Crítica de Raúl Chamorro Mena de El Gato Montés de Manuel Penella en el Teatro de la Zarzuela de Madrid
«¡Español antes que gran músico!»
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 17 y 18-VI-2026, Teatro de la Zarzuela. El Gato Montés (Manuel Penella). Miren Urbieta-Vega/Mane Galoyan (Soleá), Rafael Humberto Rojas/Rodrigo Garull (Rafael, El macareno), Borja Quiza/David Oller (Juanillo, el Gato montés), Milagros Martín/María Rodríguez (Frasquita), María Luisa Corbacho/Carol García (Gitana), Manel Esteve (Padre Antón), Gerardo Bullón (Hormigón), Pablo Gálvez (Caireles). Pequeños cantores de la ORCAM. Coro y Orquesta titulares del Teatro de la Zarzuela. Director musical: José Miguel Pérez-Sierra. Director de escena. Christof Loy.
Manuel Penella fue todo un personaje polifacético en la línea de Manuel García, del que se ha podido ver esta temporada en el Teatro de la Zarzuela su ópera El gitano por amor. Al igual que el sevillano, el músico valenciano tuvo un paso por América con tintes de aventurero y en el que afrontó las más diversas actividades.
A pesar de sus propias afirmaciones y quizás por su aparente falta de pretensiones sumado a la popularidad que gozó durante décadas, el valenciano siempre ha sufrido la inquina de cierta intelligentsia, la siempre implacable estulticia filosnobista.
La creación musical de Penella, magnífico compositor a pesar de todo, contiene un amplio catálogo de obras líricas entre óperas, zarzuelas y revistas. Destacan su ópera de cámara, para orquesta de cuerda, Don Gil de Alcalá (1932), una auténtica delicatesen, y su ópera popular española El Gato Montés (1917). La composición gozó de fama en la primera fase de su andadura, ganando la eternidad con su célebre pasodoble, que, prácticamente, simboliza el arte de Cúchares. Después de caer en el olvido, regresó con fuerza a los escenarios a principios de los años 90 merced, fundamentalmente, al impulso de Plácido Domingo con diversas representaciones, incluida una serie en Los Ángeles, que cuenta con video comercial y un registro discográfico -sobre la revisión orquestal de la partitura realizada por Miguel Roa- para el mítico sello Deutsche Grammophon. Por cierto, que Plácido Domingo presenció la función del día 18 de junio desde un palco y la “dirigió” con gestos de las manos conforme avanzaba la música.
La singularidad del pasional triángulo amoroso que plantea la obra, así como la mayor autenticidad del cuadro costumbrista andaluz y conocimiento de los aspectos del mundo taurino, la aleja del modelo de la Carmen de Bizet. La gitana Soleà está enamorada de Juanillo desde la niñez, quien, por defenderla mata a un hombre, padece prisión, se escapa y se convierte en un bandido montaraz llamado “El gato montés”. El torero Rafael el Macareno la recoge desamparada y en ella surge un cariño que tiene más de agradecimiento que de verdadera pasión, pues no ha olvidado a Juanillo. Este triángulo amoroso y la singularidad del personaje femenino han atráido la atención del propio director de escena Christof Loy, según afirma en su escrito del programa de mano editado por el Teatro de la Zarzuela.
Hay que destacar también la magnífica orquestación en la que no faltan motivos recurrentes o de recuerdo y pasajes evocadores, creadores de atmósferas y ejemplos de particular inspiración como el interludio previo al último cuadro y el pasodoble. La vena melódica está presente en la escritura para la voz y la obra está bien construida dramáticamente, aún con la “temeridad” que supone “acabar” con tenor y soprano protagonistas al final del segundo acto, sin poderse evitar una sensación de anticlímax en el tercero, a pesar de la factura dramática de la muerte del Gato Montés.
La soprano donostiarra Miren Urbieta-Vega en la función del día 17 de junio no resultó muy creíble como gitana salerosa y de tronío, pero no puede dudarse de su compromiso interpretativo. En lo vocal, su prestación resultó magnífica por la calidad de su voz de soprano lírica con cuerpo, bella, redonda, carnosa, homogénea, amplia y esmaltada. Además, la morbidez de la emisión y la clase de su canto completaron el notable nivel de una acreditada vocalista. En la representación del día 18, la armenia Mane Galoyan, que afrontará nada menos que dos papeles protagonistas en la próxima temporada del Teatro Real, acreditó medios vocales más modestos, pero bien emitidos, fonación gutural, propia de su origen eslavo y un buen trabajo en la dicción del español o más bien andalú y caló en este contexto. La Galoyan tampoco resultó una gitana de rompe y rasga, pero cantó bien, con buena línea y se implicó dramáticamente.
