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CRÍTICA: 'L'ELISIR D'AMORE' EN EL TEATRO REAL CON JORDI, TILLING, CARBÓ Y BORDOGNA. Por Raúl Chamorro

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Autor: Raúl Chamorro Mena
12 de diciembre de 2013
Foto: Javier del Real
  PICCOLINO ELISIR
 
L'ELISIR D'AMORE (Gaetano Donizetti). Madrid, Teatro Real, 9-12-2013. Ismael Jordi (Nemorino), Camilla Tilling (Adina), José Carbó (Belcore), Paolo Bordogna (Dulcamara), Mariangela Sicilia (Gianetta). Dirección musical: Marc Piollet. Dirección de escena: Damiano Michieletto.

   En otras épocas caracterizadas por el apasionamiento de los públicos operísticos, en los que florecían las rivalidades entre cantantes, sostenidas por las facciones que apoyaban a unos y otros, podrían haberse vivido estas funciones del L´elisir d'amore como una especie de sano enfrentamiento, en un papel tan emblemático como Nemorino, entre dos jóvenes tenores españoles con cierta proyección internacional actualmente como son Celso Albelo e Ismael Jordi. Hoy día las circunstancias son muy distintas y el fervor, la pasión visceral, están muy mal vistas no sólo en los teatros operísticos, sino en todos los ámbitos de la vida. Incluso nos encontramos a tenores que se cogen una pataleta en una red social de Internet porque les abuchean en La Scala de Milán un día de Santo Ambrogio, cuando en dicho templo operístico han "recibido" desde Bergonzi a Pavarotti, pasando por Caballé o Carlos Kleiber. También es verdad que carecemos desgraciadamente, de esas personalidades vocales y escénicas que puedan ser caldo de cultivo de esas rivalidades. Es más, escuchada esta segunda distribución del capolavoro donizettiano, se puede comprobar que estamos ante una vuelta de tuerca más al objeto de acercar la ópera al mundo del crossover.
   A lo que sí dan lugar estas representaciones de la gran obra donizettiana es a un nuevo debate y reflexión sobre los criterios de la dirección del Teatro Real a la hora de seleccionar y contratar las voces. Hay que insistir, una vez más, que no se trata de exhibir aquí un mal entendido y trasnochado localismo. En el teatro de ópera de la capital de España deberían desfilar los mejores cantantes, vengan de donde vengan. Ahora bien, cuando uno escucha una supuesta soprano como Camilla Tilling y digo supuesta, porque más bien parecía una cantante de música ligera, dadas las dimensiones y calidades de su instrumento vocal, perpetrar semejante simulacro con Adina, uno no se explica que se traiga a una cantante sueca para dar un nivel al alcance de muchas alumnas de cualquier conservatorio del territorio nacional. Cuando, además, concurre que a una soprano como María José Moreno, se le ofreciera el papel de Giannetta para estas representaciones, uno solo puede expresar perplejidad. Efectivamente, Tilling que ya había comparecido recientemente en las temporadas del Teatro Real como Melisande y el ángel (debidamente amplificada) de Sant François d'Assise en el Madrid Arena, interpretó una Adina melindrosa,  gazmoña, ayuna del mínimo idiomatismo y espontaneidad. Todo ello con un hilito de voz, prácticamente inaudible en la mayor parte de la representación, de una indigencia tímbrica difícilmente encuadrable en un cantante de ópera. Resultó sonrojante escuchar a una Adina con la mitad de voz que la soprano que cantó Giannetta. Asimismo, una línea de canto canto absolutamente dislocada, sin legato, sin apoyo, sin timbre, sin asomo de pasaje de registro. Una sucesión de sonidos fijos, ásperos, agudos calantes, sin la mínima expansión y colocación, siempre abiertos y desabridos. Mejor ni hablar de cómo se resolvieron los intentos de emitir alguna nota grave. Su aria del acto segundo "Prendi, per me sei libero" y la subsiguiente cabaletta "Il mio rigor dimentica" pueden perfectamente servir de ejemplo del más acrisolado disparate belcantista.

   A su lado, un sonido tan pobretón como el del tenor Ismael Jordi podía pasar como el de un primo tenore. Mucho mejor que en el pasado Stabat Mater rossiniano (como era previsible), el jerezano interpretó su ya bien rodado Nemorino (el que escribe estas líneas ya se lo pudo escuchar hace 10 años en Sevilla con Mariella Devia como Adina) de una expresividad adecuada, que resulta auténtica y creíble para el espectador. Vemos sobre el escenario, quizás algo exageradamente todo hay que decirlo, el palurdo de sentimientos nobles y sinceros, el simple de gran corazón, el ingenuo con el que simpatiza el público desde el primer momento. Una caracterización y unos movimientos escénicos sensiblemente distintos a los de Albelo. La voz de Jordi es la que es, corta, falta de brillo, escasa de armónicos, limitadísima de volumen, presencia sonora y proyección, pero el tenor intenta siempre buscar la variedad en su canto y frasea con cierta inspiración y fantasía. Así pudimos escuchar bellas sfumature en "Chiedi al rio perché gemente" del dúo del acto primero y en el paradigmático cantabile melancólico donizettiano "Adina credimi te ne scongiuro". En su aplaudida "Furtiva lagrima" aplicó apreciables smorzature  en "lo vedo",  "di più non chiedo" y una resaltable messa di voce conclusiva. Por cierto, que cantó la famosa aria en el tejado del "Bar Adina" abrazado a las letras del nombre de su amada, a diferencia de Albelo que no lo hizo así, al parecer, por problemas de vértigo. Perfecto, el que firma estas líneas siempre apoyará al cantante y que se encuentre lo más cómodo posible de cara a algo tan complicado como es el canto, frente a las exigencias de cualquier regista.
   Pésimo el Dulcamara de Paolo Bordogna de timbre mate, seco y duro. Desguarnecido en el registro grave, en el que surgieron sonidos propios de ventrilocuo, sin cuerpo en el centro y abierto en el agudo, siempre emitidos a la buena de Dios. La vulgaridad y descuido del arte de canto, así como su encarnación de Dulcamara -distinta a la de Schrott pero igualmente errada-, completaron el desaguisado de su interpretación. Una pena para un cantante que parecía querer hacerse con el testigo de la tradición buffa italiana (Bruscantini, Dara, Corbelli...).
   Irrelevante dentro de la dignidad el Belcore de José Carbó, grisáceo en lo vocal, impersonal y plano en lo interpretativo. Esta
diversidad en la caracterización de los personajes (especialmente respecto a Dulcamara) denotan la falta de coherencia y claridad de ideas en la dirección escénica, de la que ya hablamos largo y tendido en la crítica de la primera distribución vocal y que cada vez más, parece reducirse a una idea inicial y poco más.
   Donde no hubo cambio alguno fue en la dirección musical de Marc Piollet, toda vez que el encefalograma plano continuó llano, llano, sin relieve alguno en su contumaz sopor.
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