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Crítica: Los Balthasar-Neumann y Pablo Heras-Casado completan la 'Selva morale e spirituale', de Claudio Monteverdi

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9 de octubre de 2017

Los conjuntos alemanes y el director español concluyen su integral de la colección monteverdiana con un balance injusto para con la calidad de la composición.

UNA SELVA SIN VERDOR

   Por Mario Guada | @elcriticorn
Madrid. 08-X-2017. Auditorio Nacional de Música, Sala sinfónica. Centro Nacional de Difusión Musical, Universo Barroco. Música de Claudio Monteverdi. Balthasar-Neumann-Chor & Solisten y Balthasar-Neumann-Ensemble | Pablo Heras-Casado.

   Presenciados ya los tres conciertos –aquí pueden leerse las críticas de las citas primera y segunda– en los que el Centro Nacional de Difusión Musical ha dividido la magnífica Selva morale e spirituale, del genio cremonés Claudio Monteverdi (1567-1643), me quedan bien claras algunas cuestiones: la elección, tanto del conjunto como del director, ha resultado equívoca, y parece más fundamentada en consideraciones de otro tipo que en la propia adecuación interpretativa a un proyecto de esta magnitud; la visión de director musical se ha revelado inapropiada, por momentos hasta superflua, y desde luego muy alejada del talento que se le supone a un estrella de este nivel; la planificación de toda una semana, con jornadas maratonianas de ensayo y grabación, a la que sumar varios viajes, no ha hecho sino perjudicar el resultado final del directo –y es previsible que de la grabación–; los artistas no han comprendido que la crítica –al menos la honesta y seria– no ha de ser un panfleto publicitario para la alabanza de sus cualidades; el gran público –excepciones hay, por supuesto–, cuanto más rápido y fuerte, tanto mejor…

   Y es que la tercera y última parte de esta integral de esta Selva monteverdiana no solo no ha remontado el vuelo tras los fiascos precedentes, sino que ha seguido demostrando las carencias de los implicados en su empresa. Probablemente no sea culpa suya: un director que parece querer convertirse –ingenuamente– en Nikolaus Harnoncourt redivivo no va a desechar la proposición de un proyecto de este calibre; y un conjunto de cierto nivel, que colabora de manera estrecha con dicho director, tampoco va a obviar una oportunidad de tal magnitud, por mucho que la adecuación estilística y la comprensión de esta música se alejen casi al otro extremo de lo que sería deseable. Pero en el país del todo vale, quien controla las arcas no tiene por qué ser siempre la persona más adecuada –de hecho, suele ser lo contrario–, ni se ha de esperar de ella que las emplee de una manera razonada y razonable. Qué ocasión perdida de disfrutar de una obra como esta –que prácticamente no se interpreta en directo– en las condiciones óptimas para su deleite. De cualquier manera, cabe felicitar al CNDM al menos por el empeño y por acercar al público a una de las colecciones sacras más importantes de la historia de la música occidental, aunque no se haya logrado el resultado esperado, al menos para algunos.

   Para esta tercera sesión quedaron un total de once piezas, salvo excepciones, aquellas de corte más grandilocuente –en stile concertato y ciertos destellos del stile concitato–, que sirvieron para contraponerse a las composiciones en el llamado stile osservato, grave o da cappella. La primera parte, concebida para interpretar las piezas que se sostienen únicamente sobre un acompañamiento leve, ora de basso continuo, ora de basso seguente, se abrió con el Credidi [a 8 voci da capella] –doble coro y bajo continuo–, al que siguió el Laudate pueri Secondo [a 5 voci] –también con continuo–, para pasar después a las dos obras en un estilo arcaizante más marcado: la Messa a quatro voci da capella y el Magnificat Secondo [a quatro voci in genere da capella] –ambas sostenidas por el basso seguente, esto es, una escritura de bajo no independiente (como sí lo es el basso continuo), que se suele extraer de algunas partes de la escritura vocal, doblando normalmente el bajo de la misma–. Cerró el primer bloque del concierto Memento David [a 8 voci da capella] –de nuevo en doble coro y con bajo continuo–.

   Para la segunda parte las obras más brillantes –aunque qué maravilla comprobar la capacidad de Monteverdi de construir esa misa a 4 sobre un breve y sencillo motivo, desarrollándolo y elaborándolo de diversas formas en su textura contrapuntística–: Dixit Dominus Primo [a 8 voci concertata con due violini et quattro viole o tronboni quali se portasse l'acidente anco si ponno lasciare], Laudate Dominum Secondo [a 8 voci et due violini], Confitebor Primo [a 3 voci con 5 voci altre ne' ripieni], Laudate Dominum Primo [a 5 voci concertato con due violini et un choro a quattro voci qual potrasi e cantare e sonare con quattro viole o tromboni et anco lasciare se acadesse il bisogno], para concluir con Beatus vir Primo [a 6 voci concertato con due violini et 3 viole da brazzo overo 3 tronboni quali ancora si ponno lasciare] y Gloria [a 7 voci concertata con due violini et quattro viole da brazzo overo 4 tromboni quali anco si ponno lasciare se occoresce l'acidente].

