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CRÍTICA: "NOYE'S FLUDDE" DE BRITTEN EN WIESBADEN. Por Alejandro Martínez

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5 de noviembre de 2013
Foto: The Noye`s Fludd
WHEN GOD WAS A CHILD

   Cuando Benjamin Britten escribió The Noye´s Fludde consiguió romper una de las fronteras más anquilosadas del oficialismo musical: la separación entre la interpretación profesional y la interpretación amateur. Con esta partitura coral, que requiere la contribución de toda una comunidad, Britten logró hacer mucho más que un guiño a la deuda impagable que la música seria guarda con respecto a la música popular y cotidiana, ya se trate de la música melódica tradicional o de la música de la liturgia.

   El propio Britten quiso además que esta partitura se representase en un espacio comunitario, preferiblemente una iglesia, y no en un teatro al uso. De hecho, Britten invita a la congregación de fieles, aquí espectadores, a unirse a la representación, interpretando conjuntamente tres himnos sumados al libreto original, tomado de un misterio del ciclo de Chester, del siglo XV. Cuesta describir en palabras la emoción que supone verse inmerso en ese contexto, con todos los asistentes contribuyendo a la recreación coral, con un empaste y afinación que cuesta imaginar fuera del entorno educacional luterano. Britten, en esta partitura, sobre todo cuando es representada en tan logradas condiciones como se hizo en Wiesbaden, obra el milagro de lograr que la música arrebate hasta el punto del llanto. Y lo hace sin sin recurrir a artificios y grandilocuencias; simplemente con una música que derrocha amor y pasión.

   La representación que nos ocupa tuvo lugar precisamente en la Lutherkirche de Wiesbaden, un espacio de fascinante coloración y espléndida acústica. La obra de Britten llegaba allí como encargo al equipo escénico liderado por Rafael R. Villalobos, ganador del Premio Europeo de Dirección de Escena Operística promovido por Camerata Nuova. Para la ocasión se reunió una pequeña orquesta de cámara, integrada por músicos de Camerata Nuova junto a algunos jóvenes intérpretes. Jörg Endebrock estaba al frente de la dirección musical, llevando con pulso eficiente una partitura de una riqueza desbordante y no siempre de fácil interpretación, dada su riqueza y variedad, donde encontramos desde recursos onomatopéyicos a un inspirado pasacalles, pasando por las constantes citas a la música luterana. La pareja de adultos protagonistas, el Noé del barítono Markus Flaig y su esposa, la mezzo Barbara Morlock, ofrecieron una prestación vocal más que digna, acrecentada por una voluntariosa y lograda entrega actoral.

   La propuesta escénica de Rafael R. Villalobos traduce a la perfección la voluntad con la que Britten escribiera esta partitura. Con asistencia de Marta Delatte, escenografía de Rafael Merino y vestuario de Sara Roma, el equipo consigue hacer de la necesidad virtud.  Manejando unos recursos austeros y acomodándose a la singular disposición de la iglesia, que es ya una escenografía en sí misma, Villalobos desarrolla el fascinante universo teatral de Britten con una sorprendente facilidad, como si manejar a más de medio centenar de niños fuese tarea fácil. Ese universo infantil está presente durante toda la representación, llevado además con un mimo y una poesía dignos de elogio. Sorprende en este sentido la naturalidad con la que los niños/animales van discurriendo por la representación, en sus variados cometidos, asumiendo sus respectivas coreografías, sintiendo la importancia de su contribución a la representación. Era inevitable salir de allí con el 'Kyrie eleison!' de los niños resonando en la memoria. La resolución escenográfica también merece elogioso comentario. Como decíamos, la propia Lutherkirche es ya un escenario en sí mismo, pero no es fácil asumir esa solidez dada de antemano para dar vida a una propuesta ágil y con personalidad propia. Pero lo cierto es que, sin que el espectador apenas lo perciba, el púlpito y la cruz se revisten levemente para recrear el palo mayor del barco. Con gran naturalidad, y sin necesidad de grandes artificios, el arca de Noé está ahí y la Lutherkirche se ha transmutado en un escenario al uso.
  La muestra más talentosa del buen hacer de Villalobos reside, sin duda, en un detalle minúsculo, quizá, pero de alcance mayúsculo a nuestro entender. Y es que el papel de Dios, un rol que suele interpretar un adulto, masculino, es aquí reinventado en la voz de una talentosa niña, Rosa Krausman, una adolescente con unas fascinantes dotes teatrales para la declamación. De un sólo trazo, Villalobos consigue dignificar toda la centralidad del universo infantil en esta obra. Y es que cabe el riesgo, ante esta partitura, de infantilizar en exceso el discurso, tentación que se evitó en Wiesbaden enfrentando de cara el reto y tratando muy en serio la contribución de los niños al espectáculo global. En este sentido, cabe mencionar el esforzado trabajo de los niños con mayor protagonismo solista, los hijos de Noé, Sem (Julian Braun), Ham (Cornelius Kaspar), Jaffet (Sebastian Faber) y sus respectivas esposas (Hannah Poralla, Ricarda Mencke y Annerieke Sante).

   En conjunto, pues, disfrutamos en Wiesbaden de un trabajo lleno de sentido, de amor por la música, pensado por y para los niños, volcado en recrear ese límite desdibujado por Britten entre la música amateur y la música profesional, dando como resultado un espectáculo coral de impecable factura. Salimos de la Lutherkirche emocionados ante el entusiasmo y la sinceridad con las que puede darse vida a la música... y música a la vida.
Autor:Alejandro Martínez
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