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CRÍTICA: CELSO ALBELO Y VIRGINIA WAGNER CANTAN PARA LA ASOCIACIÓN GAYARRE DE AMIGOS DE LA ÓPERA. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
5 de marzo de 2013
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  ATESORADO BEL CANTO
 
Celso Albelo (tenor), Virginia Wagner (soprano), Juan Fransico Parra (piano). Teatro Gayarre, AGAO, Pamplona. 28/02/13

       La Asociación Gayarre de Amigos de la Ópera (AGAO) /continuaba con sus programación anual poniendo sobre el escenario del Teatro Gayarre de Pamplona un recital de ópera y zarzuela a cargo de Celso Albelo y Virginia Wagner, acompañados al piano por Juan Francisco Parra.
      Grata sorpresa fue la voz de Virginia Wagner, a la que escuchábamos por vez primera. Posee un timbre de lírica plena, bien esmaltado, homogéneo, y resuelto con inteligencia técnica en los extremos grave y agudo, donde a veces asoman sonidos más tensos. La mayor virtud de Wagner es su lirismo, sobre el que plantea un fraseo siempre musical, sostenido gracias a un centro bien timbrado y amplio. Comenzó el recital con el "Ah, dagli scanni eterei" de Stiffelio, pieza que quedó algo lejos de sus facultades, por la constante demanda de un canto con importantes saltos interválicos, con un agudo muy expuesto y con agilidades donde la artista no se mostró tan diestra. En todo caso, lo mejor de su desempeño todavía estaba por venir, y comenzó con un modelado "Tu che di gel sei cinta" de Turandot, con la dosis justa de expresividad teatral e irreprochable desde un punto de vista técnico. Lo mismo cabe decir de las dos arias de repertorio francés. Primero la escena completa de las joyas de Marguerite, del Faust de Gounod, de nuevo con una bien medida teatralidad y con una irreprochable dicción en francés, solventando sin apuros la cadencia final hacia el agudo. Gustó, y mucho, su sentida lectura del "Addieu, note petite table" de Manon. Una pieza sin duda agradecida y que se sostiene muy bien con el sutil acompañamiento del piano, que reproduce aquí fielmente, como no siempre pasa, el mimado tejido orquestal dispuesto por Massenet.
      Estupenda Wagner, pues, en el repertorio francés de lírica pura, hasta el punto de recordarnos a una intérprete habitual en estos papeles como Inva Mula, a la que no tiene nada que envidiar. Pero sin duda lo mejor de Wagner vino con una emotiva y meditada recreación de la escena de la preghiera de Desdémona, del Otello verdiano. No es en modo alguno una página sencilla, tanto por el acento intimista y recogido que demanda como por la constante transición por el canto a media voz y en piano que requiere. Y lo cierto es que Wagner supo dar con el tono y resolvió sin mácula la partitura, desde un punto de vista técnico. Ya en la segunda parte, la zarzuela no se mostró tampoco ajena a las facultades de Wagner. Interpretó con brío y salero las "Carceleras" de Las hijas del Zebedeo y recreó con acento doliente y teatral melancolía el "No corté más que una rosa" de Sorozabal. También ofreció la página "Sierras de Granada" de La Tempranica. En general, pues, una intérprete completa, teatral y vocalmente desenvuelta. Una lírica de buenas facultades apta para un repertorio ciertamente extenso, desde los roles franceses de Gounod y Massenet a no pocos títulos de Verdi o Puccini.
      Por su parte, Celso Albelo comenzó algo incómodo con la seca acústica del teatro, y la voz tardó así un tanto en calentar y en mostrarse del todo fuera, tan libre e in maschera como acostumbra a sonar en su caso. Eso lastró un tanto su interpretación de 'Il lamento de Federico' de L'arlesiana de Cilea, página no incluida en el programa pero que Albelo decidió regalar al público para comenzar el recital. Todo comenzó a fluir, sin embargo, con una magistral lectura de 'Una furtiva lagrima', página que Albelo delinea a placer, paladeando el texto, con detalles constantes en la emisión y en el fraseo que denotan un estudio continuado del rol, lejos de la aparente espontaneidad de su resultado expresivo. Nos gustó, y mucho, su 'Favorita del Re' de la ópera homónima de Donizetti. Nos sacamos con ello la espinita de no haber podido disfrutar de Albelo en las representaciones de este título que tuvieron lugar en París y de las que dimos cuenta aquí. Albelo se antoja un intérprete ideal para este repertorio, con esa emisión fluida, siempre sul fiato, y ese agudo resuelto y brillante. Se agradece asimismo la musicalidad constante en la recreación belcantista de la frase, con variedad en las dinámicas, lejos en todo momento de un canto hueco que sólo busca el sonido.

      Donde sin embargo se mostró como un intérprete ya maduro, amén de un cantante técnicamente desenvuelto, fue con la escena final de Edgardo en Lucia di Lammermoor. Albelo construye un personaje y no se limita a encadenar las notas con absoluta solvencia desde un punto de vista técnico. Baste citar un simple detalle, el énfasis doliente con que acentúa, casi sfumando el sonido, al decir 'barbara', que es todo un reproche hecho a base de belcanto. La primera parte del recital se remató con dos piezas más, una exultante y sutil recreación de "La donna è mobile" y el dúo "Parigi, o cara", con Virginia Wagner, donde se dejó entrever a un prometedor Alfredo, a poco que la voz de Albelo gane una mayor consistencia en el centro con el paso del tiempo.
      Como sucediera con su compañera de recital, Albelo no se mostró menos diestro con la zarzuela. Al contrario, encontramos un instrumento reforzado y más nítido en toda la franje de notas que constituyen el pasaje. Además, a lo largo de todo el recital, advertimos en Albelo una progresiva madurez hacia un timbre algo más cálido, más lírico y quizá menos ligero, más próximo a las demandas de un Faust pero sin dejar de ser idóneo para unos Puritani, por entendernos. Eso significa que el centro y el grave tienen una mayor consistencia y que la transición al agudo no se traduce en el habitual salto de color y consistencia vocal que se aprecia generalmente en las voces ligeras. Eso le permitió, por ejemplo, lucir un dominio constante de la emisión en las dinámicas de "Por el humo se sabe" de Doña Francisquita o sonar teatral y delicado, sin perder de vista la escrupulosa colocación vocal, en el "Detén tu alado paso" de Don Gil de Alcalá. En conjunto, sumando lo ofrecido en ambas mitades del recital, la sensación de que el trabajo ya hecho y atesorado por Albelo es tan grande como su potencial.
      Como propinas, Virginia Wagner regaló un original "Summertime", pieza poco frecuente en estas veladas. Celso Albelo hizo lo propio con la jota de El trust de los tenorios, rematada con un espectacular re. A lo largo de la velada, cumplió con su tarea Juan Francisco Parra al piano, sonando más convincente y cómodo en las páginas lentas y líricas que en las apresuradas y densas. Seguramente fueron Manon, Otello y Lucia las piezas donde se mostró más diestro en la nada fácil tarea de acompañar a las voces desde el piano. También nos convenció en su contribución solista, con la Canción y danza nº 6 de Mompou. Así las cosas, una ocasión espléndida para confirmar a uno de los grandes valores de la lírica española, en el caso de Albelo, y no menos oportuna circunstancia para conocer y estimar el buen hacer de Virginia Wagner, una soprano lírica más que convincente.

 

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