   Sin duda, una ejemplificación perfecta de esta Selva en tanto una maravillosa mixtura de estilos, plantillas, herramientas y concepciones. Lamentablemente, la excepcional creación monteverdiana no una respuesta vocal adecuada en la interpretación de los miembros del Balthasar-Neumann-Chor & Solisten, ni a nivel de los solos –no de manera tan flagrante como en el concierto anterior, por el formato de las obras–, ni a nivel de conjunto. Y es que la vocalidad, técnica de canto y planteamiento apropiados para esta música parecen absolutamente ajenos a este ensemble. No hubo en casi ningún momento una sensación de conjunto –lo que es una lástima teniendo en cuenta que se trata de una versión notablemente coral, que privilegia el sonido del tutti en las piezas a 5, 6, 7 y 8 partes–; las voces se escucharon deslavazadas, haciendo palpables las individualidades en momentos en lo que estas no han de focalizarse; el cansancio vocal fue, además, evidente en varios de los cantores; la afinación adoleció notablemente de la pulcritud y exquisitez que requiere la escritura monteverdiana, lo que se hizo más evidente que nunca en la misa y el Magnificat Secondo, con claros desajustes de afinación en relación al órgano acompañante. En cuanto a los solos, a excepción de honrosas voces –Alicia Amo, Magdalene Harer y Mirko Ludwig (del que hay que alabar su gran trabajo de conjunto, apoyando las líneas de alto y tenor en sucesivos pasajes de algunas obras)–, apenas debemos celebrar momentos de brillo ni emoción. Eso sí, no debemos lamentar en esta ocasión los profundos problemas rítmicos de ocasiones precedentes.

   Por su parte, el concurso del Balthasar-Neumann-Ensemble fue lo más interesante de la noche, con más acierto por parte de los violines de Olivia Centurioni y Farran Sylvan James, cuyo complicado papel fue superado con elegancia, esta vez sí con una afinación cuidada, un fraseo inteligente, y por momentos una mayor prosodia y expresividad que la de sus colegas cantores, aunque de nuevo con ornamentaciones algo excesivas, que a veces engullían las hermosas líneas melódicas. Algo más flojos los cornetti –con ciertos problemas de afinación– de Gebhard David y Josué Meléndez, aunque de nuevo muy solventes. Por lo demás, celebrar aquí el concurso de los cuatro trombonistas: Christine Brandt, Cas Gevers, Michael Hufnagel y Ralf Müller, quienes interpretaron sus líneas con toda la delicadeza que la versión les permitió, un sonido noble y pulido, además de un interesante balance en relación al tutti. El continuo volvió a cumplir con nota su compleja labor. De nuevo sencillamente espectacular el trabajo de Moni Fischaleck al bajón –por momentos parecía rellenar como toda una sección viento–, además del de Michael Behringer al órgano –que se encargó de sustentar al conjunto en toda la misa y el Magnificat, aunque a veces con un sonido demasiado presente, lo que en algunos momentos de final de frase dejó en evidencia los problemas de afinación del conjunto vocal–. Destacable también el imaginativo, por momentos, y sutil continuo de Margret Köll al arpa.

   Lástima comprobar cómo se le ha escapado de las manos esta versión al director Pablo Heras-Casado. Inimaginable concebir un Monteverdi tan poco elegante y delicado, en una visión que parecía buscar la expresividad más a golpe de exceso que en su propia esencia. Se trata de una música tan sumamente bien escrita, que los aditamentos apenas son necesarios, de hecho, suelen perjudicar. Cuando el director parece querer posicionarse por delante de la música, o se es un genio, o se produce un descalabro. Me temo que Heras-Casado todavía no lo es. Y es que habría que preguntarse si un director es capaz de acometer con igual y exitoso resultado una obra como esta, una sinfonía de Mendelssohn y una ópera de Weill. Me temo que, salvo Harnoncourt –y quizá Herreweghe o Gardiner–, la cosa no es tan sencilla. No logro comprender cómo se intenta buscar la emoción y la calidez de Monteverdi en el histrionismo; y cómo, por el contrario, no se parece acudir al texto y su plasmación retórica como fuente fundamental para comprender e interpretar la genialidad del cremonés. Qué brusquedad, qué falta de ideas, qué espectáculo tan poco logrado. Y, sobre todo, qué poca justicia a la música de Monteverdi. No basta con interpretar la música, ni con grabarla, ni siquiera con homenajear al autor besando la partitura al finalizar un concierto. Sencillamente sería mejor plegarse a ella con honestidad. Al menos habría en ello algo de verdad.

Fotografía: Florence Grandidier.

Autor:Mario Guada
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