Crítica de Pablo Sánchez Quinteiro del concierto ofrecido por Iria Folgado, Raquel Areal, Sara Areal, Marta Rodríguez Otero y Millán Abeledo en la Sociedad Filarmónica de Lugo
Ecos de identidad y modernidad en la Filarmónica de Lugo
Por Pablo Sánchez Quinteiro
Lugo, 7-II-2026. Círculo de las Artes. Sociedad Filarmónica de Lugo – Temporada 2025/2026. Iria Folgado, oboe y corno inglés. Raquel Areal, violín. Sara Areal, violín. Marta Rodríguez Otero, viola. Millán Abeledo, violonchelo. Benjamin Britten – Phantasy Quartet, op. 2. Elizabeth Maconchy – Quinteto para oboe y cuerdas. Arnold Bax – Quinteto para oboe y cuerdas. Fernando Buide del Real – Adagio para corno inglés y cuerdas. Ralph Vaughan Williams – Six Studies in English Folk Song.
Dentro de la temporada de la Sociedad Filarmónica de Lugo, la presencia de Iria Folgado con su proyecto Ecos de Breogán no fue simplemente un concierto más, sino la materialización de una idea artística profundamente meditada. Nacido en el marco del Festival Música no Claustro de Tui y desarrollado a lo largo de varios años de reflexión, el proyecto plantea al oyente un estimulante diálogo entre las islas británicas y Galicia a través de la figura mítica de Breogán, convertida aquí en símbolo de conexión cultural. Tal como la propia intérprete contó a CODALARIO en una extensa conversación previa, la constelación de compositores ingleses del siglo XX -Britten, Bax, Maconchy, Vaughan Williams- establecen un vínculo con el imaginario celta compartido con Galicia para dar vida a un discurso camerístico coherente y con identidad propia.
Pero si algo define este proyecto es la voluntad de su creadora de integrar a jóvenes músicos gallegos que están triunfando tanto dentro como fuera de España, conformando una formación de calidad artística inequívocamente internacional. Junto a Folgado, academista de la Filarmónica de Berlín y en la actualidad corno inglés de la orquesta del Konzerthaus berlinés, compartieron atril en esta ocasión las hermanas Areal, ambas violinistas: Raquel, pese a su juventud ya miembro por oposición de la Orquesta Nacional de España, academista de la Karajan-Akademie y primera intérprete gallega y cuarta española en ingresar en la plantilla de la Filarmónica de Berlín y Sara Areal, consolidada desde hace años en la sección de violines de la Orquesta Sinfónica de Galicia. El conjunto se completó con Marta Rodríguez, violista lucense en plena proyección internacional y con un currículum ya sólido, y con Millán Abeledo, miembro de la sección de violonchelos de la Real Filharmonía de Galicia. Todos jóvenes, todos plenamente comprometidos con su profesión, todos movidos por la ilusión de compartir este proyecto no solo con Galicia, sino también con el público de toda España, donde ya lo han llevado de gira con notable éxito.
La Phantasy Quartet de Benjamin Britten —obra de juventud escrita a los 19 años bajo la influencia de la tradición inglesa de las “phantasy pieces”— abrió el programa con una intensidad poco habitual. Desde sus primeras páginas se impuso una atmósfera de introspección profunda, de una densidad emocional sorprendente si se considera la juventud del compositor. Música tremendamente evocadora, pero recorrida de principio a fin por ritmos incisivos, con un pulso de marcha que aparece y desaparece como una sombra estructural. Inevitablemente nos evocó la tensión rítmica y la inquietud nocturna del segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Mahler, la Nachtmusik I. La escala instrumental es aquí mucho más concentrada, casi camerística en su intimidad, pero la esencia es semejante: música llena de interrogantes, sensualidad sutil y una permanente sensación de búsqueda.
Música tan reveladora, de densidad emocional tan sorprendente, disfrutó de una interpretación de auténtico lujo. Desde el primer compás se impuso un control absoluto del sonido. El oboe de Iria Folgado desplegó una emisión impecable: afinación rigurosa en todos los registros, homogeneidad tímbrica, articulación nítida y una línea de fraseo siempre sostenida con respiración amplia y natural. El vibrato, utilizado con inteligencia, aportó calidez sin enturbiar la claridad del discurso. El trío de cuerda ofreció un acompañamiento de altísimo nivel camerístico. El empaste fue ejemplar: sonido compacto, perfectamente conjuntado, con un equilibrio dinámico muy cuidado que permitió al oboe proyectarse sin forzar nunca la emisión. La acogedora y cálida acústica del Salón Regio del Círculo de las Artes fue clave para realzar los clímax de la obra: el central y, muy particularmente, el que precede a la conclusión introspectiva y cíclica de la obra. La cuerda generó un sonido poderoso, denso y lleno de color, pero siempre controlado, con una construcción armónica sólida y una tensión interna sostenida mediante un vibrato unificado y arcos de gran amplitud.
