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CRÍTICA: 'LA FLAUTA MÁGICA' EN SABADELL. Por Albert Ferrer Flamarich

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Autor: Albert Ferrer Flamarich
9 de noviembre de 2013
Foto: Amics de l`Òpera de Sabadell
OPTIMISMO, SATISFACCIÓN Y DUDA

1-11-2013. Temporada 2013-14. Teatro de La Faràndula de Sabadell. Mozart: La Flauta mágica. Albert Casals. (Tamino). Eugènia Montenegro (Pamina). Toni Marsol (Papageno). Elisa Vélez (Reina de la Nit). Iván García (Sarastro). Papagena (Rocío Martínez). Jordi Casanova (Monóstatos). Laura, Vila, Marta Valero, Núria Vilà (Dames). Coro AAOS. OSV. Daniel M. Gil de Tejada, director. Pau Monterde, director de escena.  

   En un teatro de La Faràndula algo vacío debido al puente y al derbi futbolístico, la segunda de las funciones de la primera producción de la temporada de los AAOS combinó optimismo y satisfacción con duda. Lo primero por levantar telón con un presupuesto cada vez más anémico: han perdido el 50% de la subvención de La Generalitat a lo largo de los últimos cinco años, siguen sin apoyo del Ministerio de Cultura y, a saber, si aún están pendientes de cobrar alguna de las funciones del ciclo Òpera a Cataluña de la temporada pasada.
   Por los mismos motivos, surge la duda puesto que lo pactado para la presente temporada llegará tarde y mal. Es evidente que Cataluña se deshace a muchos niveles pero no la tenacidad de Mirna Lacambra, que tras 31 años de actividad no desfallece en su empeño. Y es de agradecer, sobretodo cuando su carácter luchador y su compromiso mantienen vivo un proyecto tan vital para la regeneración de la lírica como la Escola d'Òpera cuya función se ofreció el día anterior, el 31 de octubre.

  La propuesta ideada por uno de los equipos habituales, los profesionalísimos Pau Monterde y Miquel Gorriz, cumplió la expectativas en una puesta en escena con el atrezzo indispensable, vestuario propio y refuerzo del aspecto visual en la iluminación de Nani Valls y en el gesto como elementos dramáticos. Algo bien soslayado en un título con cambios de escena constantes, numerosos personajes y elementos de fantasía.
   El coro, cuya presencia es mínima en la obra, no gozó de la excelencia estimable, especialmente el masculino en el Acto II, con evidentes desequilibrios entre la cuerda tenoril y la de los bajos. La OSV cumplió bajo la batuta de Daniel Martínez Gil de Tejada en una ejecución correcta, sin deslices remarcables, cohesionada y secundando bien a los cantantes en un título en la que orquestra también es un elemento narrativo fundamental.

  En conjunto, aún con el brillo de algunas individualidades, sobresalió una impresión de trabajo en equipo, de equilibrio y organicidad entre las partes. Albert Casals ofreció su participación más convincente de todas las disfrutadas en el escenario sabadellense. Por tesitura, fraseo y comodidad de medios refulgió un canto sin el recordado registro agudo prieto de antaño, con amplitud de fiatto y un lirismo de buena ley aún con puntualísimas notas engoladas. Eugènia Montenegro fue una Pamina más discreta de lo previsible por puntuales desajustes en el apoyo diafragmático y redondez en la emisión, a pesar de la excelencia y matices en la línea y algunos hilados canoros. También le faltó soltura en los diálogos y recitados.  
   Toni Marsol (Papageno) fue justamente el más aclamado por su capacidad de llevar adelante la función con una sobresaliente prestación baritonal e indudables tablas y bis cómica. Aptas Elisa Vélez y Rocío Martínez en el extremo rol de Reina de la Noche y  Papagena. Convincentes el Monóstatos de Jordi Casanova y el Sarastro de Iván García por amplitud y volumen (aunque insuficiente en el registro grave), a la par que Marc Pujol (Orador) y los tríos de Damas (Laura Vila, Marta Valero y Núria Vilà) y Genios (María Arredondo, Mercedes Gancedo y Cecilia Ferrarioli).

   Recuérdese que la gran mayoría del elenco ha salido de esta cantera sabadellense que, como se ha reiterado en infinidad de ocasiones desde estas páginas, constituye la única alternativa operística catalana. La única opción de profesionalidad seria de la región. Una alternativa humilde que ofrece las oportunidades que el país y el Liceo como institución no han labrado en pro de un elitismo artístico y de intereses poco nobles de managers y agencias.
   Un elenco como el de Casals, Montenegro, Vila, Marsol, Pujol o Vilà son un triunfo tan importante como levantar telón. Son el reflejo de un trabajo esforzado y lento. Son la justificación y el aval de un proyecto que también es entidad, identidad y autenticidad de un país. Un país que somete a duda el optimismo y satisfacción que ellos despiertan. Y como viene siendo costumbre en las últimas temporadas, antiguos liceístas también ocuparon la platea de La Faràndula.
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