Óscar del Saz entrevista a la soprano española Carmen Solís en CODALARIO
Carmen Solís: «Mi objetivo es que cada interpretación tenga vida y verdad, y que lo que canto conecte con el público»
Una entrevista de Óscar del Saz | @oskargs / Foto: Michal Novak
La afamada soprano pacense Carmen Solís nos concede esta entrevista alrededor de los días de ensayo de La vida breve, de Manuel de Falla, que cantó junto a la Orquesta y Coro de RTVE, bajo la dirección de Christoph König.
¿Concibe al personaje de Salud como ingenuo, fácil de engañar, o es más bien orgulloso, con una dignidad que se alza incluso por encima de su sufrimiento?
Concibo a Salud como una mujer llena de fragilidad y coherencia interior. No es ingenua, porque ama con una verdad muy radical. No se trata de altivez, sino de una manera de estar en el mundo: Salud no sabe ni quiere vivir a medias y eso es lo que precisamente la traiciona.
¿Cree que su tragedia nace precisamente de esa mezcla de sinceridad absoluta y vulnerabilidad emocional?
Sí, absolutamente. La tragedia de Salud nace de esa combinación devastadora: una sinceridad emocional total en un mundo que funciona a base de máscaras, donde la apariencia tiene más valor que la verdad y las emociones auténticas quedan subordinadas a la conveniencia, al qué dirán o al interés. En ese sentido, está emparentada con las grandes heroínas trágicas del teatro y de la ópera, como Antígona, Dido o Cio-Cio-San. Su vulnerabilidad no es debilidad, sino el resultado de enfrentarse sola a un sistema que no protege a quien se expone. Cuando alguien se entrega de ese modo, el dolor no tiene filtros, y en Salud se vuelve insoportable porque no encuentra eco ni comprensión.
«Concibo a Salud, de La vida breve, como una mujer llena de fragilidad y coherencia interior»
¿Cree Ud. en la “verdad emocional”, aquella que duele aunque destruya porque todos los demás callan, ocultan y mienten, o piensa que ese concepto ya no existe en el mundo actual?
No creo en la “verdad emocional” como algo que exista para destruirnos, sino como una fuerza que nos sostiene. Creo en una fortaleza que nace de las heridas y de los errores, de aquello que duele porque nos obliga a crecer, a conocernos mejor y, en última instancia, a querernos más. Salud no muere por decir una verdad incómoda, sino por vivir fiel a un sistema de valores profundamente interiorizado del que no sabe —ni puede— salir. Su tragedia está en no poder flexibilizar ese mundo interior cuando la realidad lo contradice.
En el tratamiento musical canoro que da Ud. a Salud, ¿considera imprescindible un acercamiento verista y una emoción cruda? ¿Huye de lo melodramático en este personaje?
Podría concebirse a Salud desde un verismo explícito con una emoción desbordada, pero no es así exactamente. Considero que su dolor no necesita ser subrayado, porque ya está inscrito en la música de Falla y en la propia esencia del personaje. Busco una emoción que nace del fraseo y de la tensión interna. Sería mejor huir de lo melodramático, porque Salud no se exhibe: se consume. Su tragedia es inevitable, y el canto debe reflejar esa emoción que no pide compasión.
¿Llega a comprender el desenlace de Salud, es decir, el de una mujer sincera que muere porque su mundo interior lo dicta, y porque no puede sobrevivir a la mentira social?
Sí, lo comprendo desde el punto de vista de una persona con cierta inmadurez para amar porque no ha sabido (ni le enseñaron) a amarse a sí misma. Para mí, Salud muere porque ya no queda lugar para el mañana. Ella había puesto todo su futuro en Paco y, cuando ese futuro desaparece, no tiene recursos para vivir solo el presente. Su vida pierde continuidad. Por eso entiendo su final como una muerte elegida. No es que le arrebaten la vida, sino que decide no seguir viviendo cuando ya no puede proyectarse hacia delante. En ese sentido, La vida breve habla de una existencia que se apaga cuando el futuro se rompe, y Salud es su expresión más extrema y honesta.
«Sería mejor huir de lo melodramático, porque Salud no se exhibe: se consume»
¿Quién es Carmen Solís como persona y como artista?
