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CRÍTICA: CONCIERTO DE PRESENTACIÓN DE LA BARBIERI SYMPHONY ORCHESTRA EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA DE MADRID. Por Raúl Chamorro Mena

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Autor: Raúl Chamorro Mena
4 de enero de 2013
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 LA BUENA DIRECCIÓN

1-1-2013 Teatro de la Zarzuela, Madrid. Concierto de Año Nuevo. Obras de Johann Strauss hijo, Franz Lehár, Josef Strauss y Josef Hellmesberguer hijo. Solistas: Lorena Valero (soprano), Enrique Ferrer (tenor). Barbieri Symphony Orchestra. Director musical: Óliver Díaz

      Si el hecho de que una nueva orquesta se presente ante el público es siempre un acontecimiento a destacar, aún lo es mucho más en los tiempos que corren de crisis, penurias y recortes en el mundo de la cultura. La Barbieri Symphony Orchestra formada por jovencísimos músicos procedentes de diversas agrupaciones, especialmente la JONDE, se presentó el primer día del año 2013 en el histórico escenario del Teatro de La Zarzuela con un concierto de año nuevo dedicado, como el tradicional de la sala dorada del Musikverein, a los valses, polcas y marchas del más puro sabor vienés.
      La orquesta necesita trabajo y conjunción, pero mostró, además de entusiasmo y entrega juvenil,  buenos mimbres y esa buena base que confiere el sello de la Joven Orquesta Nacional de España de la que proceden una buena parte de sus músicos. Estupenda resultó la labor de su director titular, el Gijonés Óliver Díaz que dirigió el larguísimo programa sin partitura y mostró toda la agilidad chispeante de estas composiciones con una labor siempre clara, firme y vibrante, participando de toda la tradición festiva de este repertorio (incluso en la polka "El tren del placer" compareció con el atuendo de ferroviario y tocó el correspondiente silbato).
      No siempre le respondió la orquesta que mostró algunas carencias, especialmente debilidad, falta de empaste en los primeros violines, cierta rigidez en la articulación, además de alguna que otra desafinación y entrada a destiempo. Se echó de menos un mayor sentido del rubato tan esencial en los valses, así como una mayor flexibilidad en una pieza como la obertura de El Murciélago, pero ese rubato sí apareció en la magnífica interpretación del vals Voces de primavera en la segunda parte y que fue lo mejor del concierto. A destacar asimismo la meritoria ejecución por parte de Díaz y la orquesta de la espinosísima Danse Diabolique de Hellmesberguer.
      La parte vocal del evento se situó en la primera parte, en la que el tenor Enrique Ferrer y la soprano Lorena Valero, bajo la atentísima batuta de Óliver Díaz, interpretaron fragmentos de diversas operetas de Johann Strauss II y Fran Lehàr. Ferrer, de emisión desigual, dura, muscular y en la gola, descuidado y vociferante, se peleó con la bellísima Dein ist mein ganzes Herz de El país de las sonrisas, absolutamente incapaz de traducir el lirismo e inspiradísima línea melódica de la pieza. Aún peor fue su previa interpretación de los couplets de El barón gitano con el apoyo de la partitura y en la que traslució que no se sabía la pieza y con la sensación de que cada sonido está colocado en un sitio, a pesar de lo cual, parece vislumbrarse un material de cierta entidad.
      Mucho más sensible y musical, la soprano valenciana Lorena Valero delineó una Vilja Lied de La viuda alegre un tanto desvaída y ayuna de fascino y Savoir faire, así como la romanza de Giuditta que tantas veces interpreta Anna Netrebko (con baile incluido) en sus recitales. La soprano valenciana, de atractiva presencia escénica, aunque un tanto falta de ángel, adolece de un registro grave totalmente inexistente y un centro débil y falto de redondez. El agudo gana en timbre y sonoridad, pero al no estar bien resuelto técnicamente, se traduce en sonidos fibrosos y destemplados. Ciertamente, frasea con compostura y así lo demostró en los dúos que interpretó junto a un deslabazado Ferrer: el bellísimo de Camille de Rosillon y Valencienne de La viuda alegre y el archifamoso vals (Lippen Schweigen) de la misma obra maestra de la opereta.
      El concierto respetó todas las tradiciones, incluido el disparo en la Polka A la caza  y terminó con la interpretación de El Danubio azul y la correspondiente Marcha Radetzky, en la que el maestro Díaz dirigió convenientemente las palmas del público, que se lo pasó muy bien y certificó con sus ovaciones el éxito de esta primera presentación ante el público de la Barbieri Symphony Orchestra.

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