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CRÍTICA: VICENT DUMESTRE Y LE POÈME ARMONIQUE CIERRAN EL CICLO DE 'MÚSICAS HISTÓRICAS' EN EL AUDITORIO DE LEÓN. Por Mario Guada

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Autor: Mario Guada
12 de mayo de 2013
El conjunto francés cierra el Ciclo Músicas Históricas con un concierto de claroscuros.
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Foto: Guy Vivien

EL BELLO ARTE DE ESCULPIR LA PALABRA

León. Auditorio Ciudad de León. 10/05/2013. Ciclo Músicas Históricas. Claire Lefilliâtre, soprano. Le Poème Harmonique. Vincent Dumestre. Obras de Rossi, Monteverdi, Moulinié, Kapsberger, Merula, Sanz, Martín y Coll, Hidalgo y anónimo.

      Cuatro fueron los protagonistas sobre el escenario del auditorio leonés en el noveno y último concierto del presente Ciclo Músicas Históricas -séptima edición ya- que el CNDM lleva organizando en esta ciudad desde hace algunos años, y que en la presente llevaba por título Diálogos Barrocos II: el esplendor de la música mediterránea. Formato pequeño -la crisis sigue acechando- con el que se presentaba por primera vez en León el prestigioso conjunto francés Le Poème Harmonique, de sobra conocido por los expertos y los aficionados al repertorio barroco, formado en esta ocasión por la siempre singular voz de Claire Lefilliâtre y el concurso instrumental de Kaori Uemura -a las viole da gamba-, Joël Grare -percusión- y el propio Vincent Dumestre -tiorba y guitarra barroca. En cartel un programa sugerente, breve, pero realmente evocador, auténtico recorrido por el quehacer musical en España e Italia en el siglo XVII.
      Se abrió el concierto con Un ferito cavaliero -también conocida por el sobrenombre de Lamento della Regina di Svezia-, obra compuesta por Luigi Rossi, uno de los grandes desarrolladores de la cantata da camera romana, que no es sino un hondo y profundo lamento en el que la reina sueca pena por la muerte del rey Gustavo Adolfo, todo un ejemplo del género dolente durante el Seicento italiano, en el que los diversos géneros de canto del momento -recitativo secco, recitativo spressivo, arioso...- van desarrollándose con total naturalidad.
      Sin solución de continuidad se interpretó el conocido Si dolce è'l tormento, de Claudio Monteverdi, una de esas obligadas piezas para cualquier cantante que se acerque a la música italiana del XVII, verdadera belleza dónde las haya, que se interpretó en una interesante versión en la que la voz y la viola da gamba basse se iban regalando la hermosa melodía. El siguiente pequeño bloque estuvo constituido por un Canario -pieza sobre un ostinato de las más utilizadas en España en el XVII- de autor anónimo, a la que siguió el Ay, ay, ay, de Etienne Moulinié, claro ejemplo del éxito del castellano en el país vecino por aquellos tiempos, pues era visitado con frecuencia para la creación de las air de cour de este tipo, siendo Moulinié una de sus grandes exponentes. Para ambas piezas se pasó del sobrio continuo de la viola da gamba bajo y la tiorba, a la viola da gamba dessus -soprano- y la guitarra barroca, instrumentos aquí ya con más funciones melódicas que propiamente armónicas.
      El siguiente bloque estuvo compuesto por tres piezas: la celebérrima Toccata arpeggiata de Johannes Hieronymus Kapsberger -"Il Tedesco della Tiorba"-, que supone un claro antecedente del Preludio n.º 1 del Clave bien temperado de Bach, con el juego constante sobre el arpegio de un tono dado; a continuación se interpretaron dos piezas de Tarquinio Merula, de las más conocidas del autor, comenzando por su desgarrador lamento Hor che tempo di dormire, ejemplificado en la imagen de la Virgen que canta a su hijo crucificado una nana, sustentada en el hipnótico y algo inquietante basso dolente constituido por un ostinato de dos notas; para finalizar con la bellísima Folle è ben che si crede, que narra los complejos designios por lo que nos lleva el amor, con una irresistible línea vocal -que aquí se intercalaron, de nuevo, entre voz y viola da gamba- sustentada bajo un hermoso continuo.
      Tras la marcha de los cuatro intérpretes del escenario y un breve inciso de un par de minutos, hicieron su aparición Dumestre y Grare, que interpretaron una selección de tres piezas extraídas del Libro segundo, de cifras sobre la guitarra española [Zaragoza, 1675] que compusiera Gaspar Sanz y que suponen todo un dechado de dominio en la escritura para la guitarra española, conjugadas aquí muy bien con el toque rítmico-tímbrico que añadía la percusión.
      El último bloque, ya con todo en escena, comenzó con las Diferencias sobre la folía, compuestas por Antonio Martín y Coll, dando una muestra del desarrollo que el famoso tema de la folía tenía en España -al igual que en Italia, Francia o Inglaterra- durante el siglo XVII, y que fue interpretada aquí por la viola da gamba soprano, guitarra barroca y castañuelas. La obra se enlazó casi sin inciso con el Esperar, sentir, morir, tono humano español de Juan Hidalgo -uno de los grandes maestros de la música para escena del XVII-, de afectiva y sugestiva belleza y un reflexivo texto.

