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Crítica: Doble disfrute en el Festival de Grafenegg

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
25 de agosto de 2023

Iván Fischer con la Orquesta del Festival de Budapest y Yutaka Sado con la Orquesta Tonkunstler triunfan en el festival austríaco, acompañados por la trompetista Selina Ott y el pianista Denis Kozhukhin como solistas

El público se lo pasó de lo lindo

Por Pedro J. Lapeña Rey

Grafenegg, 18-VIII-2023, Wolkenturm. Obertura de El cazador furtivo, de Carl Maria von Weber; Concierto para trompeta y orquesta en mi bemol mayor, Hob. VIIe:1, de Joseph Haydn; Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, «Heroica», de Ludwig van Beethoven. Selina Ott, trompeta. Budapest Festival Orchestra. Director musical: Iván Fischer. 
Grafenegg. 19-VIII-2023, Wolkenturm. Obertura para un festival de Philippe Manoury; Escenas sinfónicas de la ópera Porgy and Bess [arr. Robert Russell Bennett]; Rhapsody in blue y Un americano en París, de George Gershwin; Danzas sinfónicas de West Side Story, de Leonard Bernstein. Denis Kozhukhin, piano. Tonkunstler Orchestra. Director musical: Yutaka Sado.

   Un año más volvemos a la enorme finca que rodea el Castillo de Grafenegg, pequeña localidad en plena campiña de la provincia de Baja Austria, a poco más de tres cuartos de hora de Viena, y a un cuarto de hora de Krems, la entrada al valle del Wachau, donde el Danubio se estrecha entre colinas y donde podemos contemplar intactas muchas de las huellas de su evolución desde la prehistoria. Sus monumentos, sus castillos –en el de Dürnstein estuvo cautivo Ricardo Corazón de León I a su regreso de las cruzadas–, sus ruinas, sus pequeñas localidades y sus viñedos fueron reconocidos por la UNESCO en el año 2000, cuando fue declarado Patrimonio de la Humanidad.

   En cuanto a música se refiere, hace muchos años que en el patio del castillo se han celebrado conciertos, como ocurre en lugares similares en toda Centro-Europa. Lo que durante muchos años fueron conciertos aislados, se convirtió en un festival veraniego en el año 2007, gracias a la gestión del famoso pianista austriaco Rudolf Buchbinder, y a la construcción tanto del Volkenturm, el escenario al aire libre, como del auditorio, a donde se trasladan los conciertos en días de lluvia y donde se lleva a cabo la programación de temporada.

   La atmósfera que se respira en el Festival de Grafenegg es especial. Tiene un aire a Glyndebourne por sus verdes praderas, sus espacios abiertos y la opción de completar el concierto con picnics y comidas al aire libre, aunque aquí no vemos ningún esmoquin como en la campiña inglesa. Sin ser tan popular, también tiene un aire a los Proms: grandes orquestas y una amplia gama de precios, pero eso sí, las entradas para ver el concierto sentado en la pradera con tu propia manta o toalla con visibilidad completa sobre el escenario, al módico precio de 10 €, garantizan que todo aquel que quiera asistir pueda hacerlo. Pero a diferencia de los conciertos londinenses y de casi todo el resto de los festivales del orbe, con la amplitud de espacios que ofrece Grafenegg, nunca tienes la más mínima sensación de agobio. El denominador común del público, mayoritariamente local, y entre los que detectas muchos chavales que tienen aquí el marco ideal para adentrarse en los conciertos –lejos de la «etiqueta» de los auditorios convencionales– es disfrutar, tanto de la música como de la gastronomía local.

   Cuando entras al recinto, además de encontrarte la inmensa pradera del parque llena de tumbonas donde el público se relaja antes del concierto, puedes oír de fondo el ensayo de la propia orquesta. El viernes 18 oímos como Iván Fischer repetía en varias ocasiones el crescendo de la obertura de El Cazador furtivo de Carl Maria von Weber hasta conseguir el grado de expresividad que realmente quería. Y es curioso porque fue esta obertura inicial lo mejor de un concierto «accidentado» y algo irregular del veterano director húngaro con sus músicos de la Budapest Festival Orchestra.

