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CRÍTICA: 'LA NOVIA DEL ZAR' DE RIMSKY KORSAKOV, EN BERLÍN CON BARENBOIM Y TCHERNIAKOV. Por Alejandro Martínez

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Autor: Alejandro Martínez
27 de noviembre de 2013
Foto: Berliner Staatsoper
EN MEMORIA DE PATRICE CHÉRAU

La novia del zar (Rimsky-Korsakov). Staatsoper Berlín, 8/10/2013.

   Cuando Daniel Barenboim hizo aparición en el foso del Schiller Theater apenas habían pasado 24 horas desde que se conociese el fallecimiento de Patrice Chéreau, uno de los más destacados y brillantes nombres de la dirección de escena operística del pasado siglo XX y de lo que llevamos del XXI, desde su Anillo para Bayreuth a su reciente Elektra de Aix-en-Provence. Por eso, sin duda, quiso Baremboim comenzar la noche con unas breves palabras de sentido homenaje, invitando después a los presentes a guardar un minuto de silencio en memoria del finado regista, al que se dedicó así la función que comentamos.

   La novia del zar es una partitura por redescubrir y no cabe sino celebrare el empeño de Barenboim para ponerla en valor con estas representaciones berlinesas, en una producción que se retomará después en Milán y que aquí inauguraba la temporada 13/14 de la Staatsoper en su sede en el teatro Schiller, mientras continúa la lenta restauración de la ubicación original en Unter den Linden. Ya pudo verse este título en 2011 en el Covent Garden, en otra producción distinta y con Mark Elder en el foso.
  Digamos de entrada que la orquestación de Rimsky-Korsakov es fascinante, de un colorido y de una imaginación que asombran. Quien no conozca esta música tiene una estupenda ocasión de descubrirla con el notable registro que dejase Gergiev para Philips con las huestes del Mariinsky. En esta música encontramos una escritura vocal por momentos belcantista, siempre melódica, con influjos del folclore tradicional ruso y con un enorme eclecticismo preñado de vanguardia, con pasajes de enorme virtuosismo y con un vibrante sentido teatral, lleno de tensión y lirismo. Otra obra fascinante de Rimsky, La leyenda de la ciudad invisible de Kitezh, podrá verse este año en el Liceo.

   En comparación con esa música inspiradísima, lo cierto es que el libreto adolece de no pocas flaquezas, constituyendo todo un reto su puesta en escena de un modo atractivo e inteligible, escapando además a un cierto rancio historicismo que se consolidó durante mucho tiempo como la única fórmula posible para poner en escena el riquísimo y variado repertorio operístico ruso. El cartel de esta producción (arriba representado) es una clara crítica en este sentido. El polémico Tcherniakov, que ya había trabajado anteriormente con Baremboim en torno al repertorio ruso con El jugador de Prokofiev en 2008, era aquí de nuevo el encargado de tal empeño y cabe decir que asistimos a uno de sus mejores trabajos. Se repiten, es cierto, muchas de sus claves, incluso en el código puramente estético que maneja, y de nuevo resalta su esmeradísima dirección de actores, mimada hasta el último detalle. La acción del libreto se sitúa originariamente en la Rusia de Iván el Terrible, en pleno siglo XVI. Curiosamente, el Zar es precisamente el único personaje que no tiene voz en la ópera, a pesar de que ésta gira en torno a su figura. El libreto así lo prescribe y Tcherniakov se apoya en esta suerte de eje vacío para contarnos las intrigas políticas que el libreto recoge, encaminadas a encontrar una esposa al Zar. Tcherniakov sitúa la acción así en la sociedad de la comunicación que nos ha tocado vivir. De ahí que la escena se abra con un croma, un estudio de grabación de televisión y una serie de mesas de mezclas y ordenadores, en torno a los que varios personajes intrigan sobre la posibilidad de crear un zar virtual, al tiempo que se da cuenta de todo un casting orientado a buscar a la pretendiente adecuada. La historia recurre después a filtros de amor y otros recursos un tanto arquetípicos, propios del romanticismo musical, con los que la propuesta de Tcherniakov no casa tan bien, por lograda que sea la idea de partida, con esa búsqueda de una esposa real para un zar virtual. Sea como fuere, estamos sin duda ante uno de los trabajos más compactos y solventes de Tcherniakov.

   En el apartado vocal, nos gustó mucho la mezzo Anita Rachvelishvili, sin duda la triunfadora de la noche, mostrando un caudal bárbaro, bien domeñado, así como unas dotes actorales más que estimables, con una implicación absoluta en escena. Su rol en esta ocasión, Lyubasha, presentaba además no pocos escollos vocales que resolvió con sobrada solvencia. Nos quedaron ganas, sin duda, de escucharla en otros papeles que acostumbra a cantar, como el de Carmen. Junto a ella, la soprano Olga Peretyatko encarnaba Marfa Sobakina. A pesar de algún eventual apuro en su primera intervención, lo cierto es que fue a más conforme avanzó la representación, redondeando una faena más que aseada en su última escena, casi una escena de la locura al modo de la Lucia de Donizetti. El timbre de Peretyatko no es grande, aunque está proyectado con regularidad. No es tampoco el suyo el material de una ligera ligerísima, con coloratura descollante y agilidad virtuosa. Su voz de hecho tiene algo más de consistencia, sin ser tampoco el de una lírica pura; es más bien el de una ligera algo corta en los extremos. Su mayor desenvoltura está así en los pasajes de canto más regulado y sostenido, de expresión más bien elegíaca, antes que en las páginas ágiles, rápidas y de mayor carácter.
   Martin Kränzle, quién fuera Klingsor en el Parsifal concertante que escuchamos en el Teatro Real, era aquí el oprichnik Grigory Cryaznoy. Volvió a demostrar sus dotes comunicativas y lo atractivo de su timbre para dar voz a personajes malévolos, aunque pasó algún apuro evidente con la tesitura de su parte. Nos hacía mucha ilusión escuchar a la veterana Anna Tomowa-Sintow, ya de hecho retirada de los escenarios, pero repescada aquí para la pequeña parte de Saburowa. Lo cierto es que nos sorprendió encontrar una voz tan fresca y dúctil para la edad que atesora, con un timbre todavía hermoso. En contraste, el timbre ajado y ya vergonzante de Anatoli Kotscherga dio voz a un Vasili Sobakin sin interés alguno. El tenor Pavel Cernoch fue un discreto Lykov, lo mismo que la mezzo Anna Lapkovskaja en la piel de Dunjascha, la hermana de Marfa.

  Barenboim volvió a hacer gala de su versatilidad y buen hacer, aunque su planteamiento se nos antojó germanizante en demasía, con una sonoridad en exceso sinfónica, menos teatral de lo que la partitura pretende y demanda. Logró, en todo caso, extraer un sonido espléndido de la Staatskapelle berlinesa, que rindió con la misma excelencia que acostumbra.
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