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CRÍTICA: ELENA GRAGERA PARTICIPA EN EL CICLO DE LIED DEL TEATRO DE LA ZARZUELA, por Arturo Reverter

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Autor: Arturo Reverter
2 de diciembre de 2012
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EN EL SECRETO

            No es frecuente que un cantante español domine el lenguaje del lied, un género para el que hacen falta una serie de condiciones muy específicas, centradas en el tipo y encarnadura vocales, en el manejo del idioma alemán, en un sentido especial para la concentración expresiva y en una difícil sutileza expositiva. Es un ámbito que requiere rigor, estudio y análisis y que precisa de una dedicación incorruptible. Se trata de profundizar en la entraña de formas breves cargadas de contenido poético, a la postre pequeños y resumidos dramas. No basta con poseer un instrumento muy dotado, incluso de campanillas, que en la ópera puede encajar a la perfección. Es más una cuestión de estilo y de sensibilidad, de matiz y de íntima expresión.
        En España las grandes voces del pasado han estado por lo común orientadas al mundo de la escena o del recital lírico de altura, aunque ha habido estupendos servidores de la canción. Pero en el servicio depurado al lied, es decir, a la canción de concierto germana, que Schubert, tras los apuntes de Mozart, Haydn o Beethoven -entre los más conocidos-, llevó a una cima inmarcesible, solamente, en los últimos lustros, acertamos a destacar a  Victoria de Los Ángeles y, en parte, pero con mucha menor dedicación, a Pilar Lorengar, Montserrat Caballé o Teresa Berganza. Recordamos también, dentro de las voces masculinas, las excelentes prestaciones que años más tarde realizó dentro del genero Manuel Cid, una auténtica rara avis.

      Lo es sin duda, a día de hoy, la extremeña Elena Gragera, que ha centrado su carrera en el mundo de la canción en sus más variadas manifestaciones: canción española, chanson, mélodie, canzonetta, canción isabelina... y lied, que cultiva con fortuna desde hace años en unión de su marido, el pianista Antón Cardó, antiguo colaborador en los cursos del barítono Gérard Souzay. La cantante, que contó entre sus profesoras a dos artistas de la talla de la alemana Irmgard Seefried y la holandesa Aafje Heynis, posee una voz de mezzo muy lírica de curiosas irisaciones y un vibrato muy personal. Es un instrumento hábil para el claroscuro, flexible y timbrado, de emisión suave y controlada y excelente manejo del diafragma. Su arte expresivo es sobrio, contenido, interiorizado, mesurado y bien medido, con efectos expresivos de altura, siempre huyendo de la afirmación estentórea, del agudo porfiado, de la truculencia o de la exclamación. Es un arte fino y refinado, de medias tintas, que a veces encuentra alguna dificultad en las notas más elevadas de su tesitura natural. Un sol o la 4, en determinadas circunstancias, pueden crearle problemas, que suele solventar con inteligencia y un estupendo apoyo. Los graves no tienen gran cuerpo, pero suenan sin artificio. Y el centro es sedoso y confortable, de cierta anchura.
      Lo que completa la manera de hacer de nuestra mezzo es, sin embargo, la dicción y el dominio de la lengua, el alemán en este caso. Su pronunciación es clara y nítida, inteligible y modulada, ajustada, como debe ser, a la expresión del texto. Son características que pudimos apreciar en el reciente recital del Teatro de la Zarzuela de Madrid del día 26 de noviembre, dentro del XIX Ciclo de Lied, que organiza la institución en colaboración, desde esta temporada, con el CNDM. El programa tenía su miga pues venía constituido por lieder de  Schumann, Mendelssohn y Mahler antecedidos por páginas de las respectivas esposas del primero y del tercero y de la hermana del segundo. Una selección muy didáctica que establecía los lazos complementarios lógicos y apuntaba las maneras de las féminas a la sombra de los varones.

