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CRÍTICA: HARTH-BEDOYA DIRIGE A LA ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA CON OBRAS DE BERLIOZ, DVORÁK Y SAINT-SAËNS. Por Gonzalo Lahoz

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Autor: Gonzalo Lahoz
20 de enero de 2014
Foto: Richard Rodríguez
EN EL CAMINO

18/01/14 Madrid. Auditorio Nacional. Ciclo Sinfónico de la Orquesta Nacional de España. Obras de Berlioz, Dvorák y Saint-Saëns. Orquesta Nacional de España. Veronika Erbele, violín. Daniel Oyarzábal, órgano. Miguel Harth-Bedoya, director.

   Resulta cuanto menos curioso encontrar en la programación de la Orquesta Nacional de España dos conciertos seguidos con sendos aspirantes a su titularidad hace apenas un año. Finalmente fue David Afkham el elegido y tras su triunfal Titán mahleriana le tocaba el turno al peruano Miguel Harth-Bedoya, con el listón realmente alto. En el programa Berlioz y Saint-Saëns, de evidente sintonía, pasando por el Concierto para violín de Dvorák a cargo de la joven intérprete alemana Veronika Erbele.

  Sin menospreciar u obviar toda la belleza que este concierto para violín encierra, no encontró Dvorák en la forma de concierto su mayor expresión (hermosísimo el concierto para cello nº 2 y prácticamente olvidados tanto el primero para el mismo instrumento como el de piano) y sin embargo presenta una factura melódica, un juego de contrastes y estímulos nacionalistas intachables, más aún en las manos de una sensible violinista como Erbele, que a sus 24 años se postula como digna sucesora de toda una línea de afamadas intérpretes: Steinbacher, Hahn, Fischer, Batiashvili... por descontado Mutter, claro está, pero ella ya son palabras superiores.
  Se quejó ante Dvorák en su día Joseph Joachim, célebre violinista para quien en un principio el compositor escribió la obra aunque finalmente nunca llegara a tocarlo, de que la orquesta llegaba a resultar demasiado densa por momentos y, aunque se realizaron algunos cambios en la partitura, se dió buena cuenta de ello en el Auditorio Nacional con una dirección de Harth-Bedoya un tanto apelmazada, falta de lirismo llegado el final del segundo movimiento y que hizo quedar pequeño en ocasiones al violín de Erbele, que por otro lado sonó, aunque no persiguiendo el sonido más pulcro, sí agraciado, de sensitiva línea y entrega.
  Aplausos tras la interpretación que hubieran terminado en propina si Erbele hubiera querido, de hecho un servidor ha presenciado propinas de los llamados "grandes" por mucho menos, eso sí, previo acuerdo con los organizadores.
   Con anterioridad a todo ello abrió la noche la obertura El Carnaval romano de Berlioz, una buena prueba para las formas de Harth-Bedoya, que encontró una atinada vía de expresión a través del indómito ritmo de saltarello, que no dio tregua a la pareja de enamorados, eclosionando en un épico, brillante y desenfrenado final.

   Con los mimbres que dota Harth-Bedoya a cualquier partitura, otorgarle la direcció de la Tercera sinfonía de Saint-Saëns, con el maravilloso empleo del órgano creando una de las mayores densidades escuchadas en el sinfonismo francés y parte del extranjero, podría resultar una auténtica maravilla, o un desastre absoluto recargado de exceso y monolítico impacto sonoro. Por suerte la balanza se inclino más, mucho más, hacia el primer supuesto.
  A ello contribuyó el buen momento de la Orquesta Nacional de España, que mostró en todo momento un color aterciopelado, un terciopelo denso, un tanto acerado, que comienza a serle propio. Incisiva, nerviosa la cuerda en el Allegro moderato del primer movimiento, transformada en cálida, comtemplativa, mágica a la entrada del órgano (estupendamente llevado por Daniel Oyarzábal) hacia el final del mismo.
  En el segundo movimiento, de nuevo tensa la cuerda, recogió el buen hacer de maderas y metales, que junto a la bien llevada integración del piano (a dos y cuatro manos) con sus vertiginosas escalas construyeron, con la pauta de la transformación y evolución del primer tema, toda una bocanada de compacta sonoridad y homogéneo color.

  Gran noche para la Orquesta Nacional y gran noche para los asistentes. Este es el camino. ¡Qué siga la racha!
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