Como persona, soy curiosa, risueña y empática; me gusta observar, escuchar y comprender a quienes me rodean. Soy sensible y, aunque a veces pueda ser caótica o dudar más de la cuenta, creo que eso también me mantiene en movimiento. Disfruto mucho del trabajo en equipo y de sentir que todas y todos remamos juntos. Como artista, creo que esto se refleja en mi forma de cantar: no me interesa hacerlo solo para que suene bonito; necesito sentir que estoy contando algo verdadero y humano.
¿Cuál es el ritual que lleva a cabo desde que llega al teatro y sale a escena? ¿Tiene muchas manías?
Intento llegar con tiempo al teatro para familiarizarme con el espacio y bajar las pulsaciones. Me gusta calentar con calma, repasar los pasajes más delicados y esquematizar mentalmente el arco dramático del personaje. No diría que tengo manías, pero sí rutinas que me dan estabilidad: estar en el teatro con suficiente antelación, vocalizar sin prisas y concentrarme lo más posible… aunque estar relajada es casi imposible. Los nervios siempre están ahí.
¿Ha tenido alguna vez algún acto de rebeldía artística porque no le gustara algo en una producción? Más que rebeldía, he tenido momentos de diálogo firme, sobre todo con los directores de escena o con compañeros de reparto. Creo mucho en el trabajo en equipo, pero también en la responsabilidad de defender aquello que puede comprometer la música o la coherencia del personaje. Intento expresar mi punto de vista desde el respeto y siempre desde la partitura, aunque no es fácil si se anteponen los egos individuales a la esencia de la obra. Aun así, me gusta dejar clara mi opinión sin cerrarme a que otros enfoques, con el tiempo, también puedan convencerme.
¿Qué le obsesiona más: la perfección técnica o la verdad emocional?
Durante años estuve muy centrada en la técnica; hoy, mi obsesión principal es la verdad emocional. La técnica es imprescindible: es el suelo sobre el que caminas. Por supuesto, el público puede maravillarse con un agudo bien dado o un pasaje perfectamente fraseado, pero eso por sí solo no basta: debe tener vida. Si no, corre el riesgo de convertirse en pedagogía o en simple exhibición.
«Durante años estuve muy centrada en la técnica; hoy, mi obsesión principal es la verdad emocional»
«Creo mucho en el trabajo en equipo, pero también en la responsabilidad de defender aquello que puede comprometer la música o la coherencia del personaje»
¿Ha llorado alguna vez en mitad de un aria? ¿Qué pasó?
Casi nunca he llorado cantando en una función o recital; sería imposible porque entonces no podrías seguir. Lo que sí me ha pasado muchas veces es llorar durante los ensayos o en el proceso de estudio, mientras descubres la música y elaboras el personaje. Recuerdo que Mimí, Suor Angelica y Butterfly me costaron bastante: había escenas que me resultaba imposible estudiar sin que las lágrimas me interrumpieran. Puccini es así de cruel con las sopranos, ¡ja, ja, ja!
Otra historia distinta es que, en escena, se te puedan saltar las lágrimas en momentos en los que no tienes que cantar tú; eso sí me ha pasado varias veces, y es increíble sentir esa emoción tan de cara al público.
¿Cuál es la virtud más importante de su voz?
Creo que una de las virtudes de mi voz es la capacidad de adaptación al discurso expresivo. Me interesa mucho el color, la palabra y el fraseo. Nadie es perfecto y, como artistas, siempre sentimos que podemos mejorar; estamos constantemente aprendiendo y buscando. Mi objetivo es que cada interpretación tenga vida y verdad, y que lo que canto conecte con el público.
¿Cómo definiría la esencia de su técnica vocal en pocas palabras?
Mi técnica se basa en el propio cuerpo; trabajo con ella para mantener resistencia y longevidad. Me importa que el volumen y la proyección no le quiten color ni riqueza a la voz, y que pueda expresarse con libertad.
¿Cuál es el mayor reto técnico que ha tenido que trabajar duramente porque no lo tenía en sus inicios?