 


      Un programa elaborado, repleto de auténticas obras de gran calado, ocasión perfecta para el lucimiento de cualquier conjunto. La interpretación del ensemble francés estuvo, sin embargo, llena de altibajos. La sugerente voz de la soprano francesa Claire Lafilliâtre siempre cumple con las expectativas, sin embargo adoleció de algunos problemas técnicos en el registro grave -se evidenció claramente en Rossi- y algún pequeño desajuste en la afinación respecto al instrumentario. Sin embargo, se mostró realmente solvente y brillante en tres aspectos a destacar: su dominio en la ornamentación -es tan característica que la hace absolutamente reconocible-, su manejo de la sprezzatura di canto -término italiano con el que se expresaba la libertad rítmica a la hora de interpretar, por medio de la cual el cantante intentaba acercarse a los ritmos no medidos del lenguaje- y su diáfana y límpida dicción, que hizo absolutamente inteligible casi todo el texto -más el italiano que el castellano.
      Kaori Uemura es una más que solvente violagambista, y aunque sufrió bastante con su modelo soprano en algunos momentos -con graves problemas de afinación y sonido-, estuvo soberbia con el bajo, mostrándose muy expresiva y consiguiendo un bellísimo color de su instrumento -precioso modelo, por lo demás. La percusión siempre es un terreno peligroso en la interpretación de músicas pretéritas, precisamente porque no se tienen datos reales de la manera en que se usaba, los repertorios en los que aparecía..., por lo que hay que mostrarse siempre muy cauto en su intervención. Joël Grare se presentó bastante comedido, aunque en ciertos momentos su siempre imaginativa aportación terminó por resultar algo pastosa, a pesar de que su manejo de los diversos membranófonos e idiofónos fuese brillante.
      Vincent Dumestre es un excelente intérprete de cuerda pulsada, sin embargo en la noche de ayer no brilló en la medida esperada, sobre todo por la concepción que llevó a cabo de las diversas piezas - algo que afectó a todo el programa-, con tempi excesivamente rápidos, que no permitieron a la música respirar en la medida necesaria y que volvió casi supérfluas algunas piezas de tanta hondura como las de Rossi, Monteverdi, Merula e Hidalgo; o en las que el sentido intrínseco de la pieza se perdió en una maraña de sonidos a cada cual más veloz, como en el que caso de Kapsberger.
      En definitiva, un claro ejemplo de claroscuro, pues lo técnico resultó casi argénteo, quedando el terreno expresivo absolutamente macilento ante tal despliegue de presteza interpretativa. Sin embargo, el público leonés respondió con duraderos aplausos e incluso potentes bravi, ante los que Le Poème Harmonique reaccionó diligentemente, ofreciendo tres propinas: una chanson popular francaise titulada La Louison, uno de los géneros que mejor domina el conjunto; una pieza italiana del Seicento sobre ritmo de jácara; y La rosa enflorece, romance anónimo sefardí; interpretadas las tres con gran expresividad y un tempo más sosegado que el resto del programa, lo que consiguió, por un momento, poner un poco de calma entre los asistentes.
      Un recital de nivel que cierra un ciclo de gran calibre, que quedó ensombrecido por ese aspecto interpretativo un tanto superficial, y por un público que apenas llegaba a ocupar la mitad de la capacidad del auditorio leonés, resultando, por lo demás, excesivamente ruidoso y poco respetuoso con la necesidad de la música para respirar al final de cada pieza. Se anuncia ya la continuidad para el próximo año, ante lo que debemos regocijarnos, pero también preguntarnos si León es una ciudad que está preparada para acoger en su seno un ciclo de estas características.
 
Foto: Guy Vivien 
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