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ANA MARÍA IRIARTE, mezzosoprano: 'LA LÍRICA NO SE MOVERÍA SI NO FUERA POR EL EMPEÑO PERSONAL DE LOS ARTISTAS'

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27 de septiembre de 2013
Foto: News PhotoPress
Unos días antes de que tenga lugar el III Concurso Internacional de zarzuela Ana María Iriarte, que comenzará el próximo 30 de septiembre en la capital, la mezzosoprano madrileña, mítica voz de la zarzuela y figura lírica de brillante carrera, nos recibe en su estudio para hablar de su fundación, de ópera, de voces y de la actualidad lírica.

Dicen que de las crisis salen las mejores creaciones. ¿Tendremos dentro de 20 años una nueva hornada de excelsos cantantes españoles?
¿Tan largo me lo fiais? No lo tengo claro, hay tantos factores que provocan que hoy en día ya casi no salgan voces como las de antes, salen muy pocas. Yo no le echo toda la culpa a la crisis, aunque evidentemente hay muchas dificultades; hoy en día la gente joven no tiene dónde trabajar, les pagan poco y no hay ayudas como no sean las de la familia; es difícil salir adelante, sí. Pero lo que es cantar, que la gente diga: sea lo que sea, pase lo que pase, yo no dejo de cantar, eso ya por desgracia casi no se da, porque lo dejan, lo abandonan y es una lástima.

Usted de hecho lo habrá vivido de cerca desde el punto de vista de la docencia. ¿Hoy en día pesan más las prisas, el marketing...?
Eso es lo malo. Se ha llegado a un punto en que muchos no ven que esto del canto sea algo rentable a corto plazo, porque el canto será muchas cosas pero rápido no, es un arte a largo plazo, hay que trabajarlo mucho, sacrificar aún más, oír mucho, repito: oír mucho. Analizarlo todo, tener paciencia y abarcar todo lo que uno pueda para agrandar sus conocimientos para poder llegar a ser alguien. Es un conocimiento muy intelectual. Parece que todo el mundo pueda cantar, pero no, primero hay que conseguir que esté en la cabeza. Cuando se llega al intelecto entonces se llega a las cuerdas vocales; pero todo eso se pierde por las prisas. No hay mucha gente que esté por la labor de sacrificar tanto, por lo que, a corto plazo, les puede parecer poco ¡y que en el fondo es mucho! Y además, como a la vez, el canto es tan, tan frágil. No es como un piano: la voz la llevas dentro y has de proyectarla todos los días; y ojo, si un día estás cansado, o si al otro día no has hecho bien la digestión... En definitiva, puede más la rapidez del dinero fácil y, sobre todo, lo que nos ha hecho bastante daño a la lírica - que por cierto no tiene ayuda ni apoyo de nadie prácticamente-: cada día avanza más la amplificación, los musicales, que desvirtúan el concepto del canto lírico. Con un micrófono todo el mundo tiene voz.

Por cierto, ¿Qué opinión le merece que alguien como Alejandro Sanz esté dentro de la Junta de Amigos del Teatro Real?
Un desastre, porque dejamos la ópera en manos de gente que primero de todo no ama la música clásica y no son capaces de comprender lo difícil que es cantar ópera. Lo que hace este señor no tiene nada que ver, empezando porque el propio Sanz tiene voz porque tiene un micrófono delante.

¿La "democratización" de la ópera es tan buena como nos la pintan?