   El programa no podía ser más clásico: obertura, concierto y sinfonía. Y a pesar de ser tres obras compuestas en un periodo de 25 años, oyéndolas en la misma tarde es difícil aceptarlo. El Concierto para trompeta en mi bemol mayor de Franz Joseph Haydn es una obra de madurez, compuesta para una trompeta de llaves, que en su día supuso un enorme avance frente a las naturales, pero no se aparta de los parámetros clásicos que su autor nunca abandonó. Con la obertura del Cazador furtivo nos situamos de pleno en el romanticismo musical, con sus leyendas, sus danzas y sus pactos con el diablo. ¿Qué había pasado entre ambas? Ni más ni menos que un genio, Beethoven, y la obra que revolucionó el panorama musical, la Sinfonía «Heroica», con la que concluía el programa.

   Iván Fischer es lo que podríamos llamar un director inquieto, de los que trata de ir más allá de la partitura. Unos los consideran un genio y otros un caprichoso, aunque en numerosas ocasiones, la diferencia es tan pequeña cómo que lo que nos proponga funcione o no. Ambas cosas tuvimos en este concierto. En el adagio con el que arranca la obertura de El cazador furtivo, se sacó de la chistera el dejar solo dos trompas en la orquesta, situando las otras fuera del escenario, en su parte derecha. Los efectos pregunta-respuesta dieron un impulso a la obra fuera de lo común, ganando frescura rítmica, y con la orquesta fraseando de manera intensa la música popular de la obra y los distintos temas de Max, Agatha y el diablo que nos encontramos en la ópera. Difícilmente se podía empezar mejor.

   Selina Ott, joven trompetista austriaca ganadora de varios premios internacionales no arrancó con mucho tino el famoso Concierto para trompeta en mi bemol de Haydn. Sus grandes recursos técnicos estuvieron a la vista de todos pero le faltó continuidad al discurso musical en el Allegro inicial. Subió enteros en el Andante, tocado mucho más legato y sobre todo en el brillante Allegro final, donde mucho más relajada exhibió un gran virtuosismo no exento de musicalidad. Se superó aun mas en una excelente propina, lo que pareció una preciosa canción popular de corte tirolés, tocada con sentimiento, excelente sentido del legato y atractiva sonoridad.

   En la Heroica beethoveniana, una de las pocas obras revolucionarias de verdad, de esas que marcan un antes y un después –como la Fantástica, el Tristán o la Consagración de la primavera– tuvimos sensaciones encontradas. En general de trazo grueso tuvo sin embargo momentos sublimes. Con tempi algo erráticos, dio en el clavo en el Finale. Muy en la línea de Fischer, capaz de una cosa y de la contraria en la misma tarde.

   El Allegro con brio empezó con demasiado brío, con los dos acordes iniciales bastante deslavazados y con la orquesta llevada un poco a matacaballo, con sonido poco brillante que fue mejorando según avanzaba la obra, con buen fraseo, sí, pero con poca delicadeza, que la obra también tiene. En la colosal marcha fúnebre, los temas individuales sonaron algo rutinarios mientras que afortunadamente, las transiciones sonaron excelsas, gracias entre otros a las maderas solistas, aquí sí delicadas y muy musicales. El Scherzo fue impulsivo y mas brillante, mucho mas conseguido, con la cuerda sumándose al gran nivel de las maderas, y cuando en el Finale parecía que la interpretación cogía un impulso definitivo, nos sobresaltó el sonido de un helicóptero que se acercaba y que dio dos vueltas a las gradas para poco después aterrizar detrás de nosotros. Fischer primero continuó como si nada pero poco a poco empezó a alargar las frases como tratando de ayudar a que aquello pasara. La orquesta no solo no se descompuso sino que por momentos pareció tratar de imponerse a la situación. Pronto nos dimos cuenta de que aquello iba para largo, bien es verdad que en la parte final el ruido se mitigó en parte. Fischer y sus músicos terminaron la obra de manera brillante. Rudolf Buchbinder explicó micrófono en mano que era una emergencia debido a que era necesario evacuar a un asistente que había sufrido un problema médico importante, y que por favor no nos moviéramos de las localidades mientras siguiera allí. Afortunadamente, el helicóptero levantó el vuelo al poco de terminar sus palabras.

