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CRÍTICA: KENT NAGANO DIRIGE 'PARSIFAL' EN MÚNICH. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
3 de agosto de 2013
Foto: Bavarian State Opera
UN ADIÓS DESCAFEINADO

Parsifal (Wagner). Bayerische Staatsoper, 31/07/2013

   Quizá quien escribe estas líneas se equivoque, pero si hay alguna obra que sólo admite lecturas excepcionales y memorables, esa es Parsifal. Cada representación de este título debería aspirar a suspender la conciencia del espectador, hasta ese punto en el que el tiempo se convierte en espacio (Zum Raum wird hier die Zeit, como dice Gurnemanz)
La representación que nos ocupa suponía el adiós oficial de Kent Nagano como director musical titular de la Bayerische Staatsoper de Múnich, al que sin embargo regresará frecuentemente como director invitado. En tanto que representación de despedida no resultó todo lo redonda que cabía esperar.

   Hemos escuchado varias veces a Christopher Ventris y tan sólo una, su Tannhäuser de París, nos dejó un sabor de boca inmejorable. En el resto de ocasiones, una compartida impresión se impone: un tenor cumplidor, sí, pero sin mayor virtud que esa general solvencia y seguridad. El timbre es el de un lírico pleno con algún sonido más dramático aquí y allá, suficiente para convencer en las partes wagnerianas que acomete. El problema fundamental en su caso es que artísticamente no ofrece nada personal, nada reconocible: detrás de esa voz solvente no hay otra cosa que un intérprete anónimo. Más entregado en su fraseo que el ausente Botha, eso sí, pero sin el descollante material de aquél, también es cierto. Así las cosas, Ventris no fue otra cosa que un Parsifal de perfil medio, nada memorable.

   No nos gustó la Kundry de Petra Lang, generalmente destemplada, con una afinación aproximativa desde un comienzo, gritando el agudo, incapaz de resolverlo con justicia, y abundando en la emisión de sonidos fijos, palpable resultado de una emisión tensa y muscular. Aunque se presenta a menudo como mezzo no estamos sino ante una soprano corta por arriba y por abajo que pretende suplir esas carencias con una frecuente sobreactuación en escena.

   K. Youn volvió a reeditar el magisterio de su Gurnemanz, del que ya hemos hablado aquí. Algún día habrá que reconocer a Youn su enorme valía, por más que no sea un cantante tan mediático como otros que no reúnen ni la mitad de facultades que él para serlo. Muy estimable también el Klingsor de Nikitin, el polémico barítono de los tatuajes nazis vetado por ello en Bayreuth. El timbre tiene ese ideal tinte melifluo y el gramaje justo de metal. Además frasea con enorme y lograda intencionalidad. Thomas Hampson era Amfortas y a pesar de lo desgarrador de la expresión, lo cierto es que el timbre, deshecho y estropajoso, no dejaba espacio para una resolución completa y lograda del rol.

   La puesta en escena de Konwitschny tiene algunas virtudes y otros tantos inconvenientes. Comencemos por las virtudes, que parten de una lograda escenografía articulada en torno a un gigantesco elemento central que hace las veces de sendero o de árbol, según se disponga en horizontal o en vertical. Este elemento presenta una transición gradual en su coloración, conforme evoluciona la "acción" en el libreto de Parsifal. Así, comienza siendo un sendero nevado durante el primer acto y termina siendo un árbol ennegrecido y muerto en el último acto, habiéndose mostrado entre tanto como un gigantesco árbol florido cuando intervienen las muchachas flor. También agrada la resolución del espacio donde se congregan los caballeros del grial. Amfortas y Klingsor aparecen caracterizados de igual manera, exagerando Konwitscnhk la marca de su condición por la castración, mostrada con gran crudeza. Esta identificación física entre ambos roles se presta, sin duda, a un notable desarrollo, aunque en escena se antojé  por desgracia, un tanto frustrado, como toda la propuesta en su conjunto.

  Nagano tuvo un desempeño irregular. Comenzó planteando un preludio extraordinario, de exposición lenta pero transparente, y poco a poco fue hilando una de cal y otra de arena, sonando a veces ruidoso y pesado, a veces sutil e inspirado.  Fue despedido con veinte minutos de aplausos, saliendo repetidas veces a saludar. Se echo de menos, en este sentido, y el público de Múnich así lo comentaba, algún detalle especial del teatro y su intendencia para el que ha sido su director titular durante los últimos años.
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