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Crítica: Takács Quartet recorre el cuarteto clásico-romántico en el «Liceo de Cámara XXI» del CNDM

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Autor: David Santana
13 de mayo de 2023

Con un programa protagonizado por tres cuartetos firmados por Franz Joseph Haydn, Fanny Hensel-Mendelssohn y Franz Schubert, el Cuarteto Takács ofreció una velada camerística de alto nivel, aunque con altibajos, en el Auditorio Nacional de Música

Esperando a Schubert

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 10-V-2023. Auditorio Nacional de Música. Liceo de Cámara XXI, CNDM. Cuarteto de cuerda en fa mayor, op. 77, n.º 2 de F.J. Haydn; Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor de F. Hensel-Mendelssohn y Cuarteto de cuerda en sol mayor, D. 887 de F. Schubert. Cuarteto Takács: Edward Dusinberre, Harumi Rhodes [violines], Richard O’Neill [viola], András Fejér [violonchelo].

   Aunque del Cuarteto Takács original ya solo queda András Fejér, el violonchelista, el ensemble sigue gozando de la reputación internacional que casi medio siglo sobre los escenarios le han logrado. Las expectativas eran altas y el público lo demostró llenando prácticamente al completo la Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música.

   El programa: Haydn, Fanny Mendelssohn y Schubert, establecía una concordia entre aquellos que desean romper el canon habitual de obras y a los que no nos importaría escuchar el mismo cuarteto una y otra vez con tal de captar un nuevo rubato o una disonancia ligeramente anticipada que de una nueva perspectiva a aquello que ya hemos oído cien veces. Asimismo, permite un diálogo entre el padre del género y dos pupilos que llevaron la escritura camerística por caminos bien distintos.

   Se presentó el cuarteto con un Haydn bien trabajado en el que los gestos de Richard O’Neill enfatizaron los precisos intercambios de papeles que se dan constantemente durante la elegante conversación que es el Allegro moderato. No obstante, faltaron dos cosas para alcanzar la interpretación ideal: por un lado, el timbre de Edward Dusinberre sonó extraordinariamente oscuro, haciendo así mucho más difícil para el oyente escuchar los contrastes tímbricos que Haydn tan genuinamente desarrolla. En segundo lugar: la articulación fue excesivamente blanda. El contraste entre el Minueto y el Trio fue un paso de blando a blandísimo. Un detalle imperdonable en Haydn. Solamente en Fejér escuché el sonido duro y árido, que demanda Haydn en ciertos pasajes. De haberlo hecho todos de esa manera, el contraste con el Andante hubiera sido mayor y este movimiento podría haber destacado aún más, aunque en él ya pudimos regocijarnos en las delicadas escalas de Dusinberre —ahora sí, con el timbre apropiado— y el magnífico solo de violonchelo.

   El Cuarteto de cuerda en mi bemol mayor de Fanny Mendelssohn es una obra coqueta que se aleja en cuanto a complicación de las grandes piezas del repertorio. La compositora alterna elegantemente diferentes texturas sin llegar realmente a lograr una absoluta implicación de las cuatro voces en igualdad, algo en lo que sí sobresalen las dos obras que la flanquean. Aún así, el Cuarteto Takács supo sacarle todo el jugo a esta pieza llenándola de detalles y de color. Destacó especialmente el timbre que Fejér supo sacar al Romanze y los pasajes sul tasto de Dusinberre.

   Pero esto solo había sido el aperitivo, una manera de calentar el oído y prepararse para el plato fuerte: el Cuarteto de cuerda en sol mayor de Schubert. Ahora sí, la interpretación del Cuarteto Takács fue perfecta en todos y cada uno de los cuatro movimientos. En el Allegro molto moderato el equilibrio sonoro fue absoluto y enfatizaron los distintos cambios de carácter que Schubert plantea. En el Andante escuchamos ahora sí un Dusinberre fuerte y que supo liderar correctamente el cuarteto. Contrapusieron la tensión y la fuerza de las partes rítmicas frente a la absoluta paz de los motivos más melódicos.

   El Scherzo comenzó pequeño y preciso. Los cuatro miembros demostraron una gran cohesión en la realización de los reguladores. Destacaron también en el trío las conversaciones entre el violín y la viola y el ímpetu rítmico que lograron mantener hasta el final. Este mismo ímpetu abundó en el movimiento final. Las notas finales en pizzicato del violonchelo fueron absolutamente sarcásticas, la guinda de un pastel repleto de detalles.

Fotografías: Amanda Tipton.

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