      Un programa de nada fácil interpretación, que requería resaltar los valores, inferiores en todo caso, de las piezas de ellas, algunas poco conocidas, y enaltecer los de las de ellos. Un buen punto de inflexión se dio en la exposición de las hermosas y tornasoladas vivencias, alegres y dolorosas, que componen el ciclo de Schumann Fraunliebe und -Leben (Amor y vida de mujer), op. 42, ocho canciones distintas, de una singularidad extraordinaria, que piden precisamente eso, la variedad de expresiones, el subrayado de sensaciones, la relación de un catálogo de sentimientos contrastados. El primer lied, Seit ich ihn gesehen (Desde que lo he visto) tuvo la unción exigida y fue coronado con las prescritas dulces y discretas volutas.
      En Er der Herrlische von allen (Él, el más maravilloso de todos) nos gustó el suave control de agilidades, con notas bien dibujadas, y el tono anhelante de los versos de Chamisso, como No escuches mi plegaria silenciosa, consagrada sólo a tu felicidad. La claridad del silabeo de la cantante se puso de manifiesto. Como la facilidad para atacar notas en piano y mezzoforte, mostrada, por ejemplo, en Du Ring an meinem Finger (Tu anillo en mi dedo), cantada muy pausada y contenidamente, con mirada al interior. La adecuada y natural articulación de fonemas la denotamos especialmente en algunos pasajes de Helf mir, ihr Schwestern (Ayudadme, hermanas). El control cuidadoso de dinámicas quedó ejemplarizado en Süsser Freund (Dulce amigo, me miras), iniciada en piano, casi musitada y coloreada con habilidad. La expresión de amargura del último lied, concentrada en las líneas He amado y vivido, pero ya no vivo más, fue un buen colofón.
      De los lieder de Clara Schumann hemos de destacar las enriquecedoras diferenciaciones de planos. Así, en Die stille Lotosblume (El loto silencioso). La interrogación Kannst du das Lied verstehn? (¿Acaso entiendes la canción, en traducción de Luis Gago) fue esculpida con diferentes inflexiones. Buena planificación en arco dinámico de algunos versos de Ich stand in dunkeln Träumen (Sumido en sueños sombríos) y adecuadas dosis de gracejo y sigilo en Das Veilchen (La violeta), hermosa página que no llega, pese a todo, a la belleza de la de Mozart sobre el mismo texto de Goethe.

      En las páginas de la hermana de Mendelssohn, Fanny, detectamos en la interpretación de Gragera algunas deficiencias en las zonas más graves de Wanderers Nachtlied (Canción nocturna del caminante), compensadas por la exquisitez del fraseo. La cantante circuló con soltura en las frases agudas de Nur wer Sehnsucht kennt (Sólo quien conoce la nostalgia), ambas asimismo con palabras de Goethe, y controló los reguladores en la tercera, Fichtenbaum und Palme (El abeto y la palmera). De los lieder de Felix destacamos la clara articulación de Des Mädchens Klage (El lamento de la doncella). La frase última, Ich habe gelebt und geliebet! (He vivido y amado), fue dicha con suave acentuación. Ligaduras muy musicales en Venetianisches Goldenlied (Canción veneciana de gondolero) y agilidad, con discretas excursiones al agudo, en Neue Liebe (Amor nuevo).
      Con Mahler llegaron, aún más, las palabras mayores. Urlicht (Luz primigenia), que es un caleidoscopio de sensaciones, fue dibujada a buril, con tres primeros versos en línea decreciente y un crecimiento paulatino y modulado de intensidades en las frases que culminan con Yo soy de Dios y a Dios quiero volver. El desarrollo del verso final, Y me iluminará hasta la dichosa vida eterna, fue impecable: larga exposición cerrada en pianissimo. Quizá habría sido mejor concluir el concierto con este prodigioso lied y no con el más ligero Blicke mir nicht in die Lieder (No me mires en mis canciones). El clima de recogimiento hubiera cerrado la sesión más hermosamente. Pero bien está.
      Sobre todo por cuando, para agradecer los aplausos, Gragera y Cardó, nos obsequiaron con tres bises de mucha altura; por la calidad de las piezas y de la recreación. Ella con la voz más afuera, más blanda, más redonda, más cálida. Él, con ese cuidado y atención al matiz que es su patrimonio antes que cualquier otro aspecto de ejecución. Juntos nos regalaron un Erlkönig (El rey de los alisos) de Schubert que tuvo todo el sabor de la indómita naturaleza, todos los temores nocturnos, todas la amenazas y todo el terror contenido en unos pentagramas demoledores y trágicos. No es fácil, como aquí ocurrió, diferenciar las cuatro voces que intervienen en la narración de esta balada sobre texto de Goethe: la del que cuenta la historia, la del padre, la del hijo y la de la muerte.
      En Die Bekehrte (La seducida) de Wolf, una bonita y triste historia con una flauta como protagonista, disfrutamos de la alegría más liviana. El repetido estribillo, La la, tuvo sus lógicas matizaciones a voz desplegada y se acogió a la triste modulación final que expresa la pérdida de un sueño. Y la noche se cerró en belleza con Im Freien (Al aire libre) un maravilloso y climático lied schubertiano. La alegría y diafanidad que lo envuelven, con ese piano fluyente y esa melodía cálida y luminosa que canta a la noche y a las estrellas, expresada con tersura y nitidez, fueron el mejor broche.

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