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CRÍTICA: BICKET DIRIGE 'AGRIPPINA' EN EL LICEU CON CONNOLLY, DANIELS Y DE NIESE. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
20 de noviembre de 2013
Foto: Gran Teatre del Liceu
EL DIABLO SE VISTE DE CONNOLLY

Agrippina (Haendel). Gran Teatro del Liceo, 16/11/2013.

   El Liceo levantaba por fin el telón esta temporada para albergar ópera escenificada, tras un deslucido comienzo con los conciertos en homenaje a Verdi y con no pocas novedades en su intendencia (la llegada de Roger Guasch a la dirección general y la salida de Matabosch como director artístico). El escenario de las Ramblas se llenaba esta vez con la música del joven Haendel, en la partitura de Agrippina, una genial comedia llena de cinismo, sarcasmo y enredo. Lo cierto es que la propuesta escénica de David McVicar, ya estrenada en Bruselas (1999) y en la ENO (2007), acierta de pleno a la hora de revitalizar y poner en valor el brillante libreto del cardenal Vincenzo Grimani. McVicar apunta una evidente concomitancia entre las conspiraciones e intrigas de Agrippina y las que se desarrollaban entre las sagas familiares de series como Dallas, Dinastía o Falcon Crest. Recordamos que la propuesta escénica de Mariame Clément para Oviedo daba a entender un abordaje similar, aunque con distinta resolución escénica. Por cuanto hace a la Agrippina vista en el Liceo, lo cierto es que la acción fluye con agilidad, es comunicativa y gana muchos enteros gracias a la inteligente solución escénica de John Macfarlane, responsable asimismo del vestuario y de los grandes telones pintados que separan los actos. La logradísima iluminación de Paul Constable redondea también una propuesta escénica ejemplar, justamente la que necesitan los clásicos para enganchar a un público a priori más reticente o distante. Las cuatro horas de representación, que pudieran eternizarse, transcurrieron sin embargo con una fluidez que cabe elogiar.

   Si hubo una voz que destacase en esta Agrippina esa fue la de Sarah Connolly en el rol titular. Aunque comenzó un tanto destemplada, no tardó en imponerse, haciendo gala además de unas consumadas dotes actorales. En todo momento nos recordaba a grandes 'víboras' cinematográficas, como Meryl Streep en 'El diablo se viste de Prada' o Angelica Huston en 'La maldición de las brujas'. Su retrato de Agrippina es fascinante: una mujer intrigante, seductora, cínica, calculadora, inmoral... Lo tiene todo para ser el motor de la acción escénica de la propuesta de McVicar, y vocalmente ofreció momentos fabulosos, como ese 'Pensieri, voi mi tormentate', la conocida 'L'alma mia fra le tempeste' o la aquilatada y canónica emisión en páginas di furore, como el 'Se giunge un dispetto'. Le daba la respuesta la Poppea vanidosa y coqueta de Danielle De Niese. No es ésta una cantante virtuosa, desde luego, y toda su resolución del rico y variado canto haendeliano adoleció de una emisión irregular, con una coloratura más aproximada que ortodoxa, como pudo verse en todas sus intervenciones solistas ('Vaghe perle', 'Se giunge un dispetto', etc.). Y sin embargo, es innegable su chispa en escena; es tan sensual como payasa, en el mejor y más elogioso sentido del término, y contribuyó con ello, qué duda cabe, al exitoso desarrollo de la representación.
   David Daniels ofreció un logrado Ottone, destacando su bellísima resolución del lamento 'Voi che udite il mio lamento' en la quinta escena del segundo acto. Aunque el timbre acusa ya, poco a poco, el paso del tiempo, nos dejó varias muestras de sus subyugantes facultades con este repertorio, como sucediera con el dúo en el que se entrelazan el 'Pur ch'io ti stringa al sen' de Ottone y el 'Bel piacer' de Poppea. El Nerone de Malena Ernman nos dejó sensaciones encontradas. Siendo evidente su entrega, su fiel trabajo al servicio de la propuesta de McVicar, no es menos cierto que pecó a menudo de cierto, y evitable, histrionismo, también presente en su resolución vocal. Ejemplar fue su 'Quando invita la donna l'amante' y el bello 'Tacerò, tacerò'. Bastante más problemas presentó en el aria di tempesta 'Come nube che fugge dal vento', con una emisión siempre muscular, tensa, de agilidad artificiosa.
   El Claudio de Selig resolvió su parte con solvencia, si bien con un material y una fonación ajenas al barroco. Sonó sin embargo francamente convincente en sus dos grandes páginas, el 'Cade il mondo' y el 'Io di Roma il Giove sono'. Logrado también el Pallante de Henry Waddington y muy reprochable el desempeño de Dominique Visse como Narciso. Completaba el cast el siempre eficaz Enric Martínez-Castignani como Lesbo, más requerido en esta ocasión como actor que como cantante.

   Por último conviene destacar, y mucho, el buen sonido extraído por Bicket de la orquesta titular del Liceo. Ya nos dejó Bicket más que gratas sensaciones al abordar Lucio Silla al cierre de la pasada temporada, destacando por su seguridad y naturalidad en el foso. Se confirma ahora, nuevamente, su buen hacer a muchos niveles: acertó en tiempos, dinámicas, texturas y destacó por su transparencia expositiva, por un lirismo comunicativo y sin excesos, con un historicismo matizado y bien cuajado, siendo además una batuta de concertación impecable con las voces. La orquesta del Liceo, tantas veces criticada (y con razón) va levantando poco a poco el vuelo. De dos años a esta parte a ido acumulando una lenta pero segura mejoría. Falta mucho por hacer, pero se antoja en el buen camino. Cabe destacar también aquí la excelsa labor del clavecinista Jory Vinikour, todo un virtuoso del instrumento y al que McVicar regala además un logrado número en escena.
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