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Crítica: «Viva la Mamma!» de Donizetti en el Teatro Real

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Autor: Raúl Chamorro Mena
3 de junio de 2021

Sana diversión en el triunfal retorno de Carlos Álvarez al Teatro Real

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 2-VI-2021, Teatro Real. Viva la Mamma!-Le convenienze ed inconvenienze teatrali- (Gaetano Donizetti). Carlos Álvarez (Mamma Agata), Nino Machaidze (Daria, la primadonna), Borja Quiza (Procolo), Xabier Anduaga (Guglielmo, primo tenore), Sylvia Schwartz (Luigia, la seconda donna), Pietro di Bianco (Biscroma Strappaviscere), Carol García (Pippetto), Enric Martínez-Castignani (Cesare Salsapariglia), Pietro Micinski (El empresario), Luis López Navarro (El director escénico). Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Dirección musical: Evelino Pidò. Dirección de escena: Laurent Pelly. 

   Como ocurre con tantas óperas de las, nada menos que 70, compuestas por Gaetano Donizetti, Le convenienze ed inconvenienze teatrali pasó por diversas etapas y vicisitudes. Las principales serían el estreno de la primera versión en el Teatro Nuovo de 1827 en el formato de farsa por parte de un Donizetti ya consolidado como uno de los grandes músicos de la península, pero aún sin imponer su personalidad, ni poder –ni querer seguramente en este caso- arrancarse la influencia rossiniana, que si era hegemónica no sólo en Italia, también en Europa, imaginen en Nápoles. En 1831, después del éxtito apotéosico de Anna Bolena encontramos al genial bergamasco cada vez más consolidado, seguro de su personalidad dentro del muy competitivo ambiente compositivo de la Italia de la época, cuando presenta en el Teatro della Canobbiana de Milán una versión revisada con añadido de recitativos y abundante música, además de eliminar los diálogos en dialecto napolitano. Ya en pleno siglo XX, año 1969, una adaptación al alemán presentada en el Teatro Cuvilliés, fascinante recinto estilo rococó radicado en Munich, dirigida por el director de cine alemán Helmut Käutner, impulsa la obra, además de renombrarla como Viva la Mamma!, título que parece haberse impuesto en los últimos tiempos. 


   Esta ópera, cuya programación por parte del Teatro Real entre creaciones tan dramáticas como Peter Grimes y Tosca parece una distensión muy acertada, demuestra el talento cómico de Gaetano Donizetti, que domina el lenguaje buffo y propicia las situaciones más hilarantes. Si la música aún, especialmente en los fragmentos de la primera versión, no se ha librado del «yugo rossiniano» y reviste más oficio que la genuina inspiración de otras de sus grandes creaciones, resulta admirable la capacidad del bergamasco para parodiar las diversas vicisitudes, egos, vanidades, caprichos y enfrentamientos que experimenta una compañía de ópera de provincias durante los ensayos de una ópera seria, por parte, además, de alguién curtido en mil batallas teatrales y para el que todo ello tiene, en el fondo, mucho más de realidad que de sátira.

   Asimismo, resulta de una originalidad asombrosa la atribución a un barítono el papel in travesti de Agata, la madre de la seconda donna, capaz de lo que sea para que su hija ascienda en la consideración de la compañía caiga quien caiga. Por supuesto que el travestismo reúne una gran tradición en la historia de la ópera, pero normalmente se trata de cantantes femeninas haciendo papeles de hombres, no al revés.


   Este disparatado personaje ha permitido al público del Teatro Real volver a disfrutar del arte del barítono malagueño Carlos Álvarez, ausente en ópera representada desde el año 2005 y también apreciar su vis cómica, algo nada habitual entre tanto Yago, Rigoletto, Gérard, Renato…, papeles habituales en su repertorio. Éxito arrollador el obtenido por el malagueño, que se adueña de la escena desde su primera aparición, entrando a fondo en el divertidísimo juego cómico, pero sin caer nunca en el exceso ni la sal gorda, manteniendo siempre los modos nobilísimos que corresponden a su timbre y arte canora. El canto sillabato de su entrada, unido a un abanico de inflexiones, variados acentos, notas en falsete, incluso algún gruñido puntual y sonido quebrado… así como un dominio total de la escena forjada en más de tres décadas sobre los escenarios confluyeron en una Mamma Agata irresistible en su mezcla de arrolladora exuberancia y fatua vanidad.