El Quinteto para oboe y cuerdas de Elizabeth Maconchy se inscribe en un momento particularmente fértil de la música británica del siglo XX. Alumna de Ralph Vaughan Williams y figura central de la llamada generación intermedia inglesa, Maconchy formó parte de un entorno creativo en el que la música de cámara adquirió una extraordinaria vitalidad. No es irrelevante recordar que, en uno de los concursos de referencia de su tiempo, su talento fue reconocido por encima del propio Britten, circunstancia que da buena medida de la consideración que ya entonces despertaba su escritura: rigurosa, personal y alejada de cualquier concesión superficial.
Su Quinteto para oboe y cuerdas es una obra de enorme carácter y temperamento. A su interpretación se unió en el primer atril Raquel Areal. El primer movimiento, Moderato, arranca con una nada moderada intervención del oboe, de carácter orientalizante y subrayada por acordes incisivos de la cuerda. Iria Folgado proyectó su sonido con una presencia magnética, sosteniendo las frases más lapidarias y en registros más extremos con absoluta naturalidad. La cuerda respondió con ataques firmes, perfectamente coordinados, construyendo una base armónica tensa y vibrante. El breve, pero concentradísimo, Poco sostenuto desarrolla las ideas del primer movimiento con la máxima introspección, pero sin que la paleta dinámica se modere. Hubo desde el oboe pianissimi perfectamente sostenidos y crescendi orgánicos. Su solo central constituyó un expresionista interrogante sin respuesta que recupera el carácter atávico del primer movimiento. Iria Folgado lo recreó con un legato sedoso y natural transmitiendo una abrumadora sensación de facilidad. Por su parte, las cuerdas ofrecieron un sonido compacto, tremendamente empastado -incluso en los arpegios en la zona alta de los violines, de fascinante sonido metálico - y con una densidad perfectamente graduada. El Allegro non troppo, a pesar de su semi-oculta vinculación con la música pastoral inglesa, me evocó, tanto en su sutil arranque como en su exultante desarrollo el mundo sonoro de Debussy, pero teñido de esa atmósfera angulosa y expresionista que define a su autora. Las entradas imitativas, los cambios de carácter y las tensiones armónicas encontraron en los cinco músicos una respuesta técnicamente impecable: afinación estable en el oboe y desde el cuarteto la máxima claridad en cada voz y una rítmica firme que evitó cualquier sensación de dispersión. La hermosísima conclusión, en la que se retoma el enigmático arranque de la obra, pero en una escala más atemperada y contemplativa, puso broche final a una interpretación impecable que nos permitió descubrir y admirar una auténtica gema del repertorio. No puedo dejar de realzar la impagable labor de Iria al rescatar y dar vida en un escenario a una partitura tan injustamente relegada ¡Y qué mejor grupo para revelar la modernidad y la vigencia de esta música, que Ecos de Breogán!
El Quinteto de Arnold Bax constituyó la obra más extensa de la noche y, con respecto a las anteriores, un cambio de atmósfera, con una mayor presencia de elementos folklóricos -siempre de forma sutil- y un impulso rítmico más expansivo. El Tempo molto moderato se inicia -tras una breve y atmosférica frase de las cuerdas-, una vez más con un nocturnal solo del oboe que progresivamente se acuna en las cuerdas en un pasaje que me resulta de un lirismo y una ternura insuperable. Este desemboca en una agitada sección central de gran impacto sonoro, ¡por no decir visual! La precisión en los ataques y constante atención a los contrastes por parte del cuarteto fue sencillamente proverbial, realzando al máximo esta sección, tan efímera como impactante. Con en el Lento espressivo central llega un momento de reposo, necesario y bienvenido en un programa tan intenso. La amplia introducción consiste en una expansiva y atemporal expresión de las cuerdas, que da paso a un nuevo solo de oboe -apoyado mínimamente en sutiles cuerdas-, que nunca mejor dicho nos produce ecos de Breogán, pero también de Tristán, de Pelleas y de tantos imaginarios sonoros que confluyen en esta obra maestra. Los ocho minutos que dura el movimiento fluyen de manera hipnótica, construyendo una atmósfera contemplativa de intensísima concentración expresiva ¡Sencillamante inenarrable! El Allegro giocoso final de Bax aportó un estallido de energía rítmica y brillantez instrumental. Su escritura ágil y danzable, llena de contrastes dinámicos y acentos incisivos, fue abordada con precisión milimétrica y un empaste admirable del conjunto. Un cierre vibrante y luminoso ue confirmó la madurez interpretativa de todos los músicos sobre el escenario.
