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CRÍTICA: TEODOR CURRENTZIS DIRIGE EL 'RÉQUIEM' DE VERDI EN EL TEATRO REAL. Por Raúl Chamorro Mena

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Autor: Raúl Chamorro Mena
6 de julio de 2013
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Foto: Javier del Real
 TEATRALIDAD SIN HONDURA
 
03/07/2013. Teatro Real. Giuseppe Verdi: MESSA DA REQUIEM. Lianna Haroutounian (soprano), Violeta Urmana (mezzosoprano), Jorge de León (tenor), Ildebrando D'Arcangelo (bajo). Coro de la Comunidad de Madrid. Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Director musical: Teodor Currentzis.  

     La única obra verdiana programada por el Teatro Real en este año 2013 en que secelebra el bicentenario de su nacimiento y encuadrado dentro del ciclo "Las noches del Real", es su monumental y sublime Réquiem, estrenado en 1874 en la Iglesia de San Marco de Milán, justo un año después del fallecimiento del escritor Alessandro Manzoni a quien el compositor dedicó esta genial creación. Una misa de difuntos donde predomina, como no podía ser de otra manera, el carácter operístico sobre el puramente litúrgico, pero que constituye una fascinante reflexión sobre la vida, la muerte, las dudas e incertidumbres en cuanto a la significación del hombre en el mundo, el sentido de la vida, su postura ante el hecho religioso y ante el momento supremo de la muerte. En definitiva, una cumbre del inmenso humanismo verdiano.
     Teodor Currentzis volvía al Real después de su Macbeth, no exento de interés, interpretado el pasado mes de diciembre. Con su gesto extravagante y ampuloso propuso una versión plena de nervio y con audaces contrastes dinámicos, resaltando en todo momento el fuerte elemento teatral de la composición, si bien faltó emoción, hondura y transcendencia. Espectaculares los dies irae, de gran aparato sonoro, e interesantes las variaciones de tempi, así como apreciables (pero nada más) las prestaciones del coro (no terminó de empastar bien el de la casa con el de la Comunidad de Madrid) y orquesta.
    Faltaron al conjunto de la labor del director ateniense capacidad analítica y ese acabado, ese clímax emotivo, que deja huella en el espectador. Como sucediera en el referido Macbeth, marcó el ritmo con perceptibles zapatazos sobre el podio, que si son reprobables en el foso, no digamos ya en la interpretación de un Requiem. También se echó de menos un mayor trabajo y estímulo a los cantantes, especialmente el fraseo de tenor y soprano.
      Violeta Urmana, que parece volver a la cuerda de mezzo (se anuncia este verano en Verona como Amneris), aquí sin problemas con la tesitura derivados de la erosión de su registro agudo y liberada de su falta de teatralidad, de ese obstáculo que constituye su escaso temperamento, exhibió en todo su esplendor su centro mórbido, bello, cremoso y esmaltado, así como su gran clase como vocalista y su fraseo nobilísimo y señorial. Fue la mejor del cuarteto con mucha diferencia.
      No se puede negar la calidad del material de Jorge de León, un tenor lírico-spinto de tintes recios y viriles, con agudos potentes y squillanti, que dada la escasez de tales voces en la actualidad, provoca comprensibles adhesiones. Todo ello no puede ocultar que el fraseo es pedestre donde los haya, monocorde, ayuno de matices y la emisión, irregular con sonidos bailones y abiertos, incorrectamente apoyados. El canario, incapaz de la mínima regulación de las intensidades y con la afinación, aunque mejorada, lejos de ser segura, abordó uno de los "Hostias" más deficientes que uno pueda escuchar, sin atisbo, no ya de mediavoz que sería una pura entelequia, sino de canto piano, recogido y mórbido. Se defendió mejor en el "Ingemisco" que coronó con un brillante si bemol, uno de sus impactantes "pepinazos".
       Aseadísimo, musical y elegante Ildebrando D'Arcangelo, fuera de juego en este repertorio ya que su sonido adolece de falta de anchura, amplitud, rotundidad, pastosidad y timbratura, incapaz de llenar la frase Verdiana. Todo ello quedó de manifiesto en el "Confutatis", así como la escasa entidad de los graves y los agudos taponados, pobres de metal, en una voz más propia del Figaro mozartiano.
        La soprano armenia Lianna Haroutounian, que recientemente pudimos ver en Londres sustiuyendo a Anja Harteros como Elisabetta de Valois en Don Carlo, naufragó en su importantísimo cometido. En primer lugar dada la inexistencia de registro grave que provocó momentos embarazosos en el grandioso Libera me ("Libera me, Domine di morte eternain dies illa tremenda...", "Tremens factus, sum ego et timeo"... con abundantes sonidos abiertos e inaudibles), en segundo lugar, porque la soprano frasea con una vulgaridad pasmosa, ayuna de la mínima elegancia y clase. Apenas una voz sonora y algunas notas altas potentes y timbradas (junto a otras desabridas) ofrece esta soprano en medio de un canto falto de delicadeza, de elegancia, de clase, siempre en forte y una técnica deficiente y somera, que no le permite regular el sonido, filar o apianar una nota.  
 
Foto: Javier del Real 
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