En mis inicios en el estudio de canto no tenía demasiados agudos, e incluso durante varios años trabajé como mezzo con mi profesora, María Coronada. Tampoco tenía un volumen realmente competente, aunque considero que gran parte de ese desarrollo del volumen se lo debo más a la experiencia en escenario que al trabajo técnico.
«Con Mimí, Suor Angelica y Butterfly, había escenas que me resultaba imposible estudiar sin que las lágrimas me interrumpieran»
«Mi objetivo es que cada interpretación tenga vida y verdad, y que lo que canto conecte con el público»
¿Cómo se hace para salir a cantar cuando la voz no está al 100 %? ¿Le ha pasado?
Claro que me ha pasado, y es una experiencia intensa que puede llegar a ser realmente traumática. De hecho, hubo un momento en el que me afectó tanto que incluso tuve una época de insomnio y pesadillas. Pero ahí entran la experiencia, la inteligencia vocal y la humildad: aprender a dosificar, escuchar al cuerpo y confiar en la técnica más que en el impulso. Y, por supuesto, también saber que hay que cancelar cuando simplemente no puede ser.
¿Cuál ha sido el papel más exigente vocal y emocionalmente para usted?
Sin duda, Madama Butterfly. Es un personaje que no ofrece refugio alguno: está emocionalmente expuesto de principio a fin y exige una entrega absoluta en escena. Vocalmente es un reto constante, tanto por la resistencia como por el control técnico que requiere, todo ello mientras se sostiene una carga emocional extrema y se construye desde la “aparente” fragilidad de una joven japonesa sin perder los momentos intensos de la partitura, ni el equilibrio vocal.
¿Qué papel cree que es más afín a su psicología como mujer?
Me siento especialmente cercana a los personajes que encarnan a mujeres con profundidad muy humana, llenas de matices, luces y sombras, y que afrontan su destino tomando, en ocasiones, decisiones impulsivas que las conducen a un final trágico. Figuras como Tosca, Manon Lescaut, Salud de La vida breve o las Leonoras de Verdi —La forza del destino e Il trovatore— representan ese universo femenino complejo y vulnerable en el que encuentro una conexión profunda, tanto artística como emocional.
¿Qué rol sueña cantar y aún no ha abordado?
Mi gran deseo sería llegar al final de mi trayectoria escénica habiendo cantado en todos los títulos de Puccini. Ya llevo, al menos, la mitad, así que no estaría nada mal completar la colección.
«Mi gran deseo sería llegar al final de mi trayectoria escénica habiendo cantado en todos los títulos de Puccini»
¿Hay algún rol que le gustaría reinterpretar con una visión distinta?
Sí, siempre. Con el paso del tiempo uno cambia, y los personajes también. Volver a ellos con otra mirada es un privilegio. Me encantaría volver a interpretar Amelia de Un Ballo in maschera o Suor Angelica.
¿Qué rol está estudiando en este momento y cuáles son sus próximos compromisos?
Actualmente estoy estudiando Macbeth. El personaje de Lady Macbeth es un paso hacia otra dimensión y otra vocalidad un tanto diferente a la mía, así como un reto escénico importantísimo, que tengo que interpretar en Córdoba en marzo.
Verdi versus Puccini, ¿cómo los distingue en su forma de cantar?
Verdi y Puccini, ¡mis favoritos! Ambos exigen una arquitectura vocal sólida; a su vez, ambos piden abandono, línea infinita y emoción muy expuesta; con Puccini es casi cinematográfica. Considero que Verdi exige quizás un matiz más dramático; Puccini requiere frecuencias y armónicos más agudos.
¿Qué siente interpretando un Réquiem de Verdi o una Novena de Beethoven?
Siento una responsabilidad enorme. Aunque el papel de la soprano en el Réquiem es mucho más protagonista que en la Novena, en ambos casos formo parte de un todo. Me convierto en canal de algo colectivo, muy grande y profundamente trascendente. La grandeza del repertorio sinfónico-coral es, sencillamente, indescriptible.
En su sensibilidad, ¿qué es para usted lo diferencial cuando canta/habla, interpretando zarzuela, en comparación con la ópera?
