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CRÍTICA: 'LA FANCIULLA DEL WEST' EN LA STAATSOPER DE VIENA CON STEMME Y KAUFMANN. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
7 de noviembre de 2013
Foto: Michael Pöh
¡QUE VIENE LA SUECA!

La Fanciulla del West (Puccini) Staatsoper, Viena, 14/10/13

   Aunque quien firma estas líneas cada vez está más cerca de la controvertida opinión de Gerard Mortier sobre Puccini, lo cierto es que de vez en cuando no hace daño una buena dosis de melodrama italiano, con sus dosis de lacrimosa demagogia y sentimentalismo epidérmico. Todos somos un poco demagógicos y epidérmicos, para qué negarlo. En este sentido, está Fanciulla del West presentada en Viena reunía no pocos ingredientes para ser una cita de gran atractivo. El título se reponía en Viena por vez primera desde 1988. En anteriores ocasiones lo habían interpretado voces tan destacadas como las de Björling, Rosvaenge, Domingo, Bonisolli, Jeritza, Welitsch o Taddei. En esta ocasión el cartel ponía en escena a dos de las grandes voces del presente: Nina Stemme y Jonas Kaufmann. La primera ya había debutado el rol en 2011 y el segundo encarnaba por vez primera en Viena a Ramerrez.

   Nina Stemme es un torbellino, una fuerza de la naturaleza de las que hacen leyenda. Su firmeza técnica deja al oyente apabullado con esos ataques limpios y ese sonido penetrante y poderoso, casi violento. Ofreció algún sonido más duro y esforzado en los primeros compases, pero no tardó en calentar el instrumento. Por si fuera poco, no es intérprete que se conforme con las medias tintas, y compuso en consecuencia una Minnie aguerrida y temperamental, sí, pero con enormes dosis de lirismo ("Laggiù nel Soledad") y melancolía ("Io non son che una povera fanciulla"). Aunque no tenga especial fama en esta faceta, lo cierto es que se antoja una actriz muy esmerada, y aunque se eche de menos cierto ingenuo candor en algunas páginas, su Minnie presentó un creciente contraste y una lograda emotividad. Como hiciera Nilsson en su tiempo, esta otra sueca que es Nina Stemme llegó ya hace unos años a la primera línea de la lírica internacional, y lo hizo para quedarse. En este sentido, si se nos permite un toque de humor, no queda otro remedio que compartir la legendaria y cómica fascinación de José Luis López Vázquez por las suecas.
   Jonas Kaufmann,como Dick Johnson, proseguía su camino en una temporada plagada de debuts ya consumados o por venir (Manrico, Don Álvaro, Des Grieux...). Lo cierto es que Kaufmann lo tiene todo para ser un gran tenor, de los que hacen época. Presenta, sin duda, esa atractiva mezcla de valentía y seguridad que tienen los grandes. Es un intérprete seguro, versátil y con gran personalidad. Su medida ambición le está llevando a abarcar un repertorio que seguramente no imaginó ni en sus mejores fantasías. Un poco en la senda de Domingo, con su medida ambición está cada vez más cerca de abarcar un repertorio con igual presencia de roles wagnerianos, verdianos y puccinianos. Para nuestro gusto, Wagner será siempre su terreno natural, pero lo cierto es que sorprende la firmeza con la que se desenvuelve en territorio italiano. ¿Cuánto hace que no escuchábamos una media voz en un tenor interpretando Puccini? Ahí está la diferencia entre quienes interpretan este repertorio sin pena ni gloria (Berti, Giordani, etc.) y quienes lo hacen con un convencimiento que supera su natural idoneidad para este repertorio. Sea como fuere, los medios de Kaufmann están también a la altura del prestigio que se va granjeando. Posee una voz grande (aunque no enorme), potente y bien proyectada. Su técnica, tan personal como solvente, convence en última instancia por permitirle exhibir una más que apreciable y lograda gradación dinámica. Súmese a ello un agudo resuelto y por momentos restallante, un centro acariciador y un grave barítonal, y tendremos todos los ingredientes que permiten a un tenor consagrarse como un intérprete muy por encima de sus compañeros de cuerda a día de hoy, con muy puntuales excepciones.
  Así las cosas, su Dick Johnson fue una positiva sorpresa. Kaufmann, actor implicado aunque no brillante, interioriza con naturalidad lo que queda en Puccini del clásico héroe romántico y se afana constantemente en ofrecer un fraseo variado, lleno de inflexiones y lirismo ("Quello que tacete me l´ha detto il cuore" o "Siete una creatura d'anima buona e pura"). Agrada, y mucho, escuchar un Dick Johnson que acomete a media voz el "No, Minnie, non piangete" y que al mismo tiempo no se arredra un ápice ante algunos agudos desnudos y criminales como el de "Amai la vita, e l´amo, e ancor bella mi appare". No decepcionó tampoco en sus dos compromisos vocales más esperados, el exigente "Or son sei mesi", con esa criminal transición por el agudo en "la mia vergogna", y el "Ch'ella mi creda libero e lontano", desgranado con una gradación dinámica que pocos buscan en esta página.
   Tomasz Konieczny fue un Jack Rance decepcionante. Vociferante, de fraseo mediocre y emisión ventrílocua, quedó a mucha distancia de la pareja protagonista. El resto del amplio reparto masculino de comprimarios rindió a un nivel más que notable, destacando Sonora de Boaz Daniel y el Nick de Norbert Ernst.

   Welser-Möst, desde el foso, presentó un discurso sinfónico en demasía, buscando a menudo un sonido grande, brillante, epatante en sí mismo, aunque por lo general hueco y rutinario en su articulación. Se mostró al menos atento y cuidadoso en el acompañamiento a los cantantes en los pasajes más líricos, aunque abundaron las páginas de concertación alborotada, sobre todo en el primer acto. Los cuerpos estables de la Staatsoper volvieron a ofrecer el sonido brillante y firme que acostumbran, a la altura del prestigio que atesoran.

  La nueva producción puesta en escena, a cargo de Marco Arturo Marelli, responsable asimismo de la escenografía y la iluminación, situaba la acción en un West más próximo a nosotros, en un poblado minero norteamericano a mediados del siglo XX. El código plástico que expone Marelli, aunque un tanto naïf, se antoja atractivo a primera vista, aunque termina por antojarse reiterativo y falto de imaginación. La dirección de actores, aunque variada e intensa, no deja de ser muy convencional.
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