Pero si eso es un camelo. ¿Pero qué democratización? ¿Democratización porque en vez de trajes de época salgan en vaqueros a cantar? ¿Eso es democratizar la ópera? La ópera es escuchar a cantantes, no ir a ver una puesta en escena. Los directores de escena y los escenógrafos se están cargando la esencia de la ópera. Se quieren convertir en los nuevos divos a costa de todo. Antes uno iba a escuchar a un determinado cantante, el protagonismo era de la música, de la ópera en sí, pero sobre todo de la voz. Ahora dicen que hay que modernizar la escena porque es eso lo que va a atraer al público. ¡Mentira! Si no fomentamos la verdadera pasión por la música y la voz, la gente acabará desconcertada y engañada viendo un no sé qué, y eso no será ópera. Es como si en el Shakespeare Globe de Inglaterra no respetaran el verso o la declamación de la obra. Allí uno entra a descubrir el arte de otra época cuyo valor era ese; será antiguo, pero ése es su valor y hay que respetarlo y fomentarlo. Si es algo que ha marcado una época y ha llegado hasta nuestros días así, no debemos cambiarla, porque si ha llegado, lo ha hecho por ese valor que encierra en sí mismo. Así que, ¿a qué viene modernizar la puesta en escena de la ópera? ¿Qué te dice ver a un rey del XVIII en vaqueros? ¿Qué te aporta?

Supongo que hace mucho que no va al Teatro Real...
Ya no voy al Real, efectivamente, y he sido abonada durante muchos años. No me da la gana. Unos programas con cantantes mediocres y una escena absurda. Y los precios que tiene, que es uno de los teatros más caros que conozco, para eso me cojo un avión y me voy a otros teatros europeos a escuchar a algún cantante que me interese...

Foto: Archivo Fundación Ana María Iriarte
¿Suele escuchar a alguien en concreto de hoy en día?
La verdad es que no. Yo me quedé en la generación de Montserrat y Plácido. Actualmente hay voces, algunas muy buenas, pero falta un artista como tal, que transmita como antes. Se dan las notas, pero falta emoción, falta sentir que llevas contigo dentro un pedazo de ese artista cuando te vas a casa. Quizá es que soy muy exigente, pero lo bueno de ser mayor es que he podido escuchar muchas cosas, entre ellas a los más grandes. Llegué a escuchar a Tito Schipa o a Beniamino Gigli y ¡debuté en Madrid con Mario Filippeschi!

¿Cómo llegó la música a su vida?
Desde niña. Mi madre era una muy buena pianista, uno de mis hermanos cantaba, otro tocaba el violín, otro el piano y yo cantaba. La música se vivía todos los días.

¿Y en qué momento dijo "esto es lo mío"?
Cuando vives en ese ambiente de música ya desde niño y estás acostumbrado, quieras que no, uno ya quiere ser parte de ello y de la propia música. Mi madre estaba empeñada en que yo tenía que ser pianista, pero yo quería cantar. ¡Nos quería tener ocho horas diarias dándole al piano! Y yo dije: "Mamá, lo siento pero no, a mí lo que me gusta es cantar". Por aquel entonces se hacían unos festivales de gente joven que cantaba en la radio y, gracias a unos amigos, me animé y me presenté un año. No se cantaba lírico sino canción ligera, como las del maestro Quiroga. Y yo, pobre de mí, que jamás había cantado ese tipo de música, me lancé. Quiroga acabó componiéndome una de sus canciones: "María Amor". Yo tenía un oído finísimo para imitar y escuchaba a las demás, a las folclóricas. Fue entonces cuando empecé a sentir el gusanillo del teatro, del aplauso.

Usted es una mujer de teatro. Además de actuar, también interpretaba
Claro, es que me encanta el teatro aunque cantar era mi vida. Yo cantaba lo que me echaran. ¡Hasta imitaba a Celia Gámez en la radio!  Los quiebros, los dejes, los acentos de Lavapiés, de los barrios de la zarzuela... yo,  que venía de una familia de aristócratas, no sabía lo que eran: ¡los aprendí imitando!

