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Crítica: David Afkham estrena la «Quinta sinfonía» de Jesús Rueda en la temporada de la OCNE

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21 de enero de 2020

Sobresaliente

Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 17-I-2020. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Director musical: David Afkham. Sinfonía n°5 «Naufragios» de Jesús Rueda. Metáboles de Henri Dutilleux. Suite de El mandarín maravilloso de Bela Bartok.

   El primer concierto de 2020 en Madrid de la Orquesta y Coro Nacionales de España se saldó el pasado viernes con un rotundo éxito. El programa se presentaba exigente, complejo y muy difícil de ejecutar, siendo quizás el más atractivo de la temporada para los que huyen del sota-caballo-rey. Tres grandes obras, y el excelente nivel artístico alcanzado por el director y una orquesta en estado de gracia, nos hicieron tocar el cielo con las manos.

   La primera parte se centró en el estreno absoluto de la Sinfonía nº 5, «Naufragios» de Jesús Rueda. Poco más de dos años después del estreno de su Cuarta, «July» por la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, en el Ciclo de Ibermúsica, el compositor madrileño, cada día con más oficio, sigue desarrollando un lenguaje propio, bastante atractivo, que toca la fibra del oyente. La obra se estructura en cuatro movimientos. Surge de la lectura de un libro único: Naufragios, publicado en 1542, en el que el conquistador Álvar Núñez Cabeza de Vaca narró las vicisitudes a las que se enfrentaron durante ocho años los cuatro integrantes de la expedición a La Florida encabezada por Narváez en 1527 que sobrevivieron a un viaje de miles de kilómetros a pie por las tierras al norte de México.


   El movimiento inicial, Entre dos océanos, de gran densidad orquestal, está repleto de melodías, que en varias ocasiones son cantadas por una percusión amplia y de gran riqueza tímbrica, que se imbrica con acordes solapados que nos descubren un mundo rico en colores y tímbricas, donde dominan cuerdas y vientos. David Afkham hizo un trabajo casi de orfebre dando claridad y transparencia a un movimiento que en manos más bruscas podría haber tendido al caos. Dichas virtudes se mantuvieron en el segundo movimiento El orden del mundo, un bálsamo de claridad y de texturas diáfanas -sobre todo ese final en que xilófono y piano dialogan hasta que el sonido se extingue-, que funciona a la manera de un scherzo que el Sr. Rueda dedica a uno de sus músicos favoritos, el saxofonista Ornette Coleman. Más denso, complejo, y a mi modo de ver algo reiterativo es De profundis, el tercer movimiento al que el propio compositor describe como un «mundo abisal», donde tenemos de nuevo sonoridades intensas y hondas, que los miembros de la orquesta resolvieron de manera brillante. Europa, el movimiento final tiene un impacto inmediato sobre el oyente. Brusco, directo, y de gran tensión dramática, en él las cuerdas marcan la pauta y nos llevan al borde del infarto salvo en una breve parte central donde las maderas -flauta especialmente- y los primeros atriles de las cuerdas nos dan un breve respiro antes de la apoteosis final que recuerda en parte a una marcha triunfal. De nuevo David Afkham y los miembros de la orquesta hicieron justicia a la gran calidad de la partitura, y todos juntos, compositor, director y músicos recibieron múltiples ovaciones a su término.


   Tras el descanso, la orquesta se enfrentó a un nuevo tour de force: Métaboles del compositor francés Henri Dutilleux. Autor de una extraordinaria carrera que sobrepasó más de 70 años, fue uno de los pocos músicos de la postguerra que se alejó conscientemente de la vanguardia oficial, y fue capaz de mantener un lenguaje propio. Métaboles es una de sus obras orquestales más importantes, donde crea un universo sonoro impactante -aún recuerdo su estreno en Madrid por la Orquesta de la RTVE una fría noche de otoño de 1986 y las grandes ovaciones con las que fue recibida por el público-. La obra no se interpretó en la Carta Blanca que la propia OCNE le dedicó en la primavera de 2007 -conversando entonces con el compositor nos comentó lo que era obvio, en dos programas no puede entrar toda una carrera- por lo que el interés en escuchar la obra era evidente. Para la gran mayoría del público, lo del viernes fue casi un estreno. La obra, heredera del modernismo de Debussy y Ravel, es una lujuria de colores y tímbricas, y mira directamente a Stravinsky, Varèse y al propio Messiaen. Dutilleux la compuso en 1964 para la Orquesta de Cleveland, para su mítico director George Szell y para sus prodigiosas maderas. Pero no se quedó ahí. El resto de las secciones también tiene sus momentos de gloria por lo que en la práctica, es casi un concierto para orquesta. Una obra que puede mostrar las costuras de cualquier orquesta que no esté al máximo nivel. Afortunadamente, como ya hemos resaltado, la ONE está en un excelente momento, y la interpretación fue una auténtica gozada, donde el que mas -tremendas las frases conseguidas por el violonchelista Ángel Quintana- y el que menos tuvo su momento álgido.

   El concierto terminó con la Suite del Mandarín maravilloso de Bela Bartok. Si hace un par de temporadas, David Afkham nos sorprendió con una gran versión de El castillo de Barba Azul , este viernes incidió de nuevo en su visión de la música del compositor húngaro. EL equilibrio que nunca falta en sus versiones y su gran sentido del ritmo, estuvieron en esta ocasión acompañados por un refinamiento tímbrico deslumbrante y una tensión, que por momentos rozó la violencia. Una versión admirable que puso patas abajo el Auditorio Nacional.

   A la salida del concierto comentaba con varios aficionados lo que hubiera sido un concierto como éste hace 10 años. Entonces, en los últimos años de la titularidad de Josep Pons, la ONE ya despegaba, pero aun distaba de conseguir la regularidad que ha alcanzado en la actualidad. Un programa con un estreno absoluto, otro que casi lo es, y una tercera obra muy compleja de Bartok que se toca raramente -no es de las que los músicos se saben- se ha saldado a un nivel excelso. Sin duda, sobresaliente.

Foto: Facebook OCNE

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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