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Crítica: EGERIA se estrena en Madrid con su nueva plantilla, en el ciclo de Aeterna Musica

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Autor: Mario Guada
13 de enero de 2021

El conjunto vocal femenino madrileño, actualmente con sede en París, estrena en Madrid su nueva formación estable con un recorrido por algunos de los grandes hitos en torno a las peregrinaciones y al Camino de Santiago, en un concierto de notable nivel que mostró un claro avance en su nueva etapa.

Madurez egeriana

Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid, 18-XII-2021, Iglesia de las Mercedarias Descalzas de la Purísima Concepción. Aeterna Musica. Iacobus Yspanias. Obras anónimas, de Benedict of Peterborough, Perotin, Alfonso X «el Sabio», Guillelmo patriarcha Iherosimilitano, Ato episcopus Trecensis, Fulbertus episcopus Karnotensis, Magister Albericus archiepiscopus Bituricensis y Aimericus Picaudi. EGERIA: Lucía Martín-Maestro [voz, percusión y dirección artística], Fabiana Sans [voz, percusión y codirección artística], Romina de la Fuente [voz], Laia Blasco [voz], María de Mingo [cítola].

La invención de la polifonía fue sin duda el acontecimiento más significativo de la historia de la música occidental. Una vez que se adoptó el concepto, la organización de la dimensión vertical (armónica) de la música se convirtió en una importante preocupación de los teóricos y de los compositores. […] Es precisamente la organización sistemática de los sonidos verticales lo que distingue a la música occidental de todas las demás, ya sea de las producidas por pueblos primitivos o por las sumamente sofisticadas culturas orientales

Richard H. Hoppin: La música medieval.

   Cualquier músico, pero especialmente aquellos que están al frente de los conjuntos, saben de la complejidad de mantener una plantilla estable en los grupos dedicados a la interpretación de las músicas históricas. Es uno de los grandes males que acechan a las formaciones de todo el mundo, aunque en el caso español –por el sistema aquí implementado desde hace años, que no es caso de reflexión en este momento– es especialmente duro, haciendo realmente complicado para los ensembles mantener una idea de trabajo continuado en el tiempo con todas las consecuencias que ello conlleva. Por otro lado, los cambios de etapa en agrupaciones de este tipo son relativamente frecuentes. Este comentario viene al caso, dado que el presente concierto supuso el estreno de la nueva plantilla estable del conjunto vocal femenino EGERIA, que en los últimos meses ha sufrido un importante proceso de renovación hacia una etapa de mayor profesionalización en sus filas, como nos comentaron en la entrevista de portada que protagonizaron en el mes de diciembre de 2021. Nada queda en lo vocal, salvo las cofundadoras y directoras del ensemble, de aquella plantilla que ha conformado la agrupación en los últimos cuatro años. Un proceso natural y necesario que, a tenor de lo escuchado en el concierto que aquí se analiza, ha proporcionado al conjunto un aumento cualitativo muy notable.

   Acudían para cerrar el año natural en la temporada 2021/2022 del ciclo Aeterna Musica, que tiene sede en la preciosa Iglesia de las Mercedarias Descalzas de la Purísima Concepción, conocidas popularmente como «las Góngoras», en un concierto reprogramado hasta en dos ocasiones por causas de la pandemia. Interpretaron su programa Iacobus Yspanias, uno de los más longevos en la historia del conjunto, que sin embargo está en permanente adaptación a los tiempos y las circunstancias. Conformado en cuatro grandes bloques, este programa pretende ser «un homenaje a uno de los fenómenos más relevantes en términos no solo piadosos, sino políticos, económicos y sociales: la peregrinación. Dedicaremos la primera parte del programa a dos de los itinerarios más importantes: la Vía Francígena, que partía de Canterbury con destino Roma, y la peregrinación a Montserrat. Sin embargo, el protagonista indiscutible del concierto será el Camino de Santiago en toda su extensión, partiendo de Paris con destino a Compostela. Toda una miscelánea de estilos y sonoridades nos ayudarán a evocar el paisaje sonoro de este itinerario, donde convivían y confluían toda suerte de culturas y nacionalidades que, sin duda, terminaron por consagrar la Europa que hoy conocemos», en palabras de las protagonistas.