La cercanía con la palabra y con el público. La zarzuela tiene una verdad directa, cotidiana, que interpela de otra manera y exige una sinceridad muy especial. El texto hablado y cantado nace del idioma propio, de una emoción reconocible, y eso crea una comunicación inmediata. En la ópera, en cambio, el lenguaje y la estilización generan cierta distancia más poética; en la zarzuela, todo sucede “a flor de piel”, conectando con complicidad única con el espectador.
«Actualmente estoy estudiando Macbeth, que haré en marzo en Córdoba»
¿Qué opina sobre los programas de TV tipo “opera talent”?
Pueden ser una puerta de entrada, pero nunca deben sustituir el proceso largo y profundo que requiere esta profesión. Me parecen un acierto siempre que consigan acercar a su audiencia a los teatros. En ese sentido, me ha gustado especialmente ARIA, porque ha sabido mostrar el trabajo, la disciplina y la exigencia que requiere esta profesión, tanto para nuevos cantantes como para el público en general.
Es importante ser conscientes de lo imponente y necesario que es hoy en día —y especialmente para las nuevas generaciones— el valor de la ópera, la zarzuela, las artes escénicas en general y los espectáculos en vivo. Aunque ARIA sea, en esencia, un formato televisivo y no tenga nada que ver con la experiencia del teatro, para mí es incuestionable la magnífica labor divulgativa que realiza y la visibilidad que ofrece al trabajo real de un cantante lírico.
¿Qué opina del culto a la imagen en la ópera actual? ¿Es enemigo o aliado?
Puede ser un aliado siempre que no se convierta en un tirano. La imagen y la estética son herramientas muy interesantes y enriquecedoras, siempre que nazcan desde dentro hacia afuera, al servicio de la voz y de la verdad artística, que deben seguir siendo el centro. No debemos olvidar —ni los intérpretes ni los directores de escena— que la ópera es, ante todo, teatro: un arte vivo con cuerpos, voces y emociones compartidas con el público. No es cine ni televisión, y no debería regirse por sus códigos. Cuando la imagen acompaña y potencia el discurso artístico, suma; cuando lo eclipsa, empobrece la experiencia.
«Me ha gustado especialmente ARIA, porque ha sabido mostrar el trabajo, la disciplina y la exigencia que requiere esta profesión»
¿Cuál es la crítica más injusta que ha recibido y cómo la gestionó?
Las críticas son opiniones personales y puntuales, escritas por alguien en un momento concreto; no son, ni deberían ser, valoraciones generales de un artista. Con el tiempo aprendes a distinguirlas: desde lejos se percibe cuándo están bien argumentadas y cuándo, por el contrario, están mal escritas y llenas de palabras que no conducen a nada. A veces resulta más cuestionable la forma de escribir de ciertos críticos que la opinión en sí. Las buenas críticas están bien para compartirlas con la familia y los amigos; a ellos les hace ilusión e incluso sirven para adornar las redes sociales, pero siempre conviene darles el valor justo. Las malas, en cambio, suelen servir de poco.
La crítica más negativa que he recibido en estos 20 años de trayectoria fue muy reciente y, sinceramente, me dolió. Aun así, decidí intentar extraer algo constructivo y darle un sentido. Escribí directamente al crítico para agradecerle la oportunidad de mejorar y abrir un diálogo. Dos meses después, sigo esperando al menos una confirmación de recepción. Ese silencio, más que la crítica en sí, termina diciendo mucho.
Si la crítica versus la ovación chocan, ¿qué “verdad” prefiere creer?
Prefiero creer al público, porque la ovación es una reacción que nace de una emoción real. Aun así, lo esencial es creer en el propio trabajo. Ni la crítica ni el aplauso deben marcar el rumbo: lo único verdaderamente sólido es la conciencia de haber trabajado con rigor, honestidad y respeto por la obra y el escenario.
¿Cómo negocia la vida personal con la exigencia de la carrera?
Con mucho esfuerzo y algunas renuncias, pero también aprendiendo a poner límites y a cuidar de mí y de mi familia. Esta exigencia no tiene que ver con ser mujer o madre; cualquier compañero en esta profesión afronta sacrificios similares.
