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CRÍTICA: NATALIE DESSAY DICE ADIÓS A LA ÓPERA CON 'MANON' DE MASSENET, EN TOULOUSE. Por Alejandro Martínez.

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Autor: Alejandro Martínez
3 de agosto de 2013
Foto: Patrice Nin
ADIEU, NOTRE PETITE

Por Alejandro Martínez

29/09/2013. Théâtre du Capitole, Toulouse. Manon (Massenet).

   Natalie Dessay ha decidido decir adiós a la ópera. Se trata, sin duda, una decisión tan difícil como valiente, y en la que, aventuramos, habrán llevado igual pesó los factores ligados a su maltrecha salud vocal como cuantos se refieren a los crecientes peajes que debe pagar una gran estrella de la ópera como ella para mantenerse en lo más alto de este espectáculo. Su marcha no es una buena noticia, desde luego, para quienes amamos su arte y apreciamos su personalidad. En cualquier caso, no es momento para lamentarnos por su adiós, sino ocasión para reconocer y celebrar su valía. Y es que Dessay ha dado tanto a la ópera de las últimas décadas: Zerbinetta, Ophélie, Olympia, Marie, Lucia, Sonnambula, Mélisande... Y ha escogido Manon, en el recogido teatro del Capitole de Toulouse, para decirnos adiós. El papel está trufado de frases que uno se pregunta si no hablan de la propia Natalie, de su personalidad y sus circunstancias. Como ese 'Profitons bien de la jeunesse... Nous n'avons encor que vingt ans', a modo de espléndido resumen de esa vitalidad inherente que transmite, incluso al decir adiós.

   Y es que esta obra es, de algún modo, el resumen mismo de su trayectoria. Desde esa joven risueña, curiosa e inexperta del primer acto, a la mujer cansada, herida y vencida del último cuadro, pasando por la mujer coqueta y deslumbrante que centra la atención de los focos en mitad de la ópera. Dessay, de alguna manera, como Manon, se ha divertido, ha soñado, se ha entregado en cuerpo y alma y ahora, fatigada, desea pasar página. Sólo cabe decirle gracias y desearle buena suerte. Si algún día decide retomar las tablas operísticas, le esperaremos con los brazos abiertos.

   Lo cierto es que Dessay, a quién ya habíamos disfrutado antes como Manon, dio muestras de una marcada irregularidad vocal. La voz, por momentos áfona, por momentos brillante, parece fatigada y apenas queda ya rastro de esa facilidad luminosa y deslumbrante que le hiciera triunfar. Hay, por supuesto, material suficiente para seguir deleitando al público con sus dotes vocales, ya sean las agilidades del 'Je marche sur tous les chemins... Obéissons' o ya sea el lirismo de 'Ne c'est plus ta maine'. Resultó conmovedora, como era de esperar, en el 'Adieu, notre petite table', una obra maestra de expresividad y emoción. Y es que sean cuales sean las condiciones vocales, sobre todo, resta intacta en Dessay esa intérprete inmensa, actriz consumada, que expresa constantemente, a cada gesto, a cada paso. La personalidad de Dessay es arrolladora y su despedida como Manon es de una sencillez y elegancia dignas de elogio.

   Charles Castronovo es uno más de la hornada de jóvenes tenores al alza en nuestros días, al lado de Grigolo y compañía. Quizá Castronovo sea el más apreciable e interesante de ellos, junto a Michel Fabiano. El material es más que apreciable, sombreado, con un centro firme y sedoso, y con un agudo algo envarado y fibroso, por mor de un pasaje resuelto en falso. El fraseo es gallardo y bravo en exceso, aunque hace gala de un constante y logrado lirismo. La media voz, aunque artificiosa, logra un sonido convincente por momentos. En conjunto, un buen material en manos de una técnica algo rudimentaria y al servicio de una interpretación entregada pero de pocos contrastes. El rol de Des Grieux no es nada fácil y lo cierto es que lo sacó adelante con valentía y entrega, que no es poco.


  El maestro López Cobos, al que no hace mucho entrevistamos en estas páginas ofreció una dirección de ritmos muy marcados, un tanto excesivamente en el primer acto, pero con un sentido neto y continuado del lirismo, subrayando la constante melodía que articula esta bellísima partitura de Massenet. Aunque menos inspirado que en anteriores Manon, como la de París hace varios años, con Renée Fleming y Marcelo Álvarez, mostró su habitual solvencia desde el foso, más atento a las voces aquí que en otras ocasiones. A sus órdenes, los cuerpos estables de la ópera de Toulouse, orquesta y coro, respondieron a un nivel muy alto aunque sin deslumbrar. Asimismo, ya fuera por iniciativa suya o no, lo cierto es que se presentó una versión muy completa de la partitura, lo que es de agradecer en un título a menudo mutilado sin contemplaciones.

   La propuesta escénica de L. Pelly se nos antojó decepcionante en líneas generales, con momentos de una pobreza y feísmo casi cómicos. Lo cierto es que sorprende que una producción de este minimalismo mal entendido, tan hueca por momentos, sea una coproducción de cuatro teatros de gran envergadura, como lo son el Met de Nueva York, el Covent Garden de Londres, la Scala de Milán y el propio Capitole de Toulouse. Si por algo destaca la labor de Pelly, eso sí, es por una esmerada dirección de actores, eficaz asimismo en el manejo de los coros y las escenas más abigarradas.

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