El tenor mexicano -tierra que tanta relación tuvo con Manuel Penella y en la que falleció en 1939- Rafael Humberto Rojas permite apreciar un material vocal claro y atractivo, que, sin embargo, deberá sacar fuera, liberar, pues la emisión resulta totalmente retrasada. Un tanto envarado, le faltó ardor en sus enfrentamientos con Juanillo; efusión, poderío y garbo en el dúo-pasodoble con Soleá e intensidad en su magnífica plegaria previa a la corrida de toros “Señó que no me farte er való”. Su compatriota Rodrigo Garull el día 18 presentó voz de más fuste, con un centro bien armado y posibilidades spinto, ratificadas por su vigor y arrebato. El canto fue más encendido que refinado y los agudos resultaron potentes y timbrados, pero atacados de manera esforzada y con tensión.
Borja Quiza comenzó el día 17 con emisión calante y poco firme hasta que se fue asentando con material de cierta sonoridad, pero pobre de color y ayuno de atractivo tímbrico. Sus dotes de caracterizador entraron en juego para perfilar apropiadamente a este bandolero preso de la adversidad y al que la fatalidad lleva al crimen, envuelto en un amor tórrido y que deviene imposible. Preferible, en cualquier caso, la prestación del barítono de Ortigueira a la muy floja de David Oller en la función del día 18 de junio. Medios vocales modestísimos, desguarnecidos en centro, grave y agudo a lo que se sumó ausencia de acentos, monotonía y absoluta irrelevancia caracterizadora.
María Luisa Corbacho aplicó las consabidas anchura, densidad y graves rotundos en su gitana, pero también pesantez y emisión bailona. Por su parte, Carol García resultó más desenvuelta como adivinadora el día 18, con mayor fondo musical y una voz menos amplia y sonora, pero más bella, flexible y canónica de emisión. Dos grandes veteranas de la Zarzuela contemporánea, Milagros Martín y María Rodríguez, lejos ya de su mejor momento vocal, pero pletóricas de sabiduria escénica, acentos y tablas, encarnaron de manera impecable a Frasquita, la madre del Macareno.
De libro el Padre Antón de Manel Esteve, dominador sobre el escenario, mientras Gerardo Bullón y su timbre baritonal bello y noble, al igual que en la edición de 2017, sigue siendo un lujo como el bonachón Hormigón, picador de la cuadrilla del Macareno.
La dirección musical de José Miguel Pérez-Sierra no destacó por la finura, los detalles o la sutileza y el comienzo del día 17 fue demasiado abrupto y borroso. Sin embargo, la labor del madrileño reunió pulso, tensión y suficiente factura dramática, además de buen acompañamiento a las voces. Magníficos los pequeños cantores de la ORCAM y el coro titular del Teatro de la Zarzuela, como pez en el agua en obra que domina.
Después de la producción de Emilio Sagi, que marcó el retorno de El Gato Montés a los escenarios, la obra se había representado en el Teatro de la Zarzuela en 2012 y 2017 con puesta en escena de José Carlos Plaza.
El consolidado director de escena alemán Christof Loy se ha sentido cautivado por las calidades de nuestro género lírico e incluso ha fundado una compañía “Los Paladines” para promover la zarzuela y colocarla en el lugar que merece en la escena internacional. Todo ello es de agradecer, por supuesto, y redundará en la difusión internacional de género lírico español por antonomasia. El Gato Montés es una ópera, pero comparte con la Zarzuela muchos puntos en común como el costumbrismo, la raíz popular y la exuberancia lírica y melódica. Loy tiene claro que la obra de Penella no puede deslocalizarse sin arrebatarle su esencia y plantea un montaje con la luz de Andalucía. La escenografía –a cargo de Manuel Lacasta- más bien desnuda y de intensos blancos, es marca de la casa. Sin ir más lejos, recuerda mucho a la de la Arabella que Loy montó en el Real hace unos años. Por lo demás, la puesta en escena discurre conforme a libreto, el torero se viste de luces, el cortijo es cortijo, el cura es cura e incluso aparece fielmente reproducida la capilla de la Plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Además, el director de escena alemán pone en juego su destreza para la caracterización de personajes y el movimiento escénico, siempre bien trabajado. No falta un elemento simbólico como la anciana vestida de negro que aparece durante toda la obra y que representa el destino, la fatalidad, que persigue a los tres protagonistas y les lleva a la muerte.
Fotos: Elena del Real / Teatro de la Zarzuela
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