   Divertidísimos fueron los enfrentamientos con el tenor y la primadonna, que difícilmente pudieron aguantar el huracán Mamma Agata-Carlos Álvarez, y esa guinda que fue el hilarante destrozo que realiza en el segundo acto de la «Canción del sauce» del Otello rossiniano, una caricatura hábilmente introducida por Donizetti, consciente que la impronta del cisne de Pesaro en Nápoles era todavía absoluta en 1827. Estruendosas ovaciones del público acogieron los saludos finales de Carlos Álvarez y, aunque su ausencia del Teatro Real ha sido demasiado larga e inexplicable, su público va a poder disfrutar de su presencia en dos óperas consecutivas con dos personajes de gran contraste. Un papel buffo como la madre Agata y otro tan dramático como el Barone Scarpia de Tosca de Puccini. 


   No es fácil destacar ante este huracán escénico, pero la soprano georgiana Nino Machaidze fue capaz, desde su gran escena inicial, de exhibir la calidad de su timbre de lírico-ligera con cuerpo y buena proyección, la clase de su canto y el dominio de la agilidad, haciendo justicia a su encarnación de la prima donna de esta atribulada compañía teatral. Apropiada la ironía que imprimió la cantante georgiana a su encarnación de la diva en el peor concepto de dicha palabra, es decir, caprichosa, individualista y prepotente. Se puede considerar un lujo la presencia del joven tenor donostiarra Xabier Anduaga en su debut en el Teatro Real para el relativamente corto y de limitado lucimiento papel de Guglielmo, primo tenore alemán de esta compañía. El timbre áureo, bellísimo, solar y homogéneo, su cuidada línea de canto y rutilante zona alta lucieron especialmente en su aria del segundo acto. Además, Anduaga se zambulló apropiadamente en la dinámica cómica de la obra con una eficaz encarnación del atolondrado tenor, además de reproducir con habilidad la dicción italiana germanizada de su personaje. Como es habitual en él, Borja Quiza impuso su desenvoltura escénica, facundia y dotes de comediante sobre un timbre pálido y nasal, en el papel de Procolo, ridículo esposo de la primadonna absolutamente entregado a la defensa de sus caprichos y extravagancias. En su sitio Sylvia Schwartz como una juvenil y apocada seconda donna a la sombra de su exuberante madre. Carol García apenas pudo lucir su bien colocado timbre en el fugaz papel de Pippetto. Eficaces y apropiados todos los demás, Pietro di Bianco, Enric Martínez-Castignani, Pietro Micinski, Luis López Navarro, director de orquesta, libretista, empresario y director de escena, respectivamente de esta alocada compañía teatral, perfectamente imbricados en la divertida y grotesca trama.


   Laurent Pelly demostró manejar bien este monumento al metateatro apoyado en su afinidad con la ópera cómica, particularmente la donizettiana, como ya demostró en el Real con su magnífico montaje de La fille du regiment que ha recorrido el Mundo. La escenografía sitúa la trama en un aparcamiento en el que radicó en su día un teatro, en el que a modo de flashback se desarrollan las desventuras de esta compañía de ópera de segunda fila, cuyo delirante devenir y disparatados ensayos de una ópera seria terminan en un fracaso que da lugar a la destrucción del recinto. La puesta en escena, dinámica y con un movimiento escénico ágil y bien trabajado potencia la comicidad de la obra y auspicia dos horas y cuarto de auténtica diversión en los que el público rió profusamente y se lo pasó en grande. 

   Por su parte, la dirección musical de Evelino Pidò acreditó más oficio belcantista que chispa e inspiración, más experiencia que elegancia, con un correcto acompañamiento al canto y un rendimiento orquestal más bien discreto. Impecable el reducido coro, sólo masculino. 

Fotos: Javier del Real / Teatro Real

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