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Crítica: 'Eugene Onegin' en Múnich con Netrebko y Kwiecien

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Autor: Alejandro Martínez
29 de julio de 2015

Y LA NIÑA SE HIZO MUJER

Por Alejandro Martínez

Munich. 29/07/2015. Bayerische Staatsoper. Festspiele. Tchaikovsky: Eugene Onegin. Anna Netrebko (Tatyana), Mariusz Kwiecien (Onegin), Pavol Breslik (Lenski), Günther Groissböck (Gremin), Alisa Kolosova (Olga). Dirección musical: Leo Hussain. Dirección de escena: Krzysztof Warlikowski.

   Cuando hace varios meses Anna Netrebko canceló su participación en la nueva producción de Manon Lescaut firmada por Hans Neuenfels, junto a Jonas Kaufmann, fue sustituida por Kristine Opolais, que a su vez debía hacerse cargo en origen de este Onegin que nos ocupa. Netrebko pasó entonces a ocupar su lugar, para no defraudar al ansioso público muniqués. Se encontró así la soprano rusa inmersa en una producción estrenada en 2007 y exitosamente repuesta en 2014, con Petrenko y Opolais, bajo la firma del singular Krzysztof Warlikowski.

   Ya comentamos aquí su triunfal debut del papel en Viena, hace algo más de dos años. No diremos que Netrebko haya llegado tarde al rol de Tatiana, pero sí es cierto que su voz ha evolucionado con gran celeridad en los últimos años y es cada vez más pesada y oscura, casi dramática en algunas franjas. Es una espléndida Tatiana, qué duda cabe, pero al mismo tiempo su instrumento luce hoy ya más en otros repertorios. Sin ir más lejos, fue mayor el triunfo y mayor la excitación que nos suscitó su Lady Macbeth del pasado verano. De alguna manera la niña se ha hecho mujer, un poco como la propia Tatiana, que pasa de leer solitaria y modosa su libro a pasearse del brazo de Gremin, ya hecha una mujer segura y madura.

   Netrebko es en todo caso dueña de instrumento absolutamente privilegiado: grande, esmaltado, carnoso… todo lo que se diga es poco. Su Tatiana triunfo en Múnich, si bien levemente distante con respecto a la producción, imponiéndose más por su propio carisma personal que por la creación de un personaje como tal. Un poco lo que les pasa a todos los grandes, dicho sea de paso, que terminan por hacer de sí mismos en los ropajes de tal o cual papel, sin llegar a diluirse del todo bajo esos ropajes que asumen.

   Junto a Netrebko, Mariusz Kwiecien es un Onegin poco dúctil, con un instrumento un tanto romo, aunque de timbre varonil y sin duda entregado en escena. Es una pena que el tenor Pavol Breslik tenga tantas dificultades a la hora de resolver el tercio agudo, porque canta con indudable gusto y posee un centro bien coloreado. Su Lenski hubiera ganado muchos enteros con una técnica más aquilatada y resuelta arriba. Günther Groissböck no es el mejor Gremin posible, con una voz dura y falta de una gama mayor de intensidades y contrastes en su fraseo, sonando más bien monolítico en su gran aria. Discreta, asimismo, la Olga de Alisa Kolosova. En el foso Leo Hussain dispuso una dirección más bien caída de pulso, de fraseo insípido y con una sensación general un tanto lánguida. La orquesta local sigue siendo soberbia y el trabajo del coro titular fue francamente sobresaliente.

   El trabajo de Warlikowski para la escena es francamente interesante, aunque no esté resuelto con plena convicción. Básicamente nos plantea que Onegin es homosexual y vive encerrado en su silencio, un poco al modo del propio Tchaikovsky. La ópera transcurre así como un doble relato en torno a un eje no explícito, merced al cual vemos por un lado el mundo exterior que rodea a Tatiana y por otro lado el mundo interior que Onegin retiene en silencio. En el mundo de Tatiana todo es al principio de una felicidad casi cómica, a la que ella es ajena y que encaja muy bien con algunos pasajes de la música, mientras que en el plano de Onegin el conflicto no resuelto en torno a su sexualidad termina por desarrollarse como un sueño amalgamado de pesadilla por el que va fluyendo todo lo nunca dicho en público, lo inconfesado en torno a su pasión por Lenski, al que de hecho besa en la fiesta, en su disputa antes de retarse a duelo. Bajo este prisma, los cowboys que desarrollan un coreografía durante la consabida polonesa son algo absolutamente anecdótico y desde luego mucho más suave y sutil de lo que podría pensarse habida cuenta de la polémica levantada en su día (hoy siguen cosechando bravos y abucheos a partes iguales). Sea como fuere, algunas cosas importantes se le escapan sin embargo entre las manos a Warlikowski, como el dúo final, que transcurre ciertamente sin pena ni gloria, como escindido del resto de la producción. Warlikowski acierta señalando el camino, poniendo el acento e iluminando los claroscuros y está a un punto de hacer una producción memorable, precisamente por la dificultad de aquilatar por completo su dramaturgia sin dejar ningún cabo suelto.

Fotos: Wilfried Hösl

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