Crítica de Nuria Blanco Álvarez de El barberillo de Lavapiés de Barbieri en el Teatro Campoamor de Oviedo, bajo la dirección musical de Óliver Díaz y escénica de Christof Loy.
Herr Barberillo
Por Nuria Blanco Álvarez | @miladomusical
Oviedo. Teatro Campoamor. 26-II-2026. Festival de teatro lírico español de Oviedo El barberillo de Lavapiés (Francisco Asenjo Barbieri). David Oller (Lamparilla), Carmen Artaza (Paloma), Cristina Toledo (Marquesita del Bierzo), Santiago Sánchez (Don Luis de Haro), Alejandro Baliñas (Don Juan de Peralta), Joselu López (Don Pedro de Monforte), Marcelino Echeverría (Lope/Guitarrista). Coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”. Orquesta Oviedo Filarmonía. Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección de escena: Christof Loy.
El XXXIII Festival de Teatro Lírico Español de Oviedo se ha inaugurado con una nueva producción de El barberillo de Lavapiés de Barbieri estrenada en Basilea hace apenas unos meses. Esta gesta de Christof Loy -que debería sacar los colores a no pocos gestores españoles-, es sin duda un hecho sin precedentes que aplaudimos con entusiasmo y es que han tenido que venir de fuera para poner en valor algo tan genuinamente nuestro como es la zarzuela. El reputado director de escena alemán -portada de Codalario durante el pasado mes de octubre-, está muy ilusionado con su compañía “Los Paladines” con la que pretende dar a conocer al mundo (de momento a centro Europa) nuestro género lírico nacional centrándose en esta temporada en producciones de repertorio español, tal y como explicaba en su entrevista para esta casa, con “Benamor” de Pablo Luna en Viena, “El gato montés” en el Teatro de la Zarzuela y la obra que ahora nos ocupa “El barberillo de Lavapiés” que ha hecho su premiere en España en el Teatro Campoamor tras su exitoso estreno absoluto en Suiza. No hay complejos, la zarzuela es un género valioso por el que se apuesta más allá de los Pirineos, y aunque por el momento “Los Paladines” no pueden producir sus propios espectáculos no son pocos los teatros que se interesan por sus propuestas.
Loy ha optado por una visión de la obra limpia, elegante y en tonos claros, que nos recordaban al estilo de Emilio Sagi en otras producciones y ha trasladado la acción de la obra de Barbieri a un par de siglos más tarde, alejándose de la época de Carlos III para ubicarse en un Madrid de la primera mitad del siglo XX despojándose del casticismo y majismo que impreganaba la obra original donde partes del libreto y los cantables resultan en ocasiones descontextualizados respecto a la acción e incluso al propio vestuario. Este es un asunto en el que convendría profundizar en sucesivos proyectos para que Loy se empapara de esa esencia propia de este tipo de zarzuela. También se tomó la licencia de añadir a un guitarrista, el argentino Marcelino Echeverría, que, sin menosprecio de sus excelentes cualidades, elegancia y gusto interpretativo, acompañaba en demasiados diálogos hablados perdiéndose de nuevo una particularidad propia de la zarzuela como es la de contener partes estrictamente habladas, estando ahora acompañadas con el omnipresente sonido de la guitarra de fondo. Podemos intuir la necesidad de esta concesión al estar la obra pensada para su estreno en un entorno germano donde los largos textos declamados en español podrían aburrir al público que no comprenda el idioma de Cervantes pero que podría mantener su atención escuchando las interpretaciones adjuntas del instrumento, no elegido por casualidad, la guitarra española, que seguramente Loy entiende que mantiene el ambiente pero que en realidad desvirtúa la quintaesencia de la zarzuela. Sí es de agradecer que mantuviera el epílogo original pidiendo benevolencia al público, tal y como se hacía en los sainetes y anteriormente en la tonadilla escénica, al igual que la presentación al público de la obra en la primera intervención de Lamparilla.
El trabajo coreográfico de Javier Pérez podría haber sido más elaborado y variado habida cuenta la cantidad de momentos ad hoc que se encuentran en la partitura, además del cuerpo de baile con que contaba.
Los cuatro protagonistas de la zarzuela forman parte de “Los Paladines”. David Oller fue un Lamparilla entregado, pizpireto y con facilidad para los rápidos parlamentos que requería su personaje. Curioso el forzado bis del dúo de Lamparilla y Paloma que en realidad el público no pidió. Carmen Artaza como Paloma se llevó el gato al agua luciendo sus cualidades dramáticas y canoras con una bellísima voz de mezzo que cantó primorosamente su famosa pieza de presentación “Como nací en la calle de la Paloma”. Cristina Toledo, la Marquesita del Bierzo, también desarrolló su papel con desenvoltura escénica y hermoso timbre, tan solo deslucido en los cambios de registro en su dúo con Paloma. Correcto vocalmente Santiago Sánchez como Don Luis de Haro, pero un tanto forzado en lo dramático. Adecuados en sus papeles Alejandro Baliñas y Joselu López como Don Juan de Peralta y Don Pedro de Monforte, respectivamente.
Correcta la parte femenina del Coro Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” y desafortunados los hombres en el inicio del segundo acto y en el acompañamiento a las célebres seguidillas de Lamparilla.
Óliver Díaz dio muestras una vez más de su gran conocimiento del mundo de la zarzuela y su atención a los cantantes ofreciendo una ágil y cuidada versión musical que extrajo lo mejor a una Oviedo Filarmonía a la que conoce a la perfección. Se añadieron unas variaciones del tema de Lamparilla en el ínterin entre el segundo y tercer acto mientras con el telón cerrado se cambiaba la escena, a cargo de la corneta que no siempre redondeó los numerosos adornos que añadió a la melodía. La función tuvo el privilegio de contar entre el público con la legendaria Lucero Tena.
Fotos: Alfonso Suárez
Compartir
