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Crítica: Daniele Gatti, Gautier Capucon y la Staatskapelle Dresden en Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
21 de mayo de 2026

Crítica de Raúl Chamorro Mena del primero de los dos conciertos ofrecidos por la Staatskapelle Dresden en Ibermúsica, bajo la dirección de Daniele Gatti y con Gautier Capucon como solista

Daniele Gatti y la Staatskapelle Dresden en Ibermúsica

Conexión Wagner-música francesa

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 20-V-2026, Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Parsifal Acto III: Preludio y encantamientos del Viernes Santo (Richard Wagner). Concierto para violonchelo nº 1 Op.33 (Camille Saint-Saëns). Gautier Capuçon, violonchelo. El mar (Claude Debussy). Tristán e Isolda: Preludio y muerte de amor (Richard Wagner. Staatskapelle Dresden. Dirección: Daniele Gatti

   Llegaba al magnífico ciclo Ibermúsica el primero de los conciertos previstos por parte de excelsa Staatskapelle Dresden, una de las orquestas más antiguas del orbe y que custodia una gloriosa tradición. 

   Este concierto recogía las tensiones creadas entre los postulados establecidos por el Ars Gallica para la música francesa, arrinconada por la ópera italiana y la enorme influencia de la música alemana. Un influjo del que pretendía distanciarse después de la estrepitosa derrota francesa en la Guerra franco-prusiana de 1871. Se proponía como algo definitorio de lo francés, el refinamiento y exaltación de la belleza frente a lo que se consideraba grandilocuente, reiterativo y ostentoso. Todo ello resulta muy bien explicado por Pablo L. Rodríguez en su artículo del programa de mano. 

   Abrió programa música de una obra tan singular como Parsifal, el testamento del Maestro Richard Wagner con su mensaje trascendente de redención Universal. La Staaskapelle Dresden y la batuta de su actual titular, el italiano Daniele Gatti, que ha dirigido la obra en Bayreuth, expresaron el recogimiento y espiritualidad, así como la sublime belleza del preludio del tercer acto y los encantamientos del viernes Santo –espléndido el oboe solista-, mediante su sonido único, aquilatadísimo, mórbido y transparente. El mensaje trascendente delineado con acentuada sensibilidad y refinamiento, que conecta perfectamente con los postulados de la música francesa. 

   Camille Saint-Saëns fue uno de los impulsores de la Société Nationale de Musique cuyo lema fundacional fue la citada Ars Gallica. Su Concierto para violonchelo número 1 es una obra original con tres movimientos sin solución de continuidad y una exigente escritura para el solista, que combina cantabilità, amplio registro y virtuosismo. 

Gautier Capucon y Daniele Gatti en Ibermúsica

   No pudo tener mejor traductor la magnífica partitura, que el violonchelista francés Gautier Capuçon, en pleno apogeo artístico y situado en la cumbre de los solistas de su instrumento. Tan admirable resultó el sonido poderoso y bello sumado a la amplitud de registro y equilibrio en toda la gama, como una gradación dinámica que parece casi inagotable, impecablemente sustentada por la orquesta. El chelista francés escanció sentido cantable de altos vuelos unido a la autoridad y variedad de un fraseo hondo y musical, que se meció en el sedoso y delicadísimo acompañamiento de Gatti y la Staaskapelle Dresden. Capuçon ofreció como propina, junto a los chelistas de la orquesta, una hermosa versión del dúo de las flores de la ópera Lakmé de Leo Delibes.  

   Cumbre del impresionismo y como expresión de una creación de impronta netamente francesa, se puede citar El Mar de Debussy, que abrió la segunda parte y con el que Gatti y la Stastskapelle Dresden nos hizo llegar pletóricas de color, las impresiones visuales que transmite la partitura. Orquesta y batuta se convirtieron en inmejorables oficiantes de las primorosas sonoridades y tímbricas orquestales, mediante diáfanas texturas y exquisito pulimiento sonoro. 

   Daniele Gatti, - uno de los cinco italianos que han dirigido en Bayreuth -, mediante el mando y precisión en su gesto, perfiló desde el comienzo del preludio de Tristán, la atmósfera del drama, inquietante, perturbadora, propia de ese deseo y amor infinito y más allá de lo terrenal, que sólo se consumará en la eternidad. La batuta desgranó impecablemente y con el brillo de una cuerda empastadísima, tersa y aterciopelada, la progresión de la muerte de amor final con el necesario pathos y una prestación orquestal sobresaliente.   

Fotos:  Jörg Simanowski

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