Dígame, ¿qué le llenaba más, la ópera o la zarzuela?
Me gustaba la ópera, que además es dónde realmente me he formado. Lo de la zarzuela lo hice porque tenía que trabajar.
En seguida abarcó personajes de rompe y rasga...
Amneris, Santuzza, Leonora, Dalila, Charlotte, Carmen... La verdad es que lo pienso y me digo: "horrible, horrible". No sé cómo lo hice; quiero decir, cómo fui capaz de cantarlas y seguir viva, y tener la carrera posterior que pude tener por toda Europa. ¡Qué voz debía yo tener para no quedarme muda! No suelen ser los papeles por los que uno suele empezar. Recuerdo que en Viena me contrataron para cantar la Beltrana de Doña Francisquita, ¡en alemán! Aquello fue horroroso, terrible, aburridísimo, pero al público le encantó. Siempre recordaré que Fernández Cid escribió en su crítica que "nunca en la vida Ana María habrá oído la cerrada ovación que recibió al cantar el Marabú" ¿Y sabe por qué? Toda la obra se estaba cantando en alemán. Yo era la única española del reparto y me tenía todo el texto aprendido en alemán, pero me dio un cólico nefrítico enorme porque me puse muy nerviosa con los histerismos de Tamayo, que llevaba la escena y no hacía más que repetirme: "Ana María paséate para que las austriacas sepan como camina una madrileña" Y yo para arriba y para abajo y allí ellas mirándome, que la más pequeña tenía un 40 de pie. ¡Imposible que anduviesen como una madrileña! Total, que me dio el ataque y claro, era el estreno, y no tenía ni sustituta, así que me dije: hay que cantar. Llamaron a un médico y me puso una inyección de morfina. Aguanté hasta el Marabú, que está al final, donde ya no pude más y me dije: "¡A la porra (¡perdón!) todo, se acabó, yo esto lo canto en español!" ¡Se armó lo que no está escrito, no sabes lo que fue aquello, increíble, apoteósico! Luego también me llamaron para cantar Carmen en alemán. Y después de estar casi un año trabajándola me di cuenta que cantar Carmen en alemán no tenía razón de ser. No se podía ser fiel a su sensualidad, así que me temo que les dejé un poco tirados, y me fui.

Tantos grandes papeles de mezzo en su vida y resulta que empezó como soprano con las heroínas puccinianas...
Sí, yo empecé como soprano. Empecé muy joven y llegué a cantar 25 títulos como soprano. Me encantaba Puccini: Butterfly, Mimì, Manon, papeles que, de joven, mi voz podía asumir, pero con el tiempo me fue pesando más el grave, hasta que un día mi maestro me propuso probar con un rol de mezzo, porque tenía obviamente una facilidad pasmosa con el grave. Pude con ello, no me quedé afónica y seguí.

Llama la atención que siempre siguió estudiando. Rodríguez de Aragón, Elvira de Hidalgo, Pierre Bernac, discípulo de Poulenc.
He tenido la suerte de poder estudiar con los mejores. Una cosa es cantar de natura, como yo podía hacer, pero al ver que mi carrera estaba siendo algo serio, cuando gané el Grand Prix du Disc, me dije: "Ana, calma, estudia". Cuando enseño a mis alumnas siempre les digo: "No sabes nada, aprende, aprende". Y yo no tenía ayuda de ningún tipo.
Foto: Archivo Fundación Ana María Iriarte
Qué opinión le merecen las últimas medidas adoptadas en el ámbito cultural por el Gobierno.
Horroroso. Este ministro nos va a hundir; se va a cargar nuestra cultura.

¿Está al tanto de lo que ha pasado con la OCRTVE y otras orquestas públicas de nuestro país?
Sí, sí, tengo una alumna que está en el coro. Es horrible. Ser músico es una carrera tan importante, tan seria, tan eficaz para el desarrollo de un país como lo es la medicina o la abogacía. No entienden que la música no es un mero entretenimiento a lo que uno se dedique porque sí. Debemos fomentar que desde pequeños la música nos atraviese, nos pase por dentro y podamos sentirla como nuestra. ¡La música funciona! No puede ser que en Portland, por ejemplo, donde he estado impartiendo clases de zarzuela, se tomen más en serio nuestra música que nosotros.

¿Dónde está el futuro de la lírica?
Nada. No hay futuro. No hay apoyo y, sin él, no hay futuro. Será que yo ya estoy muy mayor y estoy cansada de tener que seguir tirando del carro como desde el primer día, sintiendo que esto no se mueve si no es por el empeño personal, anímico, económico que hacemos los artistas, como yo misma desde mi fundación.