Además, esas renuncias son siempre relativas. Al final, casi cualquier oficio que se ejerce con vocación y compromiso implica elegir, priorizar y adaptarse. La clave está en encontrar un equilibrio posible, que permita crecer profesionalmente sin perder de vista lo esencial de la vida: las personas a quienes quieres.
¿Tiene alguna afición que pueda resultar sorprendente?
No sé si es especialmente sorprendente, pero disfruto mucho paseando por la sierra o tomando un vino en buena compañía.
«Ni la crítica ni el aplauso deben marcar el rumbo»
¿Qué música escucha cuando quiere desconectar de la ópera?
Desde siempre me encanta escuchar música antigua. Soy muy fan de la música del siglo XVI y, en concreto, de la polifonía española. La música coral me fascina profundamente y me gusta mucho escuchar coros a capella; además, me conecta con mis comienzos, con esa época maravillosa en la que cantaba en coros. Soy solista con corazón de corista, ¡jajaja!
¿Cuál es su lugar favorito para relajarse después de una gira?
Me gusta volver a casa, a San Lorenzo de El Escorial, donde vivo desde hace catorce años. Es el lugar donde realmente desconecto. No hay sitio mejor.
¿Qué importancia le da a su labor en las clases magistrales? ¿Cómo las plantea?
Disfruto mucho dando clases y compartiendo ese trabajo con los alumnos. No me considero una pieza clave en la evolución técnica de nadie, porque la técnica vocal es, al final, un proceso de autoaprendizaje, autoconocimiento y autocontrol. Cada cantante tiene que hacerla propia. Mi planteamiento parte sobre todo de la escucha, apoyado en mi formación técnica y en mi propia experiencia sobre el escenario.
¿Qué consejo daría a una joven soprano que quiere hacer carrera en la lírica?
Como dice el refrán: «Las cosas de palacio van despacio». Estudio y preparación constantes, y aprender a disfrutar del camino tanto como se disfruta de la ilusión de llegar a un objetivo. Esta profesión es un proceso largo, y solo se sostiene si se vive con paciencia.
Y, sobre todo, no dejar de ser una misma en esencia, coherente con la propia identidad, sin intentar parecerse a nadie más.
¿Cómo ve el futuro de la ópera en España en los próximos 10 años?
Veo el futuro de la ópera en España con optimismo, siempre y cuando siga existiendo un apoyo institucional que favorezca el interés creciente del público joven, algo que me parece muy necesario. También creo que es un buen momento para apostar por el producto nacional: estamos viviendo una etapa en la que hay cantantes españoles extraordinarios triunfando por todo el mundo, en todas las cuerdas y diferentes vocalidades. Si sabemos cuidar ese talento y seguir acercando la ópera a nuevos públicos, el futuro puede ser muy positivo.
«Soy muy fan de la música del siglo XVI y, en concreto, de la polifonía española»
¿Prefiere para sí las carreras largas, cantando múltiples papeles, o las carreras especializadas en pocos roles?
Aunque este oficio exige casi siempre especialización a nivel vocal, no descarto explorar nuevos repertorios manteniendo un equilibrio: cuidar la voz y profundizar en ciertos papeles, pero también abrirme a nuevas experiencias que me hagan enriquecer como cantante y artista escénico.
Actualmente, y en apariencia, parece que todos los cantantes se llevan bien entre ustedes, ¿cree que hace falta más unión entre los cantantes?
Nos llevamos bien porque estamos en el mismo barco y empatizamos mucho entre nosotros. Cuando termina una producción, lo que realmente te llevas a casa es la amistad y la camaradería con los colegas.
Claro que hay rivalidades y zancadillas, pero vistas de forma positiva te empujan a mejorar y a aprender de los demás. De hecho, siempre digo que los mejores maestros son nuestros propios compañeros, sobre todo quienes cantan los mismos roles: viendo cómo enfrentan la técnica o la interpretación, o incluso otros aspectos no artísticos, se aprende muchísimo. Por eso creo que es muy necesaria la existencia del Sindicato (ALE) para fortalecer nuestra profesión y conseguir reconocimiento y prestigio en nuestro trabajo. ¡La unión hace la fuerza!
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