Crítica de José Amador Morales de la ópera Einstein on the beach, de Philip Glass en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
La agotadora fascinación de Glass
Por José Amador Morales
Sevilla, 26-V-2026. Teatro de la Maestranza. Philip Glass: Einstein on the beach, ópera en cuatro actos con letra del propio compositor. Suzanne Vega, narradora. Collegium Vocale Gent. Ictus Ensemble. Tom De Cock, dirección musical. Producción del Concertgebouw Brugge. Versioń concierto.
La llegada de Einstein on the Beach al Teatro de la Maestranza posee algo de acontecimiento, no solo por tratarse de una obra en cierta medida icónica del teatro musical contemporáneo, sino porque su presencia en Sevilla supone una rara incursión en un repertorio todavía poco habitual en los escenarios líricos españoles. Estrenada en 1976 en el Festival de Aviñón, fruto de la colaboración entre Philip Glass y Robert Wilson, la obra demolió prácticamente todas las convenciones de la ópera tradicional: no existe argumento lineal, tampoco personajes definidos ni desarrollo dramático reconocible. En su lugar aparece una sucesión de imágenes, números, células rítmicas y textos fragmentarios que convierten la representación en una experiencia perceptiva antes que narrativa.
Einstein on the Beach se inscribe de lleno en el minimalismo norteamericano, surgido en torno a los grandes núcleos urbanos estadounidenses de los años sesenta y setenta de la mano de figuras como Steve Reich, La Monte Young o el propio Glass. La partitura se construye a partir de células repetitivas, insistentes polirritmias en forma de ostinati y variaciones muy atomizadas que generan una percepción dilatada del tiempo. Como señalaba Raúl Chamorro Mena en Codalario a propósito de la interpretación ofrecida hace cuatro años en el Auditorio Nacional de Madrid con los mismos intérpretes ahora reunidos en Sevilla, la música de Glass oscila constantemente entre una sensación de reiteración casi exasperante y un extraño poder hipnótico y envolvente difícil de explicar racionalmente; y probablemente ahí resida buena parte de la singularidad. Más que una narración escénica convencional, el espectador llega a sumergirse progresivamente en un estado mental y en un espacio sonoro donde la atención entra y sale continuamente del flujo musical.
Algo de esa experiencia volvió a reproducirse ahora en el Teatro de la Maestranza. La propuesta presentada en Sevilla, concebida en formato concertante, volvió a demostrar hasta qué punto Einstein on the Beach depende menos de una dramaturgia narrativa tradicional que de la creación de una atmósfera inmersiva y sensorial. La iluminación y el cuidado tratamiento espacial del sonido contribuyeron decisivamente a ello, reforzando ese clima suspendido, casi hipnótico, que constituye una de las señas de identidad más reconocibles del universo creativo de Glass.
En el apartado meramente interpretativo, el nivel alcanzado fue extraordinario, con impresionante concentración en la infinidad de detalles y una evidente compenetración colectiva, fruto evidente de un trabajo minucioso y profundamente interiorizado. El Collegium Vocale Gent volvió a acreditar esa asombrosa ductilidad, morbidez sonora y precisión rítmica que han convertido a la formación belga en referencia indiscutible tanto en el repertorio barroco como en las músicas contemporáneas de extrema exigencia técnica. La homogeneidad del empaste vocal, la limpieza de las entradas y la infinita capacidad de matización dinámica sostuvieron buena parte del atractivo de la velada.
Igualmente admirable fue el trabajo del Ictus Ensemble, enfrentado a una escritura de enorme complejidad mecánica y gran resistencia física, resuelta con obsesivo rigor tanto tímbrico como rítmico. Excelentes los teclados eléctricos - auténtico motor sonoro de la partitura - así como el violín solista encargado de representar simbólicamente la figura de Einstein, asumido con brillantez técnica y admirable concentración expresiva por Igor Semenoff. Más subjetiva puede resultar, naturalmente, la propia naturaleza de una obra cuya idiosincrasia genera inevitables zonas de fatiga auditiva y perceptiva. Pero quizá esa resistencia forme precisamente parte esencial de la experiencia propuesta por Glass: abandonar las expectativas tradicionales de la ópera para adentrarse en una suerte de ritual contemporáneo donde el tiempo parece dilatarse y perder sus referencias habituales. Cuando la interpretación posee el nivel escuchado en el Maestranza, incluso los pasajes más reiterativos terminan desplegando una poderosa capacidad de sugestión.
Quizá ahí resida precisamente la naturaleza contradictoria de Einstein on the Beach: una obra capaz de fascinar y agotar simultáneamente, de provocar admiración y resistencia casi física en idéntica proporción. La libertad de tránsito prescrita por Glass no parece así una mera extravagancia conceptual, sino una admisión implícita de que su creación exige al espectador una forma distinta de escucha y de relación con el tiempo escénico. Algunos hicieron uso de la licencia que el propio compositor ofrece al público para entrar y salir durante la representación y regresar hasta el final; otros necesitaron abandonar antes el viaje. Probablemente ambos reaccionaron exactamente como la obra esperaba.
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