Aurelio Martínez Seco escribe sobre el genial pianista y director de orquesta argentino Daniel Barenboim
Daniel Barenboim, el genio influido
Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Asistir a un concierto dirigido por Daniel Barenboim es uno de los mayores privilegios que se pueden tener, el ofrecido por un gigante cuya poética se ha desarrollado a hombros de gigantes. Al analizar La música despierta el tiempo, pusimos de relieve la profundidad filosófica y musical de un mensaje que se nutre de algunos de los más destacados filósofos y músicos que han existido. Y como nada sale de la nada, Barenboim se ha ido desarrollando como un genio, teniendo algunos modelos presentes.
Algo querrá decir que los más prestigiosos músicos de cada época citen siempre los mismos nombres. Hablando del campo pianístico, Vladimir Horowith, por ejemplo. Ahí tenemos a Martha Árgerich y su virtuosísmo preciosista y magnético como testimonio de reverencia al gran Horowitz. Más difícil es concretar las virtudes de los grandes artistas. Hay, en el campo de las artes, un misterio sagrado fetichizado y un misterio divino fetichizante, cuyo enigma sin duda existe pero que también admite certezas que obligatoriamente hay que poner sobre la mesa si es que se quiere entender algo en lo que a «valor artístico» se refiere.
En el terreno de la dirección orquestal, se observa en Barenboim una obvia influencia del director de orquesta rumano Sergiu Celibidache, no sólo por la búsqueda de cierta lentitud en algunas ocasiones, una característica frecuente en los más grandes, pero que el genial maestro rumano entendió como una postura límite normalizada en su manera de hacer música. Pero no es la lentitud una característica que idenfique el estilo de Barenboim. La técnica conductora de Celibidache se siente en él palpitando en el fondo, al igual que su idea de Autoridad ante la orquesta y en su forma de hacer algunas partituras.
No todo en la vida es triturable ni destructible. Tener esta perspectiva como precepto nos parece un error salvo que lo aplique un verdadero genio filosófíco. Así, cabe reivindicar la figura de Heinrich Schenker a través de Celibidache, no porque la estructura schenkeriana esté detrás de la conciencia musical de los compositores sino porque, pudiendo estarlo en algún caso excéntrico, creemos que dicho marco conceptual ha podido contribuir a dotar de mayor claridad algunos pasajes orquestales tradicionalmente borrosos. Así, al final del primer movimiento de la preciosa Sexta sinfonía de Bruckner, Celibidache da la impresión de haberse embebido del concepto de Urlinie para clarificar ciertas líneas que, en la mayoría de los directores, o no se muestran, o lo hacen desdibujadas, como en un desorden poco reconfortante. Nos parece que la divinidad de Karajan o la de Bernstein no llegó a entrever, o quizás compartir, el potencial del hallazgo celebidachiano en esta obra, pero sí lo encontramos en Barenboim, maestro que en esta partitura creemos apreció su aportación, sobre todo en la versión de 1978, cuando un joven Daniel Barenboim la grabó con la Sinfónica de Chicago.
De la misma forma, vemos que la poética de Furtwangler, no siempre bien entendida por numerosos críticos, posee un potencial artístico singular, una mezcla de pasión y entrega a la Idea de Arte musical, de conciencia poética trascendental, de humildad ante el hecho artístico, que no tiene que ver con dar más peso a lo estructural o a lo técnico, a lo alegórico y moral, sino con cierto hallazgo o actitud general ante el proceso, capaz de generar momentos musicales inesperadamente sublimes.
Pero Barenboim no sería un genio de la música sino hubiera en él algo genuino valioso y diferenciado, que fuera más allá de la mezcla enigmática de las influencias poéticas de, entre otros, Celibidache y Furtwangler, este último el director al que, según confiesa en La música despierta el tiempo, más admira. Hay en Barenboim una potente profundidad estrictamente musical, autogórica, vamos a decir simplificando, de lógica estructural, de conocimiento formal, armónico, del fluir sonoro, que pesa. Nos parece que esta sabiduría, cuando se mezcla con cierto fulgor alegórico de argentino universal, nos revela un proceso artístico del más alto atractivo y potencial.
En agosto, Daniel Barenboim volverá a ponerse al frente de la West-Eastern Divan Orchestra con el violonchelista Yo-Yo Ma y la violinista Clara-Jumi Kang como solistas para afrontar una gira de conciertos por Europa, todos de importancia histórica.
Foto: Fernando Frade / Codalario
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