   Cuatro fueron las obras del primer bloque, con las cuatro voces y la cítola protagonistas entrando en procesión desde la sacristía, iniciando con «O roma nobilis», extraída del Ms Q. 318 de Monte Cassino, obra anónima del s. XI, que sirvió para templar voces y pandero cuadrado en una acústica siempre compleja e incómoda –tiende a desvirtuar en demasiado el sonido global y privilegiar la independencia de las líneas–, tanto para el intérprete como para el oyente. Aún con ello, buen trabajo en el unísono inicial, bien afinado y en sincronía bastante pulcra en los giros melódicos. El contraste por bloques entre el tutti y los solos logró un importante impacto sonoro, con Laia Blasco haciendo gala de un cálido color, una emisión firme y bien proyectada. Sostenía los solos una segunda voz bien aposentada y de un empaste bien trabajado, que tiene siempre en el poderoso registro medio-grave de Fabiana Sans a un gran aliado –hay que destacar esta labor, no siempre muy lucida en estas polifonías, pero tan necesaria como la vox principalis–, sin olvidar el toque tímbrico y rítmico tan sugestivo que aportó la cítola de María de Mingo. La caça a 3 «O Virgo splendens», del Llibre Vermell de Montserrat [s. XIV] destaca por su uso del canon de la hermosa y aparentemente sencilla melodía, que fue emitida con el magnífico aporte contrapuntístico de la cítola, antes de dar paso a la segunda y tercera voz en canon. Un cierto mayor empaque en la primera voz, por mera afinidad vocal, que en la segunda, mientras que la tercera fue encomendada a la cítola, en una propuesta distintiva y que funcionó adecuadamente. «Iacet granum», de Benedict of Peterborough (fl. finales s. XII) sobre un oficio de Thomas Becket [Latin 1090, Bibliothèque nationale de France], llegó de nuevo con un pulido trabajo en el unísono –resulta fundamental este trabajo, casi más que la afinación en la polifonía, sin duda más sencilla, pues resulta más natural al oído–, con algunos leves desajustes en momentos puntuales, además con una muy buena gestión del aire en la nota tenida que sustenta la voz superior, un solo brillante de Lucía Martín-Maestro, que posee una vocalidad de gran belleza tímbrica, enorme refinamiento y una dicción muy cuidada. Para finalizar el bloque, «Ante thronum regentis omnia», una secuencia monódica procedente del Ms. 878 de Harley, que llegó con el aporte de la cítola y el pandero, exponiendo por vez primera el primer gran sonido grupal de estas cuatro voces, pasando de los pasajes monódicos a los polifónicos de forma muy orgánica.

   Centrado en Francia, el segundo bloque se conformó con cuatro obras, la primera y última extraídas del Codex Montpellier y las dos centrales del Pluteus 29.1. «Alleluia Nativitas» es un organum a 3 de importante complejidad firmado por Perotin (c. 1155-c. 1230), interpretado por las cuatro voces sin cítola, con algunos desajustes rítmicos y de afinación en la primera voz y en balance en la voz más grave, problemas que se fueron solventado con el avance de la obra. Gran trabajo sobre la palabra «nativitas» en las voces de Romina de la Fuente y Martín-Maestro, destacando un muy inteligente trabajo prosódico sobre los neumas melismáticos, además de una muy bien solventada gestión del aire en las notas tenidas, especialmente en la tercera voz. No obstante, un trabajo mayor en la articulación de la primera y segunda voz hubieran ayudado a una comprensión mayor del intrincado contrapunto en esta acústica. Las dos obras centrales, «Gaudeat devotio/Numen» y «Laudes referat/Quoniam» son dos motetes-conductus a 3 anónimos del s. XIII, en los que destaca su carácter de politextualidad. Fueron interpretados a una voz por parte, con el aporte de la cítola, destacando una bruñida dicción y un trabajo rítmico muy destacado, al que ayudó en mucho el aporte instrumental. «Bele Aelis/Haro, haro/Flos filius» a 3, motete anónimo del siglo XIII, se interpretó en una versión a dúo vocal con cítola para la tercera voz. Gran finura por parte de Martín-Maestro y Blasco en el paladeo del francés por parte de la segunda voz, con ambas realizando unas inflexiones vocales de enorme inteligencia e imbricando el contrapunto con exquisita limpidez.

