositor ruso exige a los efectivos orquestales un notable despliegue rítmico, con destacada participación de las maderas, así como un ritmo de grotesca marcha en el trío central. En el cuarto tiempo, Tema con 12 Variaciones, amplia página de iguales proporciones respecto a los tres movimientos precedentes juntos, parece que Tchaikovsky quiere realizar un homenaje a otra obra cumbre del Romanticismo dedicada a esta ambiciosa forma musical: las Variaciones sobre un tema de Haydn de Johannes Brahms.
      Al igual que en esta obra del hamburgués, son múltiples las combinaciones a las que Tchaikovsky somete el tema principal de su Suite mediante uso de fugas, contrapuntos, corales o cadencias. La Variación IV realiza una fugaz cita en los trombones del tema del Dies irae que utilizó Berlioz en el movimiento conclusivo de su Sinfonía Fantástica y en la Variación X se destina una cadencia para el violín (como ocurre en la danza rusa de El lago de los cisnes) que interpretó en este concierto la concertino de la Orquesta de RTVE, Mariana Todorova. La variación final (XII) es una colorista polacca o polonesa (irremisible evocadora de la que abre el tercer acto de su ópera Eugen Oneguin), que a partir del crescendo a modo de transición desde la variación precedente (XI) encontró un tempo acusadamente más acelerado y enérgico de la mano de Kalmar, concluyendo la pieza de forma realmente brillante.
      En honor a la verdad de lo ocurrido durante este concierto, en el transcurso de la amplia ovación que siguió al mismo, un sector del público en el primer piso del teatro dirigió a toda la orquesta que se encontraba en pie exclamaciones de "¡Pública, pública!" al ritmo de palmas, como espontánea reacción a la delicada situación laboral que está afectando a sus músicos en relación a su nuevo convenio colectivo. El concierto del viernes en el Monumental manifestó una vez más los criterios de rigor, buen gusto, saber hacer y profesionalidad musical que definen a esta magnífica Orquesta que nuestros gestores lamentablemente pretenden desmantelar a medio plazo por criterios de rentabilidad económica.
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