Fundación Ana María Iriarte, que va mucho más allá del concurso internacional que se celebra anualmente.

No paro: tenemos una colaboración con el Museo Romántico de Madrid, donde hemos estrenado zarzuela, pero también opereta. Hemos ofrecido conciertos, hemos producido documentales, subido a escena obras de teatro. Aquí siempre estamos haciendo algo. Lo siguiente será un recital con obras de Mozart, el tercer concurso de zarzuela efectivamente, con participantes de once países. Tengo intención de continuar con todo ello, pero la pena es que, cuando yo desaparezca, esto se acaba. No me molesta que no den dinero para ello, como pasó cuando produje la zarzuela La Celestina, con dinero de mi bolsillo, sino que una vez hecho no se aproveche para volverlo a programar o no sé, que no haya continuidad. Conseguir dinero con algo que ya no lo cuesta y con lo conseguido invertirlo de nuevo... ¡Me da una rabia!

¿Qué recuerdo, qué sabor general tiene de su carrera?
El recuerdo de mi carrera es que ha sido difícil e intensa, porque he tenido que trabajar con tesón; pero también fácil porque el público siempre me ha acogido desde el primer día. Nunca he tenido un fracaso, nunca he tenido un sabor agridulce, afortunadamente.
Foto: Archivo Fundación Ana María Iriarte
Con usted, con su generación, llegó la zarzuela a todos gracias a esa estupenda colección de grabaciones.
Fue gracias a mi marido, Enrique Inurrieta, director de Columbia, que vio que había que poner dinero en ello y grabarlo. Y reunió a gente como Raimundo Torres, Manuel Ligero, etc. ¡Fue fantástico! También estaba Manuel Ausensi, que era simpatiquísimo y hacía unos esfuerzos inhumanos para borrar su acento catalán, marcadísimo, y cantar en madrileño. ¡Y Argenta, con el ritmo, la fuerza y la gracia que tenía! Recuerdo cuando grabamos La Corte del Faraón y estaba la censura franquista, que era horrible. Les parecía que aquello de "vámonos pronto a jjjjjudea" tenía la "j" demasiado marcada y la gente se iba a escandalizar pensando que se iba a decir con esa "j", ¡lo que hacen las mentes enfermas! Así que querían que lo cambiáramos por "vámonos pronto a donde sea". Argenta se plantó y dijo, de ninguna de las maneras, la "j" se mantiene, por lo que cuando llegó el momento de grabar la pieza, se dio la vuelta y en vez de dirigir hacia la orquesta me dirigió a mí: "Te estoy vigilando, a ver cómo lo haces", y yo lo cantaba y el gritaba "más jota, más jota"... ¡a ver quién le llevaba la contraria! Creo que marcamos un modo de hacer las cosas irrepetible.

¿Guarda relación con Teresa Berganza, con quien coincidió en varios títulos en sus comienzos?
Teníamos repertorios y temperamentos diferentes, pero siempre ha sido una gran amiga. Además, el que fue su marido, Félix Lavilla, me adoraba, y yo le adoraba a él. Me ha enseñado mucho.

Y de pronto, a los 32 años y una fulgurante carrera, decide dejarlo.
Lo dejé porque tuve una hija y su primer año de vida lo pasé fuera de España, separada de ella. Mi marido me dio a entender que él no podía vivir separado de mí. Tuve que elegir y yo estaba muy enamorada. Fue por amor. Por amor a mi marido y amor a mi hija. Fue algo muy desgraciado para mí, he llorado todo lo que he tenido que llorar y mi vida ha sido muy triste en ese sentido desde el día en que dejé de cantar. Dejé de ser yo. Se me fue mi interior, mi personalidad, el alma. La vida de esposa y ama de casa, lo haces porque lo puede hacer cualquiera, pero para entonces ya había perdido mi yo.
Autor:Gonzalo Lahoz
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