   Referencias al célebre e hispánico Codex Las Huelgas [s. XIV], destacando la presencia de dos obras habituales en sus programas, como son «Casta Catholica/Da dulcis domina» y «O Gloriosa Dei genitrix», dos magníficos ejemplos del género conductus, a dos voces, el primero de ellos con politextualidad. Ambos llegaron en versión puramente vocal, tratando de nuevo con criterio las articulaciones de las dos voces en el primero de ellos, añadiendo además algunos efectos coreográficos con buen resultado –no molestan al resultado auditivo y sin exceder lo razonable a nivel escénico–. Buen trabajo sobre el hoquetus –recurso rítmico consistente en la alternancia de una nota entre las voces de otras que callan, rellenando así los huecos y produciendo un efecto auditivo similar al hipo [la palabra latina hoquetus sirve para designar eso precisamente]–, todo en ello en el doble conductus inicial. En la segunda pieza se logró plasmar con tino el diálogo rítmico entre las voces, alcanzando un empaque sonoro en el tutti de gran energía y notable calidad sonora. Incluso se destacaron expresivamente algunos pasajes por medio de dinámicas diferenciadas, con esmerado cometido sobre el siempre exigente hoquetus. Gran potencia y buen trabajo sobre la cadencia final, logrando uno de los momentos de mayor impacto de la velada.

   El bloque final estuvo dedicado de forma íntegra al Codex Calixtinus, otro de los grandes hispánicos del Medievo, preludiado por una de las conocidas Cantigas de Santa María, de Alfonso X «el Sabio» (1221-1284), en concreto la n.º 175, «Por dereito ten a Virgen». Esta obra viene muy al caso aquí, dado que ofrece claras referencias a Santiago, con presencia del tutti vocal, cítola y dos panderos. La calidad de los solos es uno de los puntos en los que EGERIA ha dado un gran paso adelante en esta nueva etapa, tanto en calidad canora como en seguridad y convicción escénica, y así quedó, sin duda, patente. A pesar de que son voces con cualidades dispares, logran aportar mucha personalidad al conjunto, y cuando se unen el resultado –a falta del trabajo conjunto que solo da el tiempo– es esperanzador para el futuro de este conjunto. Muy cuidada dicción del castellano antiguo, por lo demás.

   Nada menos que seis son las obras del Calixtino interpretadas para completar el último de los bloques del concierto, comenzando por «Iucundur et lætetur», un himno monódico atribuido a Guillelmo patriarcha Iherosolimitano (c. 1130), que se interpretó continuando con los dos panderos, destacando el toque animoso de Sans. «Nostra Phalanx», un himno a 2 atribuido a Ato episcopus Trecensis (c. 1145), remarcó el bien trabajo de sonido y afinación en el unísono, además del trabajo prosódico del tutti, aunque con momentos de cierta incomodidad acústica, llegando incluso a realizar leves disonancias, las cuales cabría revisar si son un aporte imaginativo de la agrupación o el mero resultado de los intervalos en la construcción polifónica. «Rex inmense», un tropo del Kyrie atribuido a Fulbertus episcopus Karnotensis (c. 960-1028), ofreció la posibilidad de escuchar a EGERIA en su mínima expresión, esto es, con las dos fundadoras a dúo, en un momento de gran intimismo y que no lució especialmente por la incomodidad auditiva del lugar. En el conductus a 2 «Ad superni», de Magister Albericus archiepiscopus Bituricensis (c. 1085-1141), regresaron las cuatro voces por medio de una transición escénica muy cuidada. Esta pieza presenta una importante complejidad rítmica merced a sus caudae –produciendo un sonido similar al hoquetus, pero no conformado con los silencios sino con los unísonos en el melisma–, la cual fue resulta con notable solvencia. Otro himno, «Ad honorem», de Aimericus Picaudi (s. XII), llegó antes de dar paso a la últimas de las obras, elaborando con perspicacia sus secciones por bloques dos a dos, de forma muy ilustrativa, armando una breve polifonía hacia el final, contrastando con los pasajes a solo. Destacó aquí nuevamente el aporte de la cítola, que no solo suma en el aspecto tímbrico, sino que añade contrapunto y un aspecto rítmico fundamental.

   Concluyó esta velada con el célebre himno «Dum Pater familias», una de las obras más conocidas del Calixtinus. Versión de gran personalidad, muy libre en medida y con marcados contrastes entre el tutti y los soli. Sin duda un aporte muy personal a una obra muy trillada, lo cual siempre es de agradecer, con el que se cerró una cita importante para la historia de este conjunto de esencia madrileña, aunque de vocación europea, que actualmente está ampliando su espectro de manera muy relevante, con pasos firmes y un convencimiento que, con tiempo y el trabajo continuado con su nueva y satisfactoria plantilla vocal, prometen dar grandes resultados. Escaso público en unas fechas siempre complicadas, aunque cabe felicitar a Aeterna Musica por lograr mantener un ciclo independiente y pequeño como este a lo largo del tiempo a pesar de los complejos tiempos en que vivimos. Que así sea en el futuro y que EGERIA visite Madrid en más ocasiones para poder seguir comprobando este avance significativo en su devenir.

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