   Tras la accidentada tarde anterior, la del sábado 19 fue una balsa de aceite. El concierto marcaba el cincuentenario de la Orchestra Tonkunstler en Grafenegg. Desde 1975, han tocado al menos una vez al año en Grafenegg y desde la puesta en marcha del Festival, es la orquesta residente. El programa elegido para la ocasión era todo un homenaje a la música americana del s. XX y a dos de sus figuras señeras: George Gershwin y Leonard Bernstein.

   Arrancó el concierto con el estreno absoluto de la Obertura para un festival, del compositor francés Philippe Manoury, residente de esta edición. La obra, dirigida desde la parte inferior de delante del escenario por el propio compositor, es una fanfarria de unos 5-6 minutos para toda la sección de metales. Cada instrumentista se situó en un punto concreto de la grada para hacer su parte. Según avanzaba la obra, que exprimió al máximo todas las sonoridades sobre todo de trombones y trompetas, los músicos se iban acercando al escenario donde todos se reunieron para los acordes finales. La obra fue bien recibida por el público pero sin demasiado entusiasmo.

   Continuamos con las Escenas sinfónicas del Porgy and Bess de George Gershwin, que su asistente y también excelente músico Robert Russell Bennett, arregló y volvió a instrumentar en 1942, cinco años después de su muerte. En la obra pudimos deleitarnos con sus inmortales melodías –entre ellas el «Summertime», el «I Got Plenty O’ Nuttin’» o el «It Ain’t Necessarily So»– interpretadas con soltura, brillantez, y siempre con el ritmo adecuado por parte de un Yutaka Sado dominador, que pese a algunos inevitables bailes sobre el podio mantuvo una economía de gestos admirable preocupado solo porque la música fluyera. Es cierto que estas obras piden algo más de «idiomatismo» que el que consiguieron, pero eso hubiera sido ya de otro nivel.

   Echamos un pie a tierra en la legendaria Rhapsody in blue. En parte porque el inmortal solo de clarinete inicial no estuvo todo lo conseguido que hubiera sido necesario y penalizó el resto del comienzo, y en parte porque Dennis Kozhukhin, el buen pianista ruso nacionalizado belga tras ganar el Concurso Reina Elisabeth en 2010, no estuvo al nivel de otras tardes, y difícilmente se impuso a la orquesta hasta bien terminada la primera cadenza. Aquí, aunque en líneas generales la versión fue notable, sí se notó más ese «idiomatismo» de otros pianistas que con esta música te hacen volar. Imposible aquí el olvidar cualquiera de las tres interpretaciones que he tenido la suerte de ver a Michel Camilo. En cualquier caso, el espíritu del público estaba por disfrutar, y esta música no solo te lo permite sino que te lo pide, por lo que se aplaudió a rabiar y el Sr. Kozhukhin nos dio aquí sí con gran maestría una breve pieza que no pude identificar y que tenía aires tanto de Gershwin como de Rachmaninov.

   Siguió la fiesta tras el descanso, y Yutaka Sado y la orquesta volvieron a exhibir un nivel excelente. El japonés trabajó como asistente de Bernstein en los festivales de Schleswig-Holstein y de Sapporo en los años terminales de Lenny, y a su vez, éste fue un paladín de la música de Gershwin. No siempre ocurre así, pero en esta ocasión la correa de transmisión funcionó como la seda.  Vivimos con alegría el París de los años 20 y su ritmo vibrante de la mano de un Sado muy inspirado y una orquesta brillante, deslumbrante en todas sus secciones que le siguió como un solo hombre, y a continuación llegó la apoteosis final con unas Danzas Sinfónicas de West Side Story vibrantes, alegres, virtuosas a las que público respondió con un júbilo indisimulado. Un estupendo concierto, de los que te ponen en la cara una sonrisa de oreja a oreja. Una tarde noche para disfrutar.

Fotografía: Emil Zitarevic [Orchestra Tonkunstler].

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