Tras este primer recorrido por la música británica el concierto alcanzó un punto de inflexión necesario. Un breve descanso, motivado por el cambio del oboe al corno inglés, permitió que Iria aprovechase ese momento para dirigirse al público con palabras de agradecimiento hacia la Sociedad Filarmónica de Lugo por la invitación y por su apuesta por su propuesta. Y ciertamente hay que reconocer el acierto que supone programar un proyecto de estas características: repertorio poco transitado, intérpretes jóvenes y una idea estética ambiciosa. Pero, sin embargo, el agradecimiento -si se quiere ser justo- debe extenderse en sentido inverso. Porque lo verdaderamente excepcional es que músicos como Iria y sus compañeros sean capaces de concebir, sostener y llevar de gira un proyecto así, no guiado por lo material, sino por la pura pasión por la música, por respeto al repertorio y por el deseo genuino de compartir con el público aquello que aman profundamente. Una pequeña gran victoria en este mundo vertiginoso donde a menudo la autenticidad artística y el compromiso con el arte son tan injustamente tratados.
La obra de Fernando Buide, situada ya en la segunda parte, introdujo un contraste significativo no solo por el cambio de instrumento —del oboe al corno inglés— sino también por su atmósfera. El paso del cuarteto al quinteto a lo largo del programa había generado ya una interesante variedad tímbrica; aquí, además, el corno inglés aportó una dimensión más oscura, más introspectiva, casi elegíaca.
La obra de Buide surge, en 2021, por encargo de la propia Iria Folgado a partir del movimiento lento de un cuarteto de cuerda anterior. El Adagio desplegó un lirismo contenido, de enorme densidad armónica. El sonido del corno inglés, dulce y melancólico, encontró un soporte delicadísimo en la cuerda, creando uno de los momentos más recogidos de la velada. Esta fue tratada en esta ocasión de forma más personal, individualizando y confiriendo personalidad propia a cada voz, lo que permitió el lucimiento diferenciado de los cuatro músicos. Desde el corno inglés volvió a imponerse una línea de canto de admirable pureza técnica: legato perfectamente sostenido, respiraciones integradas en el discurso sin fracturar la frase y una emisión homogénea en todo el registro. Incluso la afinación, gran reto del instrumento, se mantuvo siempre centrada, incluso en las dinámicas más contenidas.
En la conclusión de la obra aparece una vez más en la noche un motivo interrogante que en este caso, no sé si deliberadamente o de forma consciente, cita casi de manera textual uno de los temas clave de la Salomé de Richard Strauss. Ese gesto, suspendido y cargado de tensión cromática, se integra con absoluta naturalidad en una conclusión tan intimista como abrumadora, de carácter casi sinfónico, en la que el corno inglés cede el protagonismo al violonchelo de Millán Abeledo, cuya intervención -de sonido amplio y profundamente resonante- asumió el peso expresivo aportando gravedad y lirismo.
Los estudios de Ralph Vaughan Williams, interpretados como culminación de la noche, fueron interpretados con enorme lucidez realzando el carácter de cada uno de ellos: desde la serenidad contemplativa hasta la vitalidad rítmica final. Una vez más se hizo evidente como la raíz popular se puede transformar en un mensaje poderoso y estimulante. La sencillez aparente de estas páginas exigió del corno inglés una enorme depuración expresiva. El fraseo natural, la respiración amplia y la claridad del canto de Iria fueron una vez más proverbiales, especialmente en momentos tan exigentes como el estático y extático Larghetto: Van Diemen’s Land en el que la viola de Marta Otero aportó un lúcido soporte armónico. El Allegro vivace final, inspirado en As I walked over London Bridge, actuó como broche luminoso de la velada. Aquí brillaron de manera especial los violines de las hermanas Areal, cuya afinación milimétrica, precisión rítmica y limpieza impecable en las vertiginosas figuraciones sostuvieron el pulso del tan danzable movimiento con admirable firmeza. A ello se sumó la sorprendente agilidad del corno inglés de Iria, que afrontó los pasajes rápidos con una articulación ágil y perfectamente definida y proyectando con soltura sobre el entramado de la cuerda.
Fue el cierre ideal para una noche extraordinaria, recibida con aplausos entusiastas que reclamaron un nuevo bis. A la conclusión, reinaba la satisfacción entre todos los presentes por haber descubierto como el regreso a casa de unos intérpretes con tan sólida trayectoria internacional no constituyó un simple gesto sentimental, sino una decisión artística consciente: compartir esa suma de experiencias, complicidades y ambiciones estéticas en una velada de notable exigencia artística